Yo estuve trabajando bastante tiempo en un sitio lleno de cafres. Entre ellos había un tío que era un desastre absoluto. Desordenado, caótico, con problemas con las drogas, pero un cacho de pan, un tío con una mano increíble para la jardinería, y una de las mejores personas que he conocido. A veces el tío aparecía hecho un cuadro, con la ropa hecha prácticamente pedazos. Otras veces venía con la cara hecha un mapa, porque decía que se había caído. Hubo una temporada en la que adelgazó muchísimo, porque se le rompió el microondas y dejó de prepararse comida caliente. Era incapaz hasta de cocinar.
Yo y otros compañeros lo llevábamos de la oreja a hacer cosas. A comprarse un par de camisetas de trabajo, al CAP para que lo curaran y a la farmacia para comprar recetas, a hacer gestiones. Hubo una época en la que nos turnamos para llevarle tuppers o bocadillos. Se notaba que le dolía verse tan desvalido así que muchas veces lo disfrazábamos, y él fingía que no se daba cuenta. Me he comprado unas camisetas pero no me van, te las doy o las tengo que tirar. Hemos traído tuppers para compartir todos pero estos han sobrado, llévatelos tú que yo no tengo hambre. Tengo que ir al centro por un recado, te acerca fulanito y así haces ese papeleo.
Con el tiempo yo y los demás fuimos dejando ese trabajo, pero él se quedó. Solo. Y aunque lo apreciaba mucho, al ser un compañero de trabajo, entre unas cosas y otras nos acabamos distanciando. Años más tarde me comentaron de pasada que estaba ingresado por cáncer. El tío llevaba tiempo con dolores, pero como era un cabezahierro, como tú dirías, no se preocupó en mirárselo y lo diagnosticaron cuando ya era terminal.
Yo a Ferris lo llevaría de la oreja donde hiciera falta.