Para averiguar como sucedió la tregua de 1914 en una parte del frente de
Yprés, hay que estudiar el estado psicológico y la idea que tenían entonces
los combatientes sobre su futuro conflicto armado.
- La Gran Ilusión.
La gente se enrolaba en masa, pensando que la guerra era como se describía
en la romántica literatura bélica decimonónica; libros poco realistas que
ensalzaban la aventura, el honor y los "beau geste", pero que soslayaban los
horrores de los enfrentamientos armados.
Europa no había vivido un conflicto desde la Guerra Franco-Prusiana y toda
una generación tenia acumulada deseos de acción; es vergonzoso decirlo, pero
así lo reiteran los testimonios. Entonces la gente no tenía la conciencia
que tenemos hoy de lo que es una guerra, quizás por desconocer la capacidad
real de la tecnología armamentística de su tiempo.
Así entraron los combatientes en La Grande: con conceptos tácticos y
estratégicos del siglo XIX y con armas del siglo XX. Estas, se teorizaba,
debían acelerar sin duda la resolución del conflicto. Sin embargo, a finales
de 1914, las tropas perdieron su Gran Ilusión, la esperable victoria rápida,
lo cual les desmoralizó de forma aplastante.
- La guerra de trincheras en 1914.
Además de desesperado, el soldado común estaba aterrorizado por la forma en
que debía subsistir.
Se les ordenaba atacar en cargas o asaltos frontales como única táctica para
trabar contacto con el enemigo, con el único amparo ocasional de una previa
cobertura artillera contra las posiciones que debían tomar.
El oficial, casi siempre un teniente, era quien encabezaba la carga pistola
en mano, aunque luego se quedaba rezagado, con el propósito de evitar las
más que probables retiradas y deserciones iniciales, propias del instinto
humano de autoconservación; a veces recurrían a su arma si era necesario.
Sin embargo, estos también estaban en pleno campo de batalla, de ahí su
relativamente elevada tasa de mortalidad.
Luego de saltar de la trinchera, el infante debía pasar entre cadáveres de
anteriores asaltos. En la tierra de nadie llegaba el incesante tableteo de
las ametralladoras y la lluvia de granadas de mortero.
El avance se hacía más peligroso pues lo realentizaba el barrizal por que
había de pasarse, disminuyendo la velocidad de movimiento y aumentando el
tiempo que se estaba bajo fuego enemigo. A través del barro, los soldados,
entorpecidos por sus pesados abrigos, debían atravesar cráteres y evitar
tropezar con las raíces arrancadas. Si caían en una poza de agua el uniforme
mojado les pesaría aún más...
La tierra de nadie era un barrizal desmochado de vegetación: prácticamente
no había donde esconderse, lo cual exasperaba a los hombres. Se corrió la
leyenda de que, como un obús no disparaba dos veces exactamente en un mismo
sitio, los pozos de los cráteres eran refugios seguros, además de proteger
contra las ráfagas de ametralladoras; pero por supuesto que quedarse allí no
garantizaba que cayese un impacto cercano, y había que volver a salir si
llegaba un oficial...
Terrones de tierra que saltaban y compañeros que caían constantemente, en
algunos asaltos la gran mayoría caía antes de llegar a las alambradas
enemigas. Llegaban tan pocos, que se ordenaba retirada, o se replegaban si
no había quien ordenase nada. Los constantes asaltos inútiles difundían la
idea de que todo aquel holocausto no servía absolutamente para nada.
Otros asaltantes conseguían llegar a la trinchera enemiga, que era como
llegar a finales del siglo XV: tiros a bocajarro, cuchilladas de bayoneta,
culatazos, temibles golpes de pala; estrangulamientos, casquetazos y hasta
mordiscos; esto se consideraba un inesperado anacronismo incivilizado
al que los hombres tuvieron que habituarse, a pesar de haberles predicado
los avances de la guerra moderna.
Si se tomaba la posición, podrían venir más enemigos a reconquistarla; si
no llegaban pronto refuerzos, la cota podría ser abandonada. Y si se
retenía, eran unos metros ganados, una bandera en el mapa, y otra vez
a volver a empezar. Así se produjo el estancamiento a finales de 1914.
Los que seguían vivos intuían que más que una lucha, era una mera
supervivencia diría, arbitrada por la pura suerte, la lotería de la muerte.
- Desprecio por la vida humana.
Fue la última guerra occidental en que los estados mayores no mostraron
ningún aprecio por la vida de sus hombres.
En Yprés, en menos de dos meses, hubo más de 250.000 muertos, proporción
que se consideraría intolerable hoy día. El soldado se volvía consciente de
este desprecio y lo hacía recíproco. Se odiaba quizás más a la propia
jerarquía que a los soldados enemigos.
Eran tiempos en que aún muchos oficiales provenian de familias nobles,
o ascendían a un status similiar por el hecho de serlo: las tensiones de
clase social eran patentes. Alguien de rancio abolengo valía más que otra
persona proviniente de baja cuna, un obrero o un burgués de clase media.
Se consideraba que, debido a su elevada educación, e inteligencia innata,
(pues heredaba genes de familias pudientes, bien educadas) su futuro era
más brillante y podía aportar más a la sociedad.
Las familias de alta alcurnia procuraban que sus hijos sirviesen en
cuerpos considerados de élite, como la caballería. Eran rápidamente
promocinados al oficialato, e igual se abrían paso al Estado Mayor.
A la infantería iban los demás, que podían ser, y de hecho fueron,
sacrificados en masa, junto a muchos de sus oficiales, pues
la forma de hacer la guerra ya no hacía distinciones de cuna.
En la tregua de Yprés, los primeros en saltar a la Tierra de Nadie
fueron los alemanes. Sufrieron muchísimas más bajas que los
franceses, ingleses y belgas juntos. Un gran número de jóvenes
estudiantes alemanes fue masacrado en los combates de otoño. Fueron
enviados al frente sin apenas adiestramiento; de ahí que en la historia de
Alemania fuese la primera batalla de Yprés conocida como
"la batalla de los estudiantes".
- Después de la Tregua de 1914.
Durante los dos días posteriores, a la tregua, el 26 y 27 de diciembre, el
Alto Mando del ejército británico expresaba su profunda preocupación
por esta espontánea Tregua de Navidad en diversas circulares.
En estos informes se prevenía a los oficiales del "riesgo de
confraternización" que podía acaecerles a las tropas cuando estaban
demasiado próximas al enemigo. En algunos puntos las líneas de trincheras
no distaban más de 30 metros entre sí, por lo cual era muy factible hacerle
señales al enemigo y incluso mantener una conversación a gritos. Según
estos informes estaba demostrado que, cuando soldados luchan muy cerca
durante un tiempo, comienza a darse entre ellos la ley "vive y deja vivir".
Así pues la tregua de 1914 no fue tan extraña como pudiera parecer; lo que
sorprende es que no fuese masiva y la guerra cesase en breve, pero la férrea
disciplina lo explica fácilmente. La deserción era el principal temor del
alto mando de ambos bandos, e hicieron todo lo posible por erradicarla.
Por causa de esta tregua espontánea se dictaron ordenanzas contra la
confraternización. Los británicos serían encarcelados y los alemanes
podrían ser hasta fusilados. Se prohibía hacer señas de cualquier tipo.
Al parecer al día siguiente de la tregua de Yprés no hubo disparos, pero la
noche del 27 se volvieron a establecer las hostilidades de forma brutal.
Un oficial británico de guardia llamó al alto mando informando que los
alemanes estaban cantando canciones navideñas, y pretendiendo aprovechar
la ocasión para eliminar cualquier sentimentalismo de la tropa hacia el
enemigo, se ordenó dispararles con artillería pesada y morteros, y así
mataron a muchos con los que habían conversado el día 25. Para evitar
insubordinaciones, algunos británicos fueron trasladados de sector.
La anécdota del casco intercambiado al parecer es cierta.
Al día siguiente, su propietario alemán le pidió a su nuevo dueño inglés, a
través de un intermediario, que se lo devolviese sólo para ponérselo en un
desfile, prometiendo retronarlo. El ingles confió, y lo hizo llegar a las
trincheras alemanas: por la tarde el británico ya tenía su casco de vuelta.
Esta Tregua demuestra que eran posibles las relaciones de afecto sincero
entre supuestos enemigos, gente que habían demostrado su negativa a
continuar sacrificándose en vano por unas oligarquías aristócratas que
menospreciaban sus vidas, y que les empujarían a seguir matándose
durante 47 meses más.
Todos los años se celebra un acto conmemorativo de esta tregua, el día de
Navidad.
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Gracias a De Re Militari
Yprés, hay que estudiar el estado psicológico y la idea que tenían entonces
los combatientes sobre su futuro conflicto armado.
- La Gran Ilusión.
La gente se enrolaba en masa, pensando que la guerra era como se describía
en la romántica literatura bélica decimonónica; libros poco realistas que
ensalzaban la aventura, el honor y los "beau geste", pero que soslayaban los
horrores de los enfrentamientos armados.
Europa no había vivido un conflicto desde la Guerra Franco-Prusiana y toda
una generación tenia acumulada deseos de acción; es vergonzoso decirlo, pero
así lo reiteran los testimonios. Entonces la gente no tenía la conciencia
que tenemos hoy de lo que es una guerra, quizás por desconocer la capacidad
real de la tecnología armamentística de su tiempo.
Así entraron los combatientes en La Grande: con conceptos tácticos y
estratégicos del siglo XIX y con armas del siglo XX. Estas, se teorizaba,
debían acelerar sin duda la resolución del conflicto. Sin embargo, a finales
de 1914, las tropas perdieron su Gran Ilusión, la esperable victoria rápida,
lo cual les desmoralizó de forma aplastante.
- La guerra de trincheras en 1914.
Además de desesperado, el soldado común estaba aterrorizado por la forma en
que debía subsistir.
Se les ordenaba atacar en cargas o asaltos frontales como única táctica para
trabar contacto con el enemigo, con el único amparo ocasional de una previa
cobertura artillera contra las posiciones que debían tomar.
El oficial, casi siempre un teniente, era quien encabezaba la carga pistola
en mano, aunque luego se quedaba rezagado, con el propósito de evitar las
más que probables retiradas y deserciones iniciales, propias del instinto
humano de autoconservación; a veces recurrían a su arma si era necesario.
Sin embargo, estos también estaban en pleno campo de batalla, de ahí su
relativamente elevada tasa de mortalidad.
Luego de saltar de la trinchera, el infante debía pasar entre cadáveres de
anteriores asaltos. En la tierra de nadie llegaba el incesante tableteo de
las ametralladoras y la lluvia de granadas de mortero.
El avance se hacía más peligroso pues lo realentizaba el barrizal por que
había de pasarse, disminuyendo la velocidad de movimiento y aumentando el
tiempo que se estaba bajo fuego enemigo. A través del barro, los soldados,
entorpecidos por sus pesados abrigos, debían atravesar cráteres y evitar
tropezar con las raíces arrancadas. Si caían en una poza de agua el uniforme
mojado les pesaría aún más...
La tierra de nadie era un barrizal desmochado de vegetación: prácticamente
no había donde esconderse, lo cual exasperaba a los hombres. Se corrió la
leyenda de que, como un obús no disparaba dos veces exactamente en un mismo
sitio, los pozos de los cráteres eran refugios seguros, además de proteger
contra las ráfagas de ametralladoras; pero por supuesto que quedarse allí no
garantizaba que cayese un impacto cercano, y había que volver a salir si
llegaba un oficial...
Terrones de tierra que saltaban y compañeros que caían constantemente, en
algunos asaltos la gran mayoría caía antes de llegar a las alambradas
enemigas. Llegaban tan pocos, que se ordenaba retirada, o se replegaban si
no había quien ordenase nada. Los constantes asaltos inútiles difundían la
idea de que todo aquel holocausto no servía absolutamente para nada.
Otros asaltantes conseguían llegar a la trinchera enemiga, que era como
llegar a finales del siglo XV: tiros a bocajarro, cuchilladas de bayoneta,
culatazos, temibles golpes de pala; estrangulamientos, casquetazos y hasta
mordiscos; esto se consideraba un inesperado anacronismo incivilizado
al que los hombres tuvieron que habituarse, a pesar de haberles predicado
los avances de la guerra moderna.
Si se tomaba la posición, podrían venir más enemigos a reconquistarla; si
no llegaban pronto refuerzos, la cota podría ser abandonada. Y si se
retenía, eran unos metros ganados, una bandera en el mapa, y otra vez
a volver a empezar. Así se produjo el estancamiento a finales de 1914.
Los que seguían vivos intuían que más que una lucha, era una mera
supervivencia diría, arbitrada por la pura suerte, la lotería de la muerte.
- Desprecio por la vida humana.
Fue la última guerra occidental en que los estados mayores no mostraron
ningún aprecio por la vida de sus hombres.
En Yprés, en menos de dos meses, hubo más de 250.000 muertos, proporción
que se consideraría intolerable hoy día. El soldado se volvía consciente de
este desprecio y lo hacía recíproco. Se odiaba quizás más a la propia
jerarquía que a los soldados enemigos.
Eran tiempos en que aún muchos oficiales provenian de familias nobles,
o ascendían a un status similiar por el hecho de serlo: las tensiones de
clase social eran patentes. Alguien de rancio abolengo valía más que otra
persona proviniente de baja cuna, un obrero o un burgués de clase media.
Se consideraba que, debido a su elevada educación, e inteligencia innata,
(pues heredaba genes de familias pudientes, bien educadas) su futuro era
más brillante y podía aportar más a la sociedad.
Las familias de alta alcurnia procuraban que sus hijos sirviesen en
cuerpos considerados de élite, como la caballería. Eran rápidamente
promocinados al oficialato, e igual se abrían paso al Estado Mayor.
A la infantería iban los demás, que podían ser, y de hecho fueron,
sacrificados en masa, junto a muchos de sus oficiales, pues
la forma de hacer la guerra ya no hacía distinciones de cuna.
En la tregua de Yprés, los primeros en saltar a la Tierra de Nadie
fueron los alemanes. Sufrieron muchísimas más bajas que los
franceses, ingleses y belgas juntos. Un gran número de jóvenes
estudiantes alemanes fue masacrado en los combates de otoño. Fueron
enviados al frente sin apenas adiestramiento; de ahí que en la historia de
Alemania fuese la primera batalla de Yprés conocida como
"la batalla de los estudiantes".
- Después de la Tregua de 1914.
Durante los dos días posteriores, a la tregua, el 26 y 27 de diciembre, el
Alto Mando del ejército británico expresaba su profunda preocupación
por esta espontánea Tregua de Navidad en diversas circulares.
En estos informes se prevenía a los oficiales del "riesgo de
confraternización" que podía acaecerles a las tropas cuando estaban
demasiado próximas al enemigo. En algunos puntos las líneas de trincheras
no distaban más de 30 metros entre sí, por lo cual era muy factible hacerle
señales al enemigo y incluso mantener una conversación a gritos. Según
estos informes estaba demostrado que, cuando soldados luchan muy cerca
durante un tiempo, comienza a darse entre ellos la ley "vive y deja vivir".
Así pues la tregua de 1914 no fue tan extraña como pudiera parecer; lo que
sorprende es que no fuese masiva y la guerra cesase en breve, pero la férrea
disciplina lo explica fácilmente. La deserción era el principal temor del
alto mando de ambos bandos, e hicieron todo lo posible por erradicarla.
Por causa de esta tregua espontánea se dictaron ordenanzas contra la
confraternización. Los británicos serían encarcelados y los alemanes
podrían ser hasta fusilados. Se prohibía hacer señas de cualquier tipo.
Al parecer al día siguiente de la tregua de Yprés no hubo disparos, pero la
noche del 27 se volvieron a establecer las hostilidades de forma brutal.
Un oficial británico de guardia llamó al alto mando informando que los
alemanes estaban cantando canciones navideñas, y pretendiendo aprovechar
la ocasión para eliminar cualquier sentimentalismo de la tropa hacia el
enemigo, se ordenó dispararles con artillería pesada y morteros, y así
mataron a muchos con los que habían conversado el día 25. Para evitar
insubordinaciones, algunos británicos fueron trasladados de sector.
La anécdota del casco intercambiado al parecer es cierta.
Al día siguiente, su propietario alemán le pidió a su nuevo dueño inglés, a
través de un intermediario, que se lo devolviese sólo para ponérselo en un
desfile, prometiendo retronarlo. El ingles confió, y lo hizo llegar a las
trincheras alemanas: por la tarde el británico ya tenía su casco de vuelta.
Esta Tregua demuestra que eran posibles las relaciones de afecto sincero
entre supuestos enemigos, gente que habían demostrado su negativa a
continuar sacrificándose en vano por unas oligarquías aristócratas que
menospreciaban sus vidas, y que les empujarían a seguir matándose
durante 47 meses más.
Todos los años se celebra un acto conmemorativo de esta tregua, el día de
Navidad.
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Gracias a De Re Militari
