Juvenal
Clásico
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- 23 Ago 2004
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CLEMENCIA
El día había amanecido lluvioso y negros nubarrones se perfilaban en lontananza; no era el cielo plomizo impedimento para que los lacayos preparasen lo necesario para la batida diaria. Perros y caballos, escopeteros y amos, todos esperaban el comienzo de la cacería, no por habitual menos tensa.
A media mañana, la lluvia caía copiosamente, líquido velo que tamborileaba sobre mi capote, mientras me adentraba más y más en el bosque. A lo lejos, amortiguados por la espesura, se escuchaban las voces del resto de ojeadores y el relinchar de las monturas. Avezado a estas lides, no revestía para mí gran dificultad hallar, como de hecho así sucedió, entre el barro el rastro de un animal herido.
Sonaba próximo un cuerno, y yo observaba en las yemas de mis dedos la sangre del futuro trofeo; me deslizaba silencioso, siguiendo las huellas del ciervo. Otra bonita pieza con la que podría aumentar su prestigio alguno de los Señores.
No tardé en hallarlo, un cervatillo acurrucado bajo un tronco, lamiéndose heridas vistosas pero no fatales; no se había percatado de mi presencia. Largo rato estuve contemplándolo, absorto, mudo, con la vista fija en el animalillo. Saben que soy un servidor eficiente, así que los señores me dejan vagar solo a cambio de que ellos puedan pavonearse ante el taxidermista.
El cervatillo tenía todos los números para acabar colgado de una pared... Un caballo se aproximaba... Una voz aristocrática me interrogó, puse la mejor cara de tonto que supe y señalé con el brazo un punto en el horizonte. El jinete partió en aquella dirección.
Llegó la noche, y acabó la montería. Ahora el cervatillo brincará tranquilo, y retozará en paz por los bosques, sin sospechar lo cerca que estuvo de acabar disecado.
Grande virtud es de hombres magnánimos la Clemencia. Me conformo yo con la Pereza: conozco la predilección de los nobles por los jabalíes gordos y lustrosos así que era un pérdida de tiempo y un esfuerzo malgastado molestarlos con una simple cría.
Mañana, hiele o truene, luzca radiante el sol o caigan chuzos de punta, volveremos al bosque. Presas no faltarán.
Pietro Metastasio rebuznó:Sin piedad la justicia se torna en crueldad. Y la piedad, sin justicia, es debilidad.
El día había amanecido lluvioso y negros nubarrones se perfilaban en lontananza; no era el cielo plomizo impedimento para que los lacayos preparasen lo necesario para la batida diaria. Perros y caballos, escopeteros y amos, todos esperaban el comienzo de la cacería, no por habitual menos tensa.
A media mañana, la lluvia caía copiosamente, líquido velo que tamborileaba sobre mi capote, mientras me adentraba más y más en el bosque. A lo lejos, amortiguados por la espesura, se escuchaban las voces del resto de ojeadores y el relinchar de las monturas. Avezado a estas lides, no revestía para mí gran dificultad hallar, como de hecho así sucedió, entre el barro el rastro de un animal herido.
Sonaba próximo un cuerno, y yo observaba en las yemas de mis dedos la sangre del futuro trofeo; me deslizaba silencioso, siguiendo las huellas del ciervo. Otra bonita pieza con la que podría aumentar su prestigio alguno de los Señores.
No tardé en hallarlo, un cervatillo acurrucado bajo un tronco, lamiéndose heridas vistosas pero no fatales; no se había percatado de mi presencia. Largo rato estuve contemplándolo, absorto, mudo, con la vista fija en el animalillo. Saben que soy un servidor eficiente, así que los señores me dejan vagar solo a cambio de que ellos puedan pavonearse ante el taxidermista.
El cervatillo tenía todos los números para acabar colgado de una pared... Un caballo se aproximaba... Una voz aristocrática me interrogó, puse la mejor cara de tonto que supe y señalé con el brazo un punto en el horizonte. El jinete partió en aquella dirección.
Llegó la noche, y acabó la montería. Ahora el cervatillo brincará tranquilo, y retozará en paz por los bosques, sin sospechar lo cerca que estuvo de acabar disecado.
Grande virtud es de hombres magnánimos la Clemencia. Me conformo yo con la Pereza: conozco la predilección de los nobles por los jabalíes gordos y lustrosos así que era un pérdida de tiempo y un esfuerzo malgastado molestarlos con una simple cría.
Mañana, hiele o truene, luzca radiante el sol o caigan chuzos de punta, volveremos al bosque. Presas no faltarán.