L
lacrimosa
Guest
Como dos hermanos que se ven por sorpresa después de siete años y solo aciertan a decirse que se alegran de verse y contar un par de chanzas. Uno culpable dar muerte al pelícano y el otro muerto ya de soledad. Así de confuso y alegre se sentía ahora mientras miraba como el hombre de la bata glauca se alejaba de su cama. Pensó que había logrado sobrevivir, lo que aún no sabía es que la infección acabaría con su vida en unas pocos horas.
Llevaba tres semanas viviendo en su coche. Sin familia, sin amigos y sin esposa, a la que no podría volver a mirar a la cara. Cada día que pasaba ponía menos empeño en asearse en los baños del metro o en resultar agradable ante los ojos de algún encargado. Todavía tenía dinero para comer tres veces al dia, pero la ginebra acabaría por quemarlo y lo sabía. El color albo que antes tenía la mañana ahora era almagre en sus ojos inyectados en sangre.
Esta noche pasada, con ganas de compartir la botella y el asiento trasero del coche con alguien, recogió a una puta eslovaca que encontró por la ciudad, con la alegría de quién encuentra un billete en el suelo. Bebieron, follaron y rieron. También hablaron mucho. Ella perdió su dignidad en el aeropuerto, él la perdió en el portal de su casa. Ambos se encontraban perdidos. Ella quería ver el mar y él quería enseñárselo. En su ensoñación trabajarían en algún bar en la playa, dormirían algunas noches sobre la arena y nunca bajarían la mirada ante nadie.
Él cayó en un profundo sueño etílico y ella salió del coche a hurtadillas, procurando no despertarlo. Volverían a verse la noche siguiente y todas las demás noches, estaba tan segura de ello. Antes de doblar la esquina miró por última vez en la dirección del coche en una suerte de despedida. A través de los cristales solo pudo ver un mágico resplandor, una chispa luminosa que le recordó a la "Campanilla" del cuento de Peter Pan. Sonrió y siguió andando. En el coche, de entre los dedos de él, se desasió una colilla aún encendida. Al contacto con la tapicería empapada de alcohol no hizo sino provocar una viva llama azul que se extendió veloz por todo el interior del vehículo.
Llevaba tres semanas viviendo en su coche. Sin familia, sin amigos y sin esposa, a la que no podría volver a mirar a la cara. Cada día que pasaba ponía menos empeño en asearse en los baños del metro o en resultar agradable ante los ojos de algún encargado. Todavía tenía dinero para comer tres veces al dia, pero la ginebra acabaría por quemarlo y lo sabía. El color albo que antes tenía la mañana ahora era almagre en sus ojos inyectados en sangre.
Esta noche pasada, con ganas de compartir la botella y el asiento trasero del coche con alguien, recogió a una puta eslovaca que encontró por la ciudad, con la alegría de quién encuentra un billete en el suelo. Bebieron, follaron y rieron. También hablaron mucho. Ella perdió su dignidad en el aeropuerto, él la perdió en el portal de su casa. Ambos se encontraban perdidos. Ella quería ver el mar y él quería enseñárselo. En su ensoñación trabajarían en algún bar en la playa, dormirían algunas noches sobre la arena y nunca bajarían la mirada ante nadie.
Él cayó en un profundo sueño etílico y ella salió del coche a hurtadillas, procurando no despertarlo. Volverían a verse la noche siguiente y todas las demás noches, estaba tan segura de ello. Antes de doblar la esquina miró por última vez en la dirección del coche en una suerte de despedida. A través de los cristales solo pudo ver un mágico resplandor, una chispa luminosa que le recordó a la "Campanilla" del cuento de Peter Pan. Sonrió y siguió andando. En el coche, de entre los dedos de él, se desasió una colilla aún encendida. Al contacto con la tapicería empapada de alcohol no hizo sino provocar una viva llama azul que se extendió veloz por todo el interior del vehículo.
