Imagina que llegas a tu casa, después de un puente largo de vacaciones y no puedes abrir tu buzón.
No entra la llave.
Nada.
No entra. Miras la llave. Si, es la buena.
Miras el buzón.
...
Vuelves a mirar el buzón.
En lugar del clásico papelito con tu nombre escrito, consta el de un moro, un tal El Arazawim, o algo así.
Lo mejor de todo es que la dirección que aparece ni siquiera es la de tu portal, sino la de uno un par de calles mas abajo.
Subes a tu casa, y te haces con un destornillador.
Parece increíble, pero ahí estas, forzando la cerradura de tu propio buzón, en tu portal.
Suerte que no pasa nadie. Y si pasan, que te digan algo, que coño.
Revientas la cerradura – encima te tocará pagar una nueva -.
Dentro hay una carta, escrita en árabe. Franqueada en Marruecos, parece.
Te la guardas junto al destornillador. Vuelves a mirar la dirección que consta en el buzón.
Sales a la calle. El portal es parecido al tuyo, con meados de perro en las esquinas y un cubo de basura a punto de desbordar.
Está abierto, asi que entras.
Subes las escaleras.
Debería ser el tercero izquierda.
Llamas a la puerta, el timbre no funciona.
Nadie contesta.
Insistes. Nada.
Aporreas la puerta. Con la otra mano compruebas que el destornillador esta donde debe.
Te abre una especie de aborigen australiano en gallumbos amarillentos y con cara de haber estado durmiendo la mona antes de que lo despertaras, y son las doce del mediodía.
El interior de la casa apesta a rancio y a sudor humano. Por el pasillo del fondo ves cruzar a una pareja de chinos.
Preguntas por el tal El Ajari, o como coño se llame. Niega con la cabeza. No, no le conozco. Aquí pone su dirección. No le conozco, no no.
¿Puedo pasar? No es una pregunta, ya estás dentro de la casa-habitáculo, haces a un lado al tipo, que no ofrece resistencia.
Te paseas por la casa. Estilo minimalista, eso está claro. Ni un mueble. Abres un par de habitaciones. Sorprendes a la pareja de chinos en una de ellas.
Sales de la casa. El aborigen sigue en el pasillo. Te planteas decirle algo mas, pero finalmente desistes. Ya se encargará la policía, si es que se encargan de algo, cuando pongas la denuncia.
Sales a la calle y agradeces respirar algo de aire fresco, aunque sea el del centro de Madrid, zona Lavapiés.
El Madrid castizo por excelencia.
O no.
No entra la llave.
Nada.
No entra. Miras la llave. Si, es la buena.
Miras el buzón.
...
Vuelves a mirar el buzón.
En lugar del clásico papelito con tu nombre escrito, consta el de un moro, un tal El Arazawim, o algo así.
Lo mejor de todo es que la dirección que aparece ni siquiera es la de tu portal, sino la de uno un par de calles mas abajo.
Subes a tu casa, y te haces con un destornillador.
Parece increíble, pero ahí estas, forzando la cerradura de tu propio buzón, en tu portal.
Suerte que no pasa nadie. Y si pasan, que te digan algo, que coño.
Revientas la cerradura – encima te tocará pagar una nueva -.
Dentro hay una carta, escrita en árabe. Franqueada en Marruecos, parece.
Te la guardas junto al destornillador. Vuelves a mirar la dirección que consta en el buzón.
Sales a la calle. El portal es parecido al tuyo, con meados de perro en las esquinas y un cubo de basura a punto de desbordar.
Está abierto, asi que entras.
Subes las escaleras.
Debería ser el tercero izquierda.
Llamas a la puerta, el timbre no funciona.
Nadie contesta.
Insistes. Nada.
Aporreas la puerta. Con la otra mano compruebas que el destornillador esta donde debe.
Te abre una especie de aborigen australiano en gallumbos amarillentos y con cara de haber estado durmiendo la mona antes de que lo despertaras, y son las doce del mediodía.
El interior de la casa apesta a rancio y a sudor humano. Por el pasillo del fondo ves cruzar a una pareja de chinos.
Preguntas por el tal El Ajari, o como coño se llame. Niega con la cabeza. No, no le conozco. Aquí pone su dirección. No le conozco, no no.
¿Puedo pasar? No es una pregunta, ya estás dentro de la casa-habitáculo, haces a un lado al tipo, que no ofrece resistencia.
Te paseas por la casa. Estilo minimalista, eso está claro. Ni un mueble. Abres un par de habitaciones. Sorprendes a la pareja de chinos en una de ellas.
Sales de la casa. El aborigen sigue en el pasillo. Te planteas decirle algo mas, pero finalmente desistes. Ya se encargará la policía, si es que se encargan de algo, cuando pongas la denuncia.
Sales a la calle y agradeces respirar algo de aire fresco, aunque sea el del centro de Madrid, zona Lavapiés.
El Madrid castizo por excelencia.
O no.

