Coño, quiero leerme esta versión en caso de existir. Yo me lo he leído tres veces, y no vacilo, además tengo una edición cojonudérrima con unos grabados de la hostia y tal. El Quijote es el máster and commander de la literatura; a su lado, todo es un cagao rociado con meao. Episodios como el de la cueva de Montesinos, el de la venta de Juan Palomeque, el de la batalla con los rebaños de ovejas, el del retablo de Maese Pedro (cuando destroza la representación de títeres a espadazos to loco de tripi), el del yelmo de Mambrino o el gobierno de la Ínsula Barataria de Sancho Panza no han podido ser igualados en la puta vida literaria. Por no hablar de los curros que recibe constantemente don Quijote o los nombres lolescos con los que salpica Cervantes toda la obra.
Lo he leído tres veces y este año lo haré por cuarta vez. De hecho, pienso hacerlo periódicamente a lo largo (o corto) de lo que me quede de vida. El hermano que no se lo haya leído, que lo haga inmediatamente. Se lo va a pasar de puta madre entre tanta situación absurda, rocambolesca y lolesca, aparte de disfrutar de la crítica a la sociedac de su tiempo que, a su vez, resulta totalmente atemporal porque se puede aplicar a nuestra sociedac actual.
Es increíble como, pretendiendo escribir un book que criticara duramente y le diera pal pelo a los libros de caballerías (exceptuando el Amadís de Gaula y el Tirant lo Blanc, que le molaban a don Miguel), el Quijote se convirtiera en el libro de caballerías de referencia para toda la literatura universal.
Léalo el que no lo haya hecho, porque, de verdac, no sabe lo que se pierde.
Voto a tal —que así se decía en mi tiempo cuando el ánimo rebosaba—, que si esta vuestra arenga no mueve a leerme, más duro tiene el pecho que una adarga vieja y más seco el entendimiento que espuerta de esparto al sol.
Decís, con lengua desenvuelta y sin freno —que no todo ha de ser comedido cuando la verdad aprieta—, que deseáis leer tal versión si existiese; y hacéis bien, que quien tres veces me ha leído sin desfallecer merece ya no lector, sino cofrade. Y si aún añadís una cuarta, quinta o cuantas la vida os consienta, no será exceso, sino buena costumbre, como la de rezar o la de beber buen vino.
Llamáis a mi Quijote capitán y almirante de la literatura, y no os falta razón, aunque yo, por modestia fingida, diré que nació flaco y pobre, y se hizo gigante a fuerza de golpes. Que frente a él, decís, todo lo demás parece obra menor y mal regada; juicio es este atrevido, pero no desacertado, pues muchos libros hay que presumen de altos y apenas levantan un palmo del suelo.
Traéis a colación la cueva de Montesinos, la venta de Juan Palomeque, los carneros tomados por ejércitos, el retablo de Maese Pedro hecho astillas por brazo enardecido, el yelmo que fue bacía, y la ínsula donde Sancho gobernó mejor que muchos reyes con corona y cetro. Y bien decís que tales episodios no han hallado igual, porque nacieron de una locura tan bien pensada que parece cordura, y de una cordura tan simple que roza lo divino.
No olvidáis los palos que recibe el caballero —que no fueron pocos ni flojos— ni los nombres risibles con que el autor, que soy yo aunque no lo diga, salpicó la historia para alivio del lector y tormento de los graves. Y concluís, con razón que no admite réplica, que quien no haya leído este libro, léalo sin tardanza, porque se perderá un festín de disparates sabios, burlas serias y verdades envueltas en risa.
Y así fue, como bien advertís, que queriendo yo dar palos a los libros de caballerías, acabé por escribir el último y mayor de todos ellos, no por la fuerza del brazo, sino por la del ingenio.
Leedlo, pues, los vivos; releedlo, los ya convencidos; y dejadlo en herencia a los que vengan, que mientras haya hombres que confundan molinos con gigantes, este libro no envejecerá.