Esta mañana estaba yo conduciendo por las calles de mi ciudad oyendo a mi idolatrado Wagner. Cuando uno escucha a este compositor una especie de ardor inefable le nace en el centro del alma y se expande a toda ella como fulgurante incendio. Es en esos momentos cuando el oyente sensible se siente realmente hombre. La parte animal se disipa. Sin embargo, pienso que estas sensaciones está muy bien experimentarlas uno en su casa, pero hacerlo conduciendo es imprudente. Más de una vez he estado a punto de sufrir un accidente por culpa del embebecimiento que me producía escuchar el heroico canto de Brunilda mientras se lanzaba con su caballo a la pira en donde yacía su amado Sigfrido; posteriormente se produce el ocaso de los dioses y la conclusión de la ópera más hermosa y sublime jamás compuesta. Digo, que esta mañana estaba conduciendo dirección a no se dónde, cuando me apercibo que, esperando en el paso de peatones que estaba a punto de saltarme, aguardaba una de esas mujeres que, por no ser su belleza humana sino divina, las llamamos diosas. Acto seguido piso el freno bruscamente y consigo parar el coche justo antes de dicho paso. ¡Qué deleite el contemplarla! ¡Y que cara de mala leche ha puesto al darse cuenta que lo hacía! ¡Y cuánta altanería en su belleza! Su reacción ha sido acelerar el paso, la mía apartar rápidamente avergonzado la vista. La verdad es que uno ante tanta beldad se empequeñece. Pero yo me pregunto, ¿y por qué? Es decir, ¿da la belleza una mayor valía a la persona, la sitúa por encima de las demás?, ¿es meritoria? Que la belleza es un valor es algo obvio, ya los griegos la admiraban y la asimilaban con la idea de lo bueno. Pero que sea el mayor valor, es otra cosa. Para mí, son solamente las obras las que hacen grande a la gente, los valores máximos por los que hay que juzgarla. Uno se debe empequeñecer solamente ante personas que lo merecen por sus actos, por ejemplo ante Wagner. ¿Pero ante una mujer bella? No, por cierto.