Mi abuela decía oruto en vez de eructo. Tenía la capacidad de saber quien había "orutado" y dónde lo había hecho en un lapso de tiempo de no menos de diez minutos a partir de la liberación del gas digestivo en cuestión.
-Aquí ha orutado alguien- decía a menudo cuando asomaba por la puerta de algún cuarto. - ¿Quién ha orutado en mis lentejas? dijo la primera vez que quise poner a prueba su capacidad, o -tú has orutado en mi mistela, granuja- me dijo un día poco antes de morir, lanzándome miradas furibundas.