pepi_juani
Freak
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Cuando era pequeño, tanto que no puedo recordar la edad que tenía, murió la abuela de mi madre. Para mí era solo una persona que me daba una galleta pasada si iba por su casa cuando volvía del colegio. Pero fue todo un acontecimiento para la familia que ella falleciera.
Recuerdo vagamente que ese día no fui al colegio, o tal vez si, todo lo que me queda de esos días es un campo de encinas cubierto por la niebla. Ya digo que fue todo un acontecimiento, todavía me puedo ver llegando de la mano de mi tía a la casa de su abuela. La gente estaba velando a la difunta sentada en sillas de madera, desordenados. En mitad de la habitación, ¿o tal vez en una esquina? había una gran caja de madera negra vigilada por dos cirios enormes.
Las personas me miraban por curiosidad, celebrando el tener algo nuevo sobre lo que depositar sus ojos, yo miraba al suelo, al suelo y a una enorme corona de flores. Llegamos junto al féretro y mi tia me cogió, obligándome a darle un beso a la arrugada cara de mi bisabuela. Estaba fría y lo único distinto fue que el vello no me hizo cosquillas, tal vez porque lancé un beso al aire, tratando de evitar el tocar con mis labios el duro rostro de un cadáver.
Salí de allí lo más rápido que pude y busqué por la calle a un amigo que vivía por allí cerca, supongo que pasamos el resto de la tarde jugando en algún montón de arena de una casa en construcción cercana o tirándole piedras a algún gato.
Desde aquel día nunca, nunca jamás he vuelto a ver ningún cadaver, ni siquiera el de mi abuela o el del amigo que murió el otro día. Me siento incapaz de acercarme al féretro.
Eso es todo calimeros.
Recuerdo vagamente que ese día no fui al colegio, o tal vez si, todo lo que me queda de esos días es un campo de encinas cubierto por la niebla. Ya digo que fue todo un acontecimiento, todavía me puedo ver llegando de la mano de mi tía a la casa de su abuela. La gente estaba velando a la difunta sentada en sillas de madera, desordenados. En mitad de la habitación, ¿o tal vez en una esquina? había una gran caja de madera negra vigilada por dos cirios enormes.
Las personas me miraban por curiosidad, celebrando el tener algo nuevo sobre lo que depositar sus ojos, yo miraba al suelo, al suelo y a una enorme corona de flores. Llegamos junto al féretro y mi tia me cogió, obligándome a darle un beso a la arrugada cara de mi bisabuela. Estaba fría y lo único distinto fue que el vello no me hizo cosquillas, tal vez porque lancé un beso al aire, tratando de evitar el tocar con mis labios el duro rostro de un cadáver.
Salí de allí lo más rápido que pude y busqué por la calle a un amigo que vivía por allí cerca, supongo que pasamos el resto de la tarde jugando en algún montón de arena de una casa en construcción cercana o tirándole piedras a algún gato.
Desde aquel día nunca, nunca jamás he vuelto a ver ningún cadaver, ni siquiera el de mi abuela o el del amigo que murió el otro día. Me siento incapaz de acercarme al féretro.
Eso es todo calimeros.

