Eso es porque no estás hecho de la pasta espartana. Nosotros, los elegidos, nos comemos los subproductos de esos apestosos persas para desayunar. Tres kebaps, tres, me he comido yo de una sentada sin despeinarme. Presumo, además, de haber sobrevivido a uno de esos "restaurantes" que carecía de cámara frigorífica, motivo por el que fue clausurado poco más tarde, sin que mi estómago se inmutase mientras el de otros comensales se iba de fiesta una semana.
¿Por qué? Porque la naturaleza me ha dotado de una genética superior. O de moro, todavía estoy en duda.