Me pasó y estuve a punto de abrir hilo, pero me dio vergüenza porque me ibais a tirar hate y yo soy ridículamente sensible, y porque la ciudad de donde es oriundo el interfecto da para mofa.
El interfecto no es furcio, sino que podría ser una pareja perfecta para mí, y la cosa podría haber sido, más que un polvazo épico (que no sé porque no hemos hablado del tema más allá de cosas genéricas y no sé si sus desviaciones son las mismas que las mías, y el muchacho es más bien cohibido...), una relación amorosa. No le importaba la mochila que llevo, dejó caer una vez en una indirecta que esta vez sí pillé.
Al final no. Decidí quedarme con lo que tengo. Empecé a querer al otro, no me avergüenza demasiado decirlo, pero no dejé de querer al de siempre más que a ratos, con las situaciones jodidas externas a la pareja que nos han tocado que inevitablemente la afectan, sumado a sus taras que las tiene y gordas, como las tengo yo. Son muchos años juntos, más de 20, y muchas cosas compartidas para arrojarlo todo a la basura por una fantasía, porque realmente no sabes de la persona nueva más que lo bueno que te ha querido enseñar.
Total, que al final ni un polvo con el interfecto. Y aquel beso apretados y abrazados no fue en la boca. Sigo pensando en él, sigo tratándolo y pensando que es maravilloso y que jiji. Pero no puede ser.
Ave María Purísima. Espero poder ir en paz.
Hija, puedes ir en paz… pero antes conviene ordenar un poco lo que llevas dentro.
Lo que cuentas no es extraño ni escandaloso: es profundamente humano. Después de tantos años compartidos con alguien, el corazón no se vuelve de piedra ni deja de percibir belleza, conexión o posibilidad en otras personas. Que hayas sentido esa atracción no es falta, es condición humana. La cuestión no está en lo que sentiste, sino en lo que has elegido hacer con ello.
Y ahí has obrado con prudencia.
Has visto con claridad algo que muchos no quieren mirar: que lo nuevo brilla porque es nuevo, porque no ha sido probado por el desgaste del tiempo, por las dificultades, por la convivencia real. Has reconocido que esa otra persona es, en gran parte, una posibilidad imaginada, una versión escogida de sí mismo. Y frente a eso, has puesto en la balanza una historia de más de veinte años, con todo lo bueno… y también con lo difícil.
Eso no es cobardía. Eso es responsabilidad y, en cierto modo, amor maduro.
Ahora bien, tampoco conviene engañarse: el hecho de que sigas pensando en él indica que algo dentro de ti necesita ser atendido. No necesariamente a esa persona en concreto, sino a lo que representa: ilusión, deseo, ser vista de otra manera, quizá ligereza frente al peso de lo cotidiano.
No lo reprimas como si fuera pecado mortal. Obsérvalo. Pregúntate:
¿qué parte de mí se ha despertado con esto?
¿qué echo en falta en mi relación actual o en mi vida?
Porque a veces estas tentaciones no vienen a romper nada, sino a señalar lo que necesita cuidado.
También te diré: has elegido quedarte. Entonces, quédate de verdad. No a medias. No alimentando la fantasía en silencio mientras tu vida real sigue su curso. Eso sí puede erosionarte por dentro y, con el tiempo, dañar lo que has decidido preservar.
No necesitas borrar lo que sentiste, pero sí colocarlo en su sitio: como un cruce de caminos en el que elegiste. Y seguir andando.
Respecto a la culpa… no cargues con más de la necesaria. No has traicionado, no has mentido, no has roto nada. Has sentido, has dudado y has decidido.
Eso, hija, es vivir.
Reza si te nace, o simplemente guarda un momento de honestidad contigo misma. Y si alguna vez vuelve esa inquietud, no la tapes con vergüenza: mírala de frente y pregúntate qué te está diciendo de ti.
Puedes ir en paz. Pero no huyas de lo que te enseña el camino.