El macho como tal no tiene necesidad de reivindicarse ni de posturear, eso sale solo, de manera natural, a través de un cipote marcando glande por una de las perneras del pantalón, en pleno coito, con el bombeo en la monta de la hembra, o en costumbres tan básicas como limpiarse la boca con el dorso de la mano en la comida.
Es más, normalmente, quien se reafirma públicamente como machote suele ser un maricón camuflado, con necesidad de justificarse ante terceros, por temor a que su amaneramiento y mariconeo latente pueda aflorar y delatarle ante terceros. Véase el caso de las musculocas, tipos fornidos de gimnasio con el entrenalgo repleto de pastel. Tratar de ocultar su afición por los apéndices fálicos tras una fachada, unos músculos y un físico.
Y diría que la masculinidad es una actitud, una forma de dominio, un arquetipo y una forma de ver el mundo, una cosmovisión en definitiva. El hombre es el que impone sus pelotas, tanto en el ámbito familiar como en la follaina y en todos los demás ámbitos. Ya lo dijo el Fary en aquel famoso vídeo, en el que hablaba del hombre blandengue y su planchabragismo servil.