Yo, aunque no me atrevo a sentenciar juicio por no haber pasado mis ojos por tal libro, digo empero que, si forzado me viese a tomar partido, inclinaríame del lado del señor Pai-Mei, que así me dicta el poco seso y la mucha gana de contradecir.
Paréceme a mí que Cervantes fue en su tiempo lo que hoy es cierta hechicera de letras llamada J. K. Rowling, y que su Don Quijote vino a ser el Harry Potter de la centuria, obra celebrada y alabada por doquier, no porque carezca de mérito, que alguno tendrá, sino porque así lo acordó la fama y lo repite el vulgo sin mayor examen. Que también dicen muchos que El Padrino es la mejor película jamás vista, y a mí me parece buena, sin más alharacas ni trompetas.
Mas tornando a lo grave del asunto, todo esto nos lleva al mismo lodazal de siempre: la triste y antigua desventura que ha perseguido a los hombres españoles desde que el Imperio Romano dio con sus huesos en tierra. El nuncafollismo, que es peste del alma y ruina del ánimo.
Porque, si bien se mira, Don Quijote y Sancho Panza no son sino dos frikis de su tiempo, caballeros del nunca follar. Las novelas de caballería fueron los videojuegos de aquella edad, y ellos dos, vírgenes empedernidos, se perdían en tales fantasías. Uno, el más avisado, se daba a solas consuelo imaginando a una tal Dulcinea, dama tan etérea como inexistente; el otro, más corto de entendederas, grueso de carnes y flaco de dineros, no había visto mujer en tantos años que ya ni recordaba su hechura.
He ahí a los dos nuncafollistas del siglo XVI, espejo y retrato de una condición que aún hoy nos persigue. Porque al cabo, todo desemboca en lo mismo: los desdichados hombres españoles follan poco y carecen de mujeres, y de ahí nacen sus penas, sus locuras y sus libros.
Y digo más, aunque no haya leído la obra, que no dudo que, si la leyese con cuidado, toparía en algún pasaje con putas, porque en eso no suele fallar nuestra nación. Españoles: follar y putas. Y si en aquella sazón se hubiese conocido la farla, también de la farlopa hablaran, sin duda alguna, con la misma naturalidad y desvergüenza.