Hija, puedes ir en paz… pero antes conviene ordenar un poco lo que llevas dentro.
Lo que cuentas no es extraño ni escandaloso: es profundamente humano. Después de tantos años compartidos con alguien, el corazón no se vuelve de piedra ni deja de percibir belleza, conexión o posibilidad en otras personas. Que hayas sentido esa atracción no es falta, es condición humana. La cuestión no está en lo que sentiste, sino en lo que has elegido hacer con ello.
Y ahí has obrado con prudencia.
Has visto con claridad algo que muchos no quieren mirar: que lo nuevo brilla porque es nuevo, porque no ha sido probado por el desgaste del tiempo, por las dificultades, por la convivencia real. Has reconocido que esa otra persona es, en gran parte, una posibilidad imaginada, una versión escogida de sí mismo. Y frente a eso, has puesto en la balanza una historia de más de veinte años, con todo lo bueno… y también con lo difícil.
Eso no es cobardía. Eso es responsabilidad y, en cierto modo, amor maduro.
Ahora bien, tampoco conviene engañarse: el hecho de que sigas pensando en él indica que algo dentro de ti necesita ser atendido. No necesariamente a esa persona en concreto, sino a lo que representa: ilusión, deseo, ser vista de otra manera, quizá ligereza frente al peso de lo cotidiano.
No lo reprimas como si fuera pecado mortal. Obsérvalo. Pregúntate:
¿qué parte de mí se ha despertado con esto?
¿qué echo en falta en mi relación actual o en mi vida?
Porque a veces estas tentaciones no vienen a romper nada, sino a señalar lo que necesita cuidado.
También te diré: has elegido quedarte. Entonces, quédate de verdad. No a medias. No alimentando la fantasía en silencio mientras tu vida real sigue su curso. Eso sí puede erosionarte por dentro y, con el tiempo, dañar lo que has decidido preservar.
No necesitas borrar lo que sentiste, pero sí colocarlo en su sitio: como un cruce de caminos en el que elegiste. Y seguir andando.
Respecto a la culpa… no cargues con más de la necesaria. No has traicionado, no has mentido, no has roto nada. Has sentido, has dudado y has decidido.
Eso, hija, es vivir.
Reza si te nace, o simplemente guarda un momento de honestidad contigo misma. Y si alguna vez vuelve esa inquietud, no la tapes con vergüenza: mírala de frente y pregúntate qué te está diciendo de ti.
Puedes ir en paz. Pero no huyas de lo que te enseña el camino.
A medias se lo compro pater.
La tentación te viene. Eso es un hecho. Los cerebros de los miembros de una pareja de larga duración están ahítos de la oxitocina (calma, placer reposado, confianza y sobre todo la ansiada predictibilidad) y caninos de dopamina (novedad, tabla rasa, cero desgaste y química que te induce el placer de creer que las cosas pueden funcionar bien sin el esfuerzo consciente que te provoca una relación consolidada, que consiste en seguir eligiendo a la misma persona dia tras dia, mes tras mes, año tras año)
Podría decirse que el amor dopaminérgico te viene, no lo escoges. El amor maduro si es un acto de decisión.
Peeeero ahí entra la maldita biología del ser humano. La dualidad entre cerebro e instinto. La complicada gestión de la disonancia cognitiva porque la viscera está en perpetuo conflicto con el cerebro, por eso a determinadas edades todos estamos como cabras, porque estamos cansados de conciliar lo irreconciliables, y el cerebro entra en modo ahorro de energía, saturado de tal labor ante una sociedad que no condena la evasión y la narcotización, más bien la fomenta. Nuestras emociones son un musculo que está desentrenado, que no va al gimnasio desde que escogemos casarnos o tener convivencia estable y sostenida o tener hijos.
Porque nos creemos que el piloto automático es lo correcto. Porque así funcionan las cosas. Y si ya se tienen hijos en común, una vez que estos van creciendo y se hacen menos dependientes, y la mente activa una poderosa pregunta: "¿Y ya está?" ¿"esto es mi vida, esto ha sido mi vida y a partir de ahora todo es meseta?"
Lo que vengo a decir es que discrepo con usted en que una tentación no viene necesariamente a marcar una carencia, o algo que mejorar. Carencias tenemos todos en cualquier ámbito de nuestra vida. Porque de la insatisfacción no se libra nadie, no en vano es un mecanismo de supervivencia. Pero no nos hacemos al monte a romper con todo y vivir de forme eremita.
Porque vivimos más, y no está en nuestra naturaleza vivir tanto y eso provoca cortocircuitos al ego. Y cuando el ego está confundido y no sabe donde está ni porque lleva tanto tiempo en el mundo empieza a reescribir la realidad y a llenarse de motivos, reescrituras y justificaciones de porque lo que antes era placentero, ahora tiene grietas. No las tiene porque tener necesariamente, y si las tiene, en la mayoría de las veces estas están engrandecidas de forma grosera para justificar lo que en el fondo casi todo el mundo está deseando: pegar el volantazo en su vida, volver a sentir adrenalina, norepinefrina... drogas químicas que te hacen volver a sentirse deseado, volver a estar gestionando un proyecto ilusionante, con el riesgo de la incertidumbre.
Igual que ratas de laboratorio a las que se las hace adictas al refuerzo intermitente, vamos chocando con las personas con las que establecemos vínculos a lo largo de nuestra vida y echándoles las culpas de los desequilibrios químicos que se van dando a lo largo de la vida en nuestros cerebros. Y cuando llega la vejez, la enfermedad, las perdidas que son inevitables como las de nuestros familiares y sentimos el vacío, nos acordamos de esas personas que hemos dejado atrás y sentimos el pellizco: "igual me precipité".
Personalmente y como verdad incómoda creo que nunca se ha hablado del efecto llamada que supuso el introducir la ley del divorcio en España. Antes de eso, las parejas que de verdad tenían problemas se separaban de hecho y vivían sus vidas aparte, aún estando casados y simplemente habiendo liquidado sus bienes gananciales para poder comprometerse en co-propiedades con su nueva pareja. El resto de las parejas que simplemente tenían problemas de aburrimiento y estancamiento (o sea, el 80% de las parejas) se resignaban a lo que había. Podría parecer una vida sufrida, gris y de resignación, pero paradójicamente, y dentro de la grisura, eran más felices que las personas liberadas de hoy en dia que, amparandose en sus crisis de los 40 o 50 deciden dejar tierra quemada en sus relaciones anteriores y embarcarse en un nuevo proyecto, que será o seró, pero sin darse cuenta que están trasldando a su nueva pareja una presión bestial, como es el llenar el vacío que esa persona siente, y que jamás te lo va a rellenar otro ser humano porque dicho vacío suele ser interno, no externo.