Cuando se habla de historia militar, se puede creer que las
operaciones de tipo comando son propias del siglo XX, pero en realidad los golpes de mano llevan siglos sucediendo...
Un Peón Valiente
En el verano del año de Gracia del Señor de 1203, las huestes del Rey
Felipe II de Francia asaltaron por sorpresa la ciudad inglesa de Gaillard,
en la costa franca, en el curso de la guerra interminable que mantenían los franceses y los anglosajones.
Las tropas francesas comenzaron a masacrar a la población sin piedad.
Los habitantes huyeron aterrorizados en busca de la protección de las
murallas del inmenso castillo que defendía la plaza.
La formidable fortaleza de Galimard había sido erigida en 1198 por el
rey inglés Ricardo I. Emplazada en una colina sobre el río Sena, tenía una
enorme ciudadela que apuntaba como la proa de un buque hacia la única
ruta de acceso por tierra, donde ahora se estaban posicionando los
franceses, cuyo rey se planteaba ya las tácticas para tomar aquel bastión, construido con las técnicas defensivas más avanzadas de su tiempo.
Seguro tras los altos muros, El Sheriff de la fortaleza de Gaillard,
Sir Rober de Lacy, contemplaba como ardían las casas del pueblo. Día tras día, debía observar los progresos de los franceses desde aquella
privilegiada e impotente posición.
Felipe II había decidido tratar de rendir la fortaleza por hambre.
Mandó excavar trincheras y túneles hacia los muros, con el propósito de
minarlos, a la par que hizo levantar una empalizada y torres de vigilancia
alrededor del castillo, no tanto para que nadie pudiese entrar o salir como para vigilar los movimientos de la guarnición.
Dentro, la comida empezó a escasear en otoño. Sir Rober decidió que unas cuatrocientas personas, mujeres, niños y ancianos, debían abandonar la protección de los muros para estirar las provisiones todo lo posible, y les obligó a salir. En cuanto Felipe II vio aparecer a aquellos traidores a Francia por la puerta del castillo, ordenó que fuesen asaeteados. Los arqueros comenzaron a lanzar nubes de flechas
sobre aquellos infelices, que al volver atrás fueron rechazados por
los que habían sido sus defensores. Casi todos murieron.
El invierno intramuros del castillo de Gaillard fue horrible. Cuando
una plaza era sitiada, los defensores que se encerraban en ella juraban
comerse los dedos y beberse su orina antes de rendirse; las leyes de la guerra negaban la clemencia del vencedor, se debía aguantar, literalmente, hasta el final. La fortaleza de Gaillard no fue una excepción. El nuevo año de 1204 trajo un invierno muy crudo, muchos defensores murieron de frío, de enfermedades y de inanicíón. Se llegó al canibalismo.
Cuando llegó la primavera, Felipe II se dispuso a atacar con cuanto
pudiese.
Mandó talar los bosques de los alrededores y construir catapultas,
trabucos y manteletes. Una vez terminados, fueron emplazados en una loma al sureste de castillo. Los defensores verían consternados como llovían peñascos sobre una de las murallas del castillo, con el propósito de abrir brecha en ella.
Además se levantó una torre sobre aquella colina. Desde allí,
ballesteros disparaban a cuanto se moviera entre las almenas y las barbacanas.
También se construyó un pasadizo cubierto de madera para que los
encargados de rellenar el foso con tierra pudieran trabajar al resguardo de los proyectiles de los sitiados, que disparaban con mortal efectividad
desde los matacanes construidos precisamente para evitar tal acción.
A mediados de la primavera la discreta labor de los zapadores
concluyó. Los atacantes habían excavado pacientemente un túnel hasta llegar bajo los cimientos de una muralla, la entibaron con vigas, le prendieron fuego, y una parte del muro se vino abajo con gran estrépito, entre los gritos de júbilo de los franceses y los histéricos de los ingleses. Si Rober mantuvo la calma y mandó construir una empalizada de troncos para taponar la brecha.
El rey Felipe estaba desesperado, el sitio se había prolongado casi
un año, la fortaleza seguía resistiendo, y sus tropas perdían la moral.
Estaría considerando seriamente levantar el sitio, cuando uno de sus peones tuvo una iniciativa personal que muy pocas veces se da en la guerra.
El peón atravesó de noche la línea del cerco, salvó el foso, llegó
hasta los muros, y escaló en solitario una pared del castillo hasta llegar al
fétido agujero de las letrinas, por el que se introdujo en su interior. Una
vez dentro de tan hediondo lugar, se abrió paso inadvertidamente por los
pasadizos y escaleras de la fortaleza, ocultándose, esquivando o
matando al que se encontraba, hasta la dar con la capilla de la guarnición.
Allí había una vidriera que daba al exterior. Rompió el cristal e
hizo señas a sus camaradas, algunos le reconocieron y corrieron hasta situarse bajo él. El peón les pidió que aguardasen mientras buscaba una cuerda, que al rato les descolgó por la ventana.
Al llegar arriba, acordaron crear la mayor confusión posible en el
interior de la ciudadela. Se dedicaron a encender fuegos en diversos puntos, distrayendo a gran cantidad de defensores que intentaban darles caza. En el exterior Felipe II tuvo noticias de estos hechos y ordenó a sus
desanimados hombres que retomaran otra vez, con premura y más medios, la labor de zapa, cuyo trabajo se haría mas rápido al estar más seguros, al recibir de menos los proyectiles que les habrían arrojado quienes buscaban a sus compañeros.
Se demolió más muro, y se abrió otra brecha, pero esta vez Sir Rober
de Lacy no pudo organizar a sus ya paranoicos soldados:
Los franceses entraron en el castillo, exterminaron a toda la
guarnición, descuartizaron sus cuerpos, violaron a las mujeres que encontraron y saquearon los objetos de valor. Así cayó la fortaleza de Gaillard, tenida por inexpugnable.
El nombre del peón no ha pasado a la historia, así como se ignora si
percibió alguna recompensa por su acción.
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Gracias a De Re Militari
operaciones de tipo comando son propias del siglo XX, pero en realidad los golpes de mano llevan siglos sucediendo...
Un Peón Valiente
En el verano del año de Gracia del Señor de 1203, las huestes del Rey
Felipe II de Francia asaltaron por sorpresa la ciudad inglesa de Gaillard,
en la costa franca, en el curso de la guerra interminable que mantenían los franceses y los anglosajones.
Las tropas francesas comenzaron a masacrar a la población sin piedad.
Los habitantes huyeron aterrorizados en busca de la protección de las
murallas del inmenso castillo que defendía la plaza.
La formidable fortaleza de Galimard había sido erigida en 1198 por el
rey inglés Ricardo I. Emplazada en una colina sobre el río Sena, tenía una
enorme ciudadela que apuntaba como la proa de un buque hacia la única
ruta de acceso por tierra, donde ahora se estaban posicionando los
franceses, cuyo rey se planteaba ya las tácticas para tomar aquel bastión, construido con las técnicas defensivas más avanzadas de su tiempo.
Seguro tras los altos muros, El Sheriff de la fortaleza de Gaillard,
Sir Rober de Lacy, contemplaba como ardían las casas del pueblo. Día tras día, debía observar los progresos de los franceses desde aquella
privilegiada e impotente posición.
Felipe II había decidido tratar de rendir la fortaleza por hambre.
Mandó excavar trincheras y túneles hacia los muros, con el propósito de
minarlos, a la par que hizo levantar una empalizada y torres de vigilancia
alrededor del castillo, no tanto para que nadie pudiese entrar o salir como para vigilar los movimientos de la guarnición.
Dentro, la comida empezó a escasear en otoño. Sir Rober decidió que unas cuatrocientas personas, mujeres, niños y ancianos, debían abandonar la protección de los muros para estirar las provisiones todo lo posible, y les obligó a salir. En cuanto Felipe II vio aparecer a aquellos traidores a Francia por la puerta del castillo, ordenó que fuesen asaeteados. Los arqueros comenzaron a lanzar nubes de flechas
sobre aquellos infelices, que al volver atrás fueron rechazados por
los que habían sido sus defensores. Casi todos murieron.
El invierno intramuros del castillo de Gaillard fue horrible. Cuando
una plaza era sitiada, los defensores que se encerraban en ella juraban
comerse los dedos y beberse su orina antes de rendirse; las leyes de la guerra negaban la clemencia del vencedor, se debía aguantar, literalmente, hasta el final. La fortaleza de Gaillard no fue una excepción. El nuevo año de 1204 trajo un invierno muy crudo, muchos defensores murieron de frío, de enfermedades y de inanicíón. Se llegó al canibalismo.
Cuando llegó la primavera, Felipe II se dispuso a atacar con cuanto
pudiese.
Mandó talar los bosques de los alrededores y construir catapultas,
trabucos y manteletes. Una vez terminados, fueron emplazados en una loma al sureste de castillo. Los defensores verían consternados como llovían peñascos sobre una de las murallas del castillo, con el propósito de abrir brecha en ella.
Además se levantó una torre sobre aquella colina. Desde allí,
ballesteros disparaban a cuanto se moviera entre las almenas y las barbacanas.
También se construyó un pasadizo cubierto de madera para que los
encargados de rellenar el foso con tierra pudieran trabajar al resguardo de los proyectiles de los sitiados, que disparaban con mortal efectividad
desde los matacanes construidos precisamente para evitar tal acción.
A mediados de la primavera la discreta labor de los zapadores
concluyó. Los atacantes habían excavado pacientemente un túnel hasta llegar bajo los cimientos de una muralla, la entibaron con vigas, le prendieron fuego, y una parte del muro se vino abajo con gran estrépito, entre los gritos de júbilo de los franceses y los histéricos de los ingleses. Si Rober mantuvo la calma y mandó construir una empalizada de troncos para taponar la brecha.
El rey Felipe estaba desesperado, el sitio se había prolongado casi
un año, la fortaleza seguía resistiendo, y sus tropas perdían la moral.
Estaría considerando seriamente levantar el sitio, cuando uno de sus peones tuvo una iniciativa personal que muy pocas veces se da en la guerra.
El peón atravesó de noche la línea del cerco, salvó el foso, llegó
hasta los muros, y escaló en solitario una pared del castillo hasta llegar al
fétido agujero de las letrinas, por el que se introdujo en su interior. Una
vez dentro de tan hediondo lugar, se abrió paso inadvertidamente por los
pasadizos y escaleras de la fortaleza, ocultándose, esquivando o
matando al que se encontraba, hasta la dar con la capilla de la guarnición.
Allí había una vidriera que daba al exterior. Rompió el cristal e
hizo señas a sus camaradas, algunos le reconocieron y corrieron hasta situarse bajo él. El peón les pidió que aguardasen mientras buscaba una cuerda, que al rato les descolgó por la ventana.
Al llegar arriba, acordaron crear la mayor confusión posible en el
interior de la ciudadela. Se dedicaron a encender fuegos en diversos puntos, distrayendo a gran cantidad de defensores que intentaban darles caza. En el exterior Felipe II tuvo noticias de estos hechos y ordenó a sus
desanimados hombres que retomaran otra vez, con premura y más medios, la labor de zapa, cuyo trabajo se haría mas rápido al estar más seguros, al recibir de menos los proyectiles que les habrían arrojado quienes buscaban a sus compañeros.
Se demolió más muro, y se abrió otra brecha, pero esta vez Sir Rober
de Lacy no pudo organizar a sus ya paranoicos soldados:
Los franceses entraron en el castillo, exterminaron a toda la
guarnición, descuartizaron sus cuerpos, violaron a las mujeres que encontraron y saquearon los objetos de valor. Así cayó la fortaleza de Gaillard, tenida por inexpugnable.
El nombre del peón no ha pasado a la historia, así como se ignora si
percibió alguna recompensa por su acción.
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Gracias a De Re Militari
