Existe el libre albedrío ?

Dj. EniGmA

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5 Ene 2004
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Partiendo como base de la consideración del cuerpo humano como mera
máquina biológica y el cerebro humano como red de neuronas que se
intercambian impulsos eléctricos entre ellas (sinapsis), se puede plantear
un tema que ha sido motivo de reflexión por filósofos y pensadores de la
talla del austro-britanico Karl Popper, basicamente se trata de lo que se
conoce como "determinismo".

Basicamente se fundamenta en lo siguiente: sabido es que a cada acción
corresponde una reacción. Por lo tanto, se puede afirmar que a cada
acción, es motivo de otra acción anterior que provocó esta ultima. Esto es,
si una bola de billar rueda sobre el tapete es porque otra bola ha
impactado sobre ella y ha producido el echo de que esta se mueva.
Partiendo de este esdevenimiento de acción-reacción que esta presente
en todos los sucesos del universo, y análogamente al ovimiento de la bola
de billar, se fundamenta el "determinismo". Si nos itrodujeramos dentro
del cerebro a nivel neuronal y pudieramos observar la sinapsis, veríamos
que cada impulso que sale de una neurona por su axón ("terminal" de
salida de la neurona) ha sido provocado por la entrada de otro impulso por
su dendrita (entrada de la neurona). Esto es, la neurona ha emitido un
impulso eléctrico dependiendo de los que ha recibido por sus entradas,
dicho de otra forma, si lanza un impulso es porque ha recibido otro(s).
Esto es ver el funcionamiento sináptico desde la perspectiva de
funcionamiento accion-reaccion. Lo cual es lógico.


Por lo tanto, si ahora nos alejamos de esta vision neuronal microscopica
hasta estar viendo el cerebro como órgano a una distancia de un metro,
estamos contemplando un órgano en el cual no gobierna el libre albedrío,
sino que sus acciones dependen de su estado sináptico anterior. En otras
palabras, no seriamos libres. Es decir, todo lo que ahora estvuieramos
haciendo, leer esta mierda infumable que estoy escribiendo mientras nos
rascamos los huevos con la mano izkierda, no seria producto de nuestra
voluntad tal y como la conocemos sino producto de un proceso iniciado
mediante una estado inicial de las neuronas y con el paso del tiempo
va "moviendonos", "animandonos", como una maquina secuencial de
estados finitos, meros muñecos atrapados en una falsa realidad,
condenados a vivir en un falso mundo de libertad donde todos nuestros
pensamientos, movimientos y acciones no son productos de nuestra
voluntad sino de un proceso infinito originado en algun momento de la
historia del universo.


Opiniones?
 
Está claro. La solución sería llevar un Reset implantado en el ombligo.
 
PaTriZia rebuznó:
Está claro. La solución sería llevar un Reset implantado en el ombligo.

Si que activara una carga de C-4...
 
Joer el Sr.Enigma hoy se ha levantado un poco filosofico, que pasa fue muy grande ayer y encima no mojamos??? jejejejeje..
Buena reflexion, pero que pasara si algun dia la accion no se produce???tb esta programa reaccion a la no accion???
 
Mientras existan agujeros negros que engullan la materia cósmica, lo del libre albedrio como que dudo de él... :D

agujero_negro_13.jpg


Ummita
 
Ummita rebuznó:
Mientras existan agujeros negros que engullan la materia cósmica, lo del libre albedrio como que dudo de él... :D

agujero_negro_13.jpg


Ummita

Eh, yo conozco a la dueña de ese agujero negro de arriba...


Y ya te digo si engulle materia, pero de cualquier color oiga!
 
De pronto me encontré en una sala sólo. Hice esfuerzos inauditos por volar como lo había hecho en anteriores ocasiones, pero por alguna razón ahora no podía.

Un ser espiritual, que emanaba de su rostro una especial luminosidad se me acerca, y con una dulce sonrisa me extiende de su mano una especie de medalla y mostrándome sus dos caras, me dice:

_ Esta medalla tiene dos caras pero en realidad tiene una, puedes entender este secreto.

_ Las dos caras de la medalla representan la dualidad de todas las cosas. Le dije.

_Exacto. Si tu puedes dominar el influjo mágico de la manifestación dual podrás superar el influjo fenomenal. Entiendes esto.

_ Creo que sí. Eso quiere decir que si yo puedo ver que todo lo que existe en realidad es una sola cosa y que todos somos uno mismo, la verdad se me manifestará en mí y podré ejercer dominio sobre las fuerzas elementales.

_ Muy bien. Aprieta con tu mano la medalla e internaliza ese pensamiento.

En ese momento tome la medalla muy fuertemente con mi mano, la apreté e hice un esfuerzo sobrehumano para comprender que hay una naturaleza única para todas las cosas. En ese momento recobré el poder de elevarme por el espacio y desplazarme a voluntad.

Mientras volaba, internalicé el poder de la voluntad y a través de mi pensamiento comencé a preguntar a ese ser todo lo referente al alcance de las influencias de las energías astrológicas en cuanto al uso discrecional de la libertad que tiene el ser humano.

_ ¿Cuál es la relación que existe entre el libre albedrío y las influencias astrológicas? le dije.

_Cuando la vida manifestada llega a cierta evolución como es la del ser humano, dispone para sí el ejercicio de la ley cósmica del libre albedrío. El libre albedrío es una ley y por lo tanto todas las fuerzas y seres creados por la manifestación de Dios mismo, no pueden interferir en su cumplimiento.

El libre albedrío es la libertad que tienen los seres humanos para pensar, actuar o sentir de determinada manera, esta elección se encuentra a su vez bajo las leyes llamadas de causa y efecto, que devuelven al creador de cualquier acción, pensamiento o sentimiento la consecuencia de la naturaleza impregnada en los mismos.

_¿O sea que las fuerzas astrológicas pueden ser evitadas por el libre albedrío?

_No. Las fuerzas astrológicas son tendencias que se sienten dentro del ser humano, y la reacción que este tenga ante la misma está bajo la libertad del libre albedrío.

_¿En qué caso el ser humano puede trascender las influencias de los planetas?

_Sólo cuando ese ser por elevación propia se aleje del mundo fenomenal para acercase al mundo espiritual. En ese momento el ser por el libre albedrío mencionado hace un solemne voto de aceptación y manifestación en su vida de la Voluntad Suprema de Dios. La Voluntad Suprema de Dios no está sujeta a leyes astrológicas ni a las características de la fenomenalidad de la vida.

_¿Y cómo se cumple con la Voluntad de Dios? ¿Cuál es ella?

_La Voluntad de Dios no es el deseo, es la guía invisible que se manifiesta en la vida cuando tú le estás otorgando ese poder de actuar, y cualquiera sea el desenlace de los acontecimientos, siempre sabrás que será el mejor para ti.

_¿Pero cómo se conoce cuál es esa voluntad?

_La Voluntad de Dios no se la conoce, se manifiesta y la conocerás cuando se haya manifestado.

_O sea, que, el ser humano por el uso de la ley del Libre Albedrío que Dios le confirió por su evolución puede usar a su beneficio las leyes astrológicas tratando de entender el mensaje que están enviando y ayudar así a la Voluntad de nuestro Yo Superior para retomar la senda que nos haga feliz en esta vida. Pienso que esta condición de anular el mundo fenomenal y poder realizar dentro de uno la unión con la Divinidad manifestando así la Voluntad Superior de Dios, ha sido lograda por muchos Maestros espirituales que durante distintas épocas han nacido en el mundo.

_Exactamente. La Voluntad de Dios no puede ser otra. Hemos venido a la vida para aprender y a ser felices. Todo acontecimiento contrario a este ideal es una apariencia creada por la mente del hombre, sin sustento divino y destinada a subsistir hasta tanto el pensamiento que le dio vida se disipe.

El ser humano puede efectuar una elección basada en el poder de atención asociado a su pensamiento-sentimiento. Esta combinación de atención-pensamiento-sentimiento es la fuerza creadora de su destino.

En los planos más sutiles, el solo pensar y sentir atrae inmediatamente a la manifestación el objeto de la naturaleza emanada. En el plano físico es lo mismo aunque el proceso es más lento, pues las corrientes circulan con mayor lentitud, pero igualmente llega a manifestar en la vida de cada ser humano su poder creativo. El poder creativo es la fuerza que puede generar alrededor de cada creador la naturaleza de los objetos, seres o energías que él quiera, o más fuerte aún, que él cree, por herencia o por formación propia de su aprendizaje. Hay distintos clases de creencias, cada ser puede adoptar creencias más o menos como reales para su vida y que cree que son reales para todos.

El hombre es co-creador con Dios en su mundo, y a diferencia de otros reinos, él posee el poder de elección.

El poder que se genera en la creencia originada en la Fe, atrae a la manifestación la naturaleza en el objeto y situación en que se ha puesto la atención, y adonde se dirigirán las fuerzas puestas en movimiento. Pero tú también puedes creer, por ejemplo que eres pobre, si lo crees, podrás manifestar a tu alrededor las condiciones necesarias para que seas pobre. Pero ese pensamiento no está dentro del plan divino, sí, está que tú puedas manifestar lo que desees, pero lo que deseas son aquellos deseos que has impregnado con creencia, ya que puedes tener un deseo pero no la suficiente Fe interna de que se realizará por medio de tu poder interno.

La atención puesta constantemente en un determinado pensamiento actúa como una oración activa. Independientemente de la naturaleza de ese pensamiento, esta atención se transformará en una creencia activa que tendrá suficiente poder para manifestarse exteriormente en tu vida. Aún así, más poderoso que la energía de esos pensamientos es la Fe.
 
¿pero entonces para que tenemos la sensación de poder elegir?
 
Para no pegarnos un tiro a la primera de cambio, y seguir extendiendo la tristeza de nuestra existencia.
 
NomadS0ul rebuznó:
¿pero entonces para que tenemos la sensación de poder elegir?

es una sensacion solo,pero tu en realidad no eliges,si has leido lo que he posteado antes te daras cuenta de que nuestras vidas estan planificadas hasta en el menor detalle.solo escapando del mundo fenomenologico podras aplicar tu libre albedrio.eso explica los deja vu.
 
El determinismo genético se introduce constantemente por la puerta falsa.» Lo que Rose da a entender claramente es que los autores que él critica creen que existen genes que fuerzan a los machos humanos a ser «galanteadores» irremediables y que, por consiguiente, no se les puede culpar de infidelidad conyugal. El lector se queda con la impresión de que tales autores son acérrimos creyentes en la herencia y de que tienen, además, inclinaciones chauvinistamente machistas. En realidad, mi referencia original a «los machos galanteadores» no se refería a los hombres. Era un simple modelo matemático de un animal indeterminado (aunque no importe, pensaba en un pájaro). No era explícitamente un modelo de genes, y si se hubiese tratado de genes, éstos habrían sido limitados y no ligados al sexo. Yo formulé la estrategia del «galanteador» no como la forma de comportarse los machos, sino como una de las dos alternativas hipotéticas, siendo la otra la «fidelidad». El objeto de este modelo sencillísimo era ilustrar las clases de condiciones por las que la promiscuidad o la fidelidad pueden verse favorecidos por la selección natural. No suponía que yo favoreciese la primera. Al contrario, la simulación concreta que publiqué culminaba en una población variada de machos en la que predominaba ligeramente la fidelidad. Los comentarios de Rose no contienen sólo una tergiversación, sino una multitud de tergiversaciones. Revelan unas ansias desatadas de tergiversar. Llevan el sello de una leyenda falsa, el sello de un mito poderoso: el gran mito de los genes. El mito de los genes queda resumido en el pequeño chiste de Rose sobre que las señoras no deben culpar a sus cónyuges por andar acostándose con otras. Es el mito del «determinismo genético». Evidentemente, para Rose, el determinismo genético es determinismo en el pleno sentido filosófico de irreversible inevitabilidad. Supone que la existencia de un gene «para» X implica que X no puede escapar. Con palabras de Stephen Jay Gould, otro crítico del determinismo genético, «si estamos programados para ser lo que somos, entonces estos caracteres son ineluctables. Todo lo más, podemos canalizarlos; pero no podemos cambiarlos mediante la voluntad, la educación o la cultura».Sospecho que tanto Rose como Gould son deterministas en el sentido de que creen en un fundamento físico y materialista de todas nuestras acciones. Yo también. Puede que la gente religiosa piense de forma distinta. Yo lo que quiero dejar claro es que, sea cual sea la postura que uno adopte en la cuestión filosófica del determinismo, el incluir el término «genético» no va a suponer ninguna diferencia. Si uno es determinista a carta cabal, creerá que todas sus acciones están predeterminadas por causas físicas del pasado, y por consiguiente también podrá creer o no que no es responsable de sus infidelidades sexuales. Pero sea como fuere, ¿qué importancia puede tener el que algunas de esas causas físicas sean genéticas? ¿Por qué se consideran los determinantes genéticos más ineluctables, o más exculpatorios, que los «ambientales»?Si alguien dijese que el sexo de una persona ejerce una influencia causal, digamos, sobre su habilidad musical o su afición a hacer punto, ¿qué significaría esto? Significaría que, en determinada población, y en determinado ambiente, un observador que poseyese información sobre el sexo de un individuo podría hacer una predicción estadísticamente más certera sobre la habilidad musical de dicha persona que otro observador que ignorase su sexo. Subrayemos la palabra «estadísticamente», y añadamos, además, «en igualdad de condiciones». El observador podría contar con alguna información adicional -por ejemplo, sobre la formación o educación de la persona- que le llevase a revisar, o incluso a anular, su predicción basada en el sexo. Si las hembras propenden estadísticamente más que los machos a disfrutar haciendo punto, ello no significa que todas las mujeres disfruten haciéndolo; ni siquiera la mayoría.Es también perfectamente posible que la razón por la que las mujeres disfrutan haciendo punto sea que la sociedad las educa para que así sea. Si la sociedad enseña sistemáticamente a quienes nacen sin pene a hacer punto y a jugar con muñecas, y a quienes nacen con pene a jugar con armas y soldaditos, las diferencias estadísticas resultantes entre las preferencias de los varones y las hembras son, estrictamente hablando, diferencias genéticamente determinadas. Son determinadas, a través del medio de la costumbre social, por el hecho de tener o no tener pene, lo cual está determinado (en un ambiente hormonal) por los cromosomas del sexo. Como es evidente en esta perspectiva si pusiéramos experimentalmente a un grupo de niños a jugar con muñecas y a un grupo de niñas a jugar con armas, esperaríamos invertir fácilmente las preferencias normales. Quizá fuera éste un experimento interesante, ya que su resultado podría ser que las niñas prefieren estadísticamente las muñecas y que los niños prefieren las armas. Si fuera así, esto podría decirnos algo sobre la tenacidad de una diferencia genética frente a una manipulación ambiental concreta. Pero todas las causas genéticas tienen que actuar en el contexto de un ambiente u otro. Una diferencia genética de sexo, aun cuando se haga perceptible merced a un sistema educativo sexualmente prejuicioso, sigue siendo genética.La gente parece aceptar sin mucha dificultad la modificabilidad de los efectos «ambientales» en el desarrollo humano. Si un niño ha recibido mala enseñanza en matemáticas, acepta que la deficiencia puede remediarse con una enseñanza extra al año siguiente. Pero cualquier insinuación de que la ineptitud para las matemáticas del niño puede tener un origen genético será acogida con un sentimiento próximo a la desesperación: si está en los genes, «está escrito», está «determinado», y nada puede hacerse al respecto; vale más renunciar a todo intento de enseñar al chico matemáticas. Esto es una tontería perniciosa a escala casi astrológica. En principio, las causas genéticas y las causas ambientales no se diferencian entre sí. Hay influencias de ambos tipos que pueden ser difíciles de anular; otras pueden anularse fácilmente. Algunas resultan normalmente difíciles de anular, pero fáciles si se aplica el factor adecuado. Lo importante es que no hay una razón general para creer que las influencias genéticas sean más irreversibles que las ambientales.¿Qué han hecho los genes para merecer esa fama siniestra y casi monstruosa? ¿Por qué no supone para nosotros una pesadilla similar, digamos, la enseñanza de párvulos o las clases de confirmación? ¿Por qué se atribuye a los genes efectos mucho más fijos e inevitables que la televisión, las monjas o los libros? No reprochen a su cónyuge el que ande acostándose con otras, señoras; ¡él no tiene la culpa de haber sido excitado por la literatura pornográfica! Quizá la supuesta jactancia del jesuita: «Dadme al niño durante sus siete primeros años, y yo os daré al hombre», contenga algo de verdad. La educación y demás influencias culturales, en determinadas circunstancias; pueden ser tan inmodificables e irreversibles como se considera popularmente que lo son los genes y los «astros».Pero hay otro mito que complica el asunto, al que ya he aludido. El mito de los ordenadores se encuentra casi tan profundamente arraigado en la mentalidad moderna como el mito de los genes. Obsérvese que los dos pasajes que he citado contienen la expresión «programado». Así, Rose absuelve sarcásticamente de su culpa a los hombres libertinos porque están genéticamente programados. Gould dice que si estamos programados para ser lo que somos, entonces estos caracteres son ineluctables. Y es cierto que corrientemente utilizamos la palabra «programado» para indicar una inflexibilidad inconsciente, como antítesis de la libertad de acción. Los ordenadores y los robots tienen fama de inflexibilidad, de cumplir las instrucciones al pie de la letra, aún cuando las consecuencias sean manifiestamente absurdas. ¿Cómo, si no, mandarían esas famosas facturas de millones de libras que el amigo de un amigo de cualquiera recibe sin parar? Me había olvidado del gran mito de los ordenadores; de lo contrario, habría tenido más cuidado cuando escribí aquello de los genes pululando «dentro de torpes y gigantescos robots», y de nosotros mismos como «máquinas de supervivencia: vehículos robots ciegamente programados para preservar esas moléculas egoístas conocidas como genes». Estos pasajes han sido citados triunfalmente como ejemplos de mi rabioso determinismo genético. No me estoy disculpando por emplear el lenguaje de la robótica. Lo volvería a hacer sin vacilación. Pero ahora comprendo que es necesaria una explicación más amplia.Por mi experiencia de trece años dedicados a la enseñanza, sé que el principal problema que plantea esta forma de referirme (hablando de «máquinas para la supervivencia de genes egoístas» y demás) a la selección natural es que corre el riesgo concreto de la tergiversación. En un intento de anticiparme al error de dotar de talento y previsión a hipotéticos genes, utilicé el lenguaje de la automatización y de la robótica, y empleé la expresión «ciegamente» refiriéndola a la programación genética. Pero, por supuesto, son los genes los que son ciegos, no los animales que ellos programan. Los sistemas nerviosos, como los computadores artificiales, pueden ser lo bastante complejos como para manifestar inteligencia y previsión.La palabra robot tiene muchas connotaciones; pero no es en la de inflexibilidad en la que yo pensaba. Un robot es una máquina programada, y un aspecto importante de la programación es que está hecha con antelación a la ejecución del pensamiento mismo y es distinta de él. La relación, digamos, entre un ordenador que juega al ajedrez y la persona que lo ha programado no es patente, y está expuesta a interpretaciones erróneas. Podría pensarse que el programador vigila la marcha del juego y da instrucciones al ordenador a cada movimiento. De hecho, sin embargo, el programador trata de anticiparse a las contingencias, e incorpora instrucciones condicionales de gran complejidad; pero una vez que empieza el juego, tiene que mantenerse apartado. No se le permite dar al computador nuevas sugerencias en el curso de la partida. Si lo hiciera no estaría programando, sino jugando. Del mismo modo, los genes no controlan el comportamiento directamente en el sentido de intervenir en su ejecución. Controlan el comportamiento sólo en el sentido de que programan la máquina previamente a la ejecución. Esta es la idea que yo quería evocar con la palabra robot; no la de inflexibilidad inconsciente.Si las máquinas se asociaban a la idea de rígida inflexibilidad -y acepto que así era-, es hora ya de olvidarse de eso. Se ha llegado a confeccionar programas de computador que juegan al ajedrez al nivel de un maestro internacional, conversan y razonan en un inglés gramatical correcto y enormemente complejo, crean nuevas pruebas de teoremas matemáticos elegantes y estéticamente satisfactorias, componen música y diagnostican enfermedades; y el ritmo del progreso en este campo no muestra signo alguno de decaer. De ser sinónimo -en la mentalidad popular- de zombie retrasado y con miembros rígidos, el término robot se convertirá algún día en análogo de flexibilidad e inteligencia ágil.Repito que, por supuesto, los filósofos pueden discutir sobre la determinación última de los ordenadores programados para comportarse de modo artificialmente inteligentes, pero si nos adentramos por ese terreno filosófico, se podría aplicar el mismo argumento a la inteligencia humana. ¿Qué es el cerebro, se podría preguntar, sino un ordenador, y qué es la educación, sino una forma de programar? Es muy difícil dar una explicación no sobrenatural del cerebro humano y de las emociones humanas, de los sentimientos y de la aparente libertad de albedrío, sin considerar el cerebro como el equivalente, en cierto modo, de una máquina cibernética programada. Quizá haya quien no esté de acuerdo con esta conclusión, aunque sospecho que las únicas alternativas son las religiosas. Tanto si se considera los genes como factores más causales que los determinantes ambientales como si no, no afecta ni en un sentido ni en otro al debate sobre el determinismo y la libre voluntad, cualquiera que sea su resultado.
Pero se dirá, con toda razón, que no hay humo sin fuego. Los etólogos funcionales y los sociobiólogos han tenido que decir algo para merecer que se les marque con el signo del determinismo genético. O si sólo se trata de un malentendido, debe de haber una explicación; porque los malentendidos tan generalizados no surgen sin una razón, ni siquiera cuando se apoyan en mitos culturales tan poderosos como
el de los genes y el de los ordenadores en infernal alianza. Creo que conozco la explicación. Es interesante, y ocupará el resto de este artículo. El malentendido surge de nuestro modo de referirnos a un tema completamente distinto, a saber: la selección natural. El seleccionismo génico, que es una forma de hablar de la evolución, se confunde con el determinismo genético, que es un punto de vista sobre el desarrollo. Las personas como yo estamos continuamente postulando la existencia de genes «para» esto y genes «para» aquello. Damos la impresión de estar obsesionados con los genes y con el comportamiento «genéticamente programado». Si a esto añadimos los mitos populares del calvinista determinismo de los genes y del comportamiento «programado» como el sello de los muñecos de Disneylandia, ¿qué tiene de extraño el que se nos acuse de deterministas genéticos?¿Por qué, entonces, hablan tanto de genes los etólogos funcionales? Porque estamos interesados en la selección natural, y la selección natural es supervivencia diferencial de genes. Si hablamos de la posibilidad de que un modelo de comportamiento evolucione por selección natural, tenemos que hablar de la variación genética en relación con aquel modelo de comportamiento. Esto no significa afirmar que exista necesariamente tal variación genética para cualquier modelo de comportamiento particular, sino sólo que ha debido de haber variación genética en el pasado, si queremos considerar el modelo de comportamiento como una adaptación darwiniana. Naturalmente, puede muy bien no ser adaptación, en cuyo caso el argumento no es válido.«Se habla de la existencia de genes para la conformidad, la xenofobia y la agresividad de los hombres, simplemente porque son necesarios para la teoría; no porque haya prueba alguna de que existen.» La crítica de Richard Lewontin a E. O. Wilson es justa, pero no muy definitiva. Aparte de posibles repercusiones políticas que podrían ser efectivamente desafortunadas, no hay nada malo en especular con prudencia sobre el posible valor de supervivencia de la xenofobia o de cualquier otro rasgo. Y no se puede empezar a especular, por muy precavidamente que se haga, sobre el valor de supervivencia de algo, a menos que se postule la existencia de una base genética que posibilite la variación en ese algo. Por supuesto, la xenofobia puede no variar genéticamente, y por supuesto, puede no ser un caso de adaptación darwiniana; pero no podemos considerar siquiera la posibilidad de que sea una adaptación darwiniana sin que postulemos una base genética para ello.Pero la xenofobia es controvertible; así que examinemos un modelo de comportamiento que nadie tema considerar como un caso de adaptación darwiniana. Excavar hoyos es, en las hormigas-león, una adaptación evidente para atrapar presas. Las hormigas-león son insectos, desechos genéticos neurópteras con aspecto general y comportamiento de monstruos de los espacios exteriores: Excavan hoyos en arena blanda para atrapar hormigas y demás insectos ambulantes. El hoyo es un cono casi perfecto, cuyos lados descienden con una inclinación tal que la presa no puede salir una vez que ha caído en su interior. La hormiga-león se sitúa exactamente bajo la arena del fondo del hoyo, donde ataca con sus mandíbulas de película de horror a todo lo que cae dentro.El excavar el hoyo es un modelo complejo de comportamiento. Cuesta tiempo y energía, y cumple los criterios más exigentes para que se lo reconozca como un caso de adaptación. Por tanto, ha debido de evolucionar por selección natural. ¿Cómo puede haber sucedido esto? No importan los detalles para la moraleja que yo quisiera extraer. Probablemente existió una hormiga-león ancestral que no excavaba hoyos, sino que simplemente se apostaba bajo la superficie de la arena, a la espera de que la presa tropezase con ella. Efectivamente, algunas especies aún lo hacen. Más tarde, el comportamiento conducente a la creación de una depresión superficial en la arena se vio favorecido probablemente por selección natural, debido a que la depresión impedía marginalmente que la presa escapase. Poco a poco, a lo largo de muchas generaciones, el compor
tamiento fue perfeccionandose hasta alcanzar sus caracteristicas actuales ayudando a la supervivencia de las hormigas-león. Nada del párrafo anterior está dicho con ánimo de polémica. Debe considerarse como una especulación legítima sobre hechos históricos que no podemos observar de manera directa, y que probablemente se considerarán plausibles. Una razón por la que se aceptará como especulación histórica indiscutible es que no se hace mención explícita de los genes. Pero mi tesis es que ningún hecho de esa historia, ni de ninguna parecida, puede haber sido cierto, a menos que haya habido variación genética del comportamiento en cada etapa del trayecto evolutivo. El excavar hoyos de las hormigas-león es tan sólo uno de los miles de ejemplos que podía haber elegido. A menos que la selección natural tenga una variación genética sobre la que actuar, no puede dar origen al cambio evolutivo. De lo cual se desprende que allí donde encontramos la adaptación darwiniana ha tenido que haber variación genética del carácter en cuestión (el tiempo pasado es importante aquí; la variación, ahora, puede haberse «agotado» por selección).Nadie ha hecho un estudio genético del comportamiento excavador en la hormiga-león. Ni hay por qué hacerlo, si todo lo que queremos es convencernos de la existencia en otro tiempo de variaciones genéticas de comportamiento. Basta con que nos convenzamos de que es una adaptación darwiniana (y si no nos parece que el excavar hoyos sea una adaptación, podemos sustituirlo por cualquier otro ejemplo que nos satisfaga más).Algunos pueden negarse a considerar la expresión «una contribución genética a la variación de X» como equivalente a un «gene o genes para X». Sin embargo, esto es terminología genética rutinaria. Aparte de a nivel molecular, donde se ve directamente cómo un gene produce una cadena de proteínas, los genetistas nunca se ocupan de unidades de fenotipo en cuanto tales. Cuando un genetista habla de un gene «para» los ojos rojos de la drosofila, no está hablando del cistron, que actúa como modelo para la síntesis de la molécula de pigmento rojo. Está diciendo implícitamente: hay variación en el color de los ojos de la población; en igualdad de condiciones, una mosca con este gene cuenta con más probabilidades de tener los ojos rojos que una mosca que carezca de él. Eso es todo lo que queremos decir cuando hablamos de un gene «para» los ojos rojos. Exactamente lo mismo sucede con el comportamiento.Del hecho de que los genetistas están siempre preocupados con diferencias se desprende que no tenemos por qué temer el postular genes con efectos indefinidamente complejos, y con efectos que se manifiestan sólo en condiciones de desarrollo sumamente complejas. Junto con el profesor John Maynard Smith, tomé parte recientemente en un debate público con dos críticos radicales de la sociobiología, ante un auditorio de estudiantes de la Universidad de Sussex. En un momento de la discusión tratamos de demostrar que hablar de un gene «para X» no supone hacer una afirmación peregrina, aun cuando X equivale a un modelo de comportamiento complejo y aprendido. Maynard Smith quiso poner un ejemplo hipotético y sugirió un «gene para la habilidad de atarse el cordón de los zapatos». ¡Estalló un pandemónium ante un caso tan flagrante de determinismo genético! El aire se llenó de voces inconfundibles que confirmaban con júbilo las peores sospechas. Gritos escépticos y regocijados ahogaban su tranquila y paciente explicación de cuán modesta es la pretensión de postular un gene para, digamos, la habilidad de atarse el cordón de los zapatos. Permítaseme que explique la cuestión con ayuda de un experimento que suena más radical aunque es verdaderamente inocuo.La lectura es una habilidad de una complejidad prodigiosa; pero en sí mismo, esto no es motivo para mostrarnos escépticos sobre la posible existencia de un gene para la lectura. Todo lo que necesitamos para probar la existencia de un gene para leer es descubrir un gene para no leer; por ejemplo, una mutación que produzca una lesión cerebral capaz de ocasionar una dislexia específica. Tal persona disléxica podría ser normal e inteligente en todos los respectos, salvo que no podría leer. Ningún genetista se sorprendería especialmente si resultase que este tipo de dislexia creciese en alguna forma mendeliana. Evidentemente, en este hecho, el gene manifestaría sus efectos sólo en un ambiente que incluyera una educación normal. En un ambiente prehistórico, quizá no habría tenido un efecto perceptible; o podría haber tenido un efecto distinto, y haber sido conocido por los genetistas cavernícolas como, digamos, un gene para la incapacidad de leer huellas animales. En nuestro ambiente educado se llamaría probablemente un gene «para» la dislexia, ya que la dislexia sería su consecuencia más destacada.De acuerdo con la terminología genética convencional, el alelo normal de tipo salvaje en el mismo lugar -el gene que el resto de la población tiene en dosis doble- se llamaría probablemente gene «para la lectura». Si ponemos reparos a esto, deberemos ponerlos también a hablar de un gene «para» la altura en los guisantes de Mendel, porque la lógica de la terminología es idéntica en ambos casos. En los dos, el carácter de interés es una diferencia, y en los dos la diferencia sólo se manifiesta en un ambiente especificado. La razón por la que algo tan simple como una diferencia de genes puede tener un efecto tan complejo como para determinar si una persona puede aprender a leer o no, o lo buena que es atándose los cordones de los zapatos, es fundamentalmente la siguiente: por complejo que sea un estado determinado del mundo, la diferencia entre dicho estado y otro estado alternativo puede ser producida por algo extremadamente simple.La existencia de una adaptación darwiniana, pues, implica la existencia anterior de genes para producir tal adaptación. Sin embargo, si reconocemos esto y hablamos explícitamente de genes «para» adaptaciones, corremos el riesgo de ser acusados de «determinismo genético». Espero haber conseguido mostrar que este riesgo procede nada más que de malentendidos. Una manera sensata e irreprochable de pensar sobre la selección natural -«el seleccionismo génico»- se toma equivocadamente por una sólida fe en el desarrollo: «determinismo genético». Cualquiera que reflexione con claridad sobre los detalles de cómo acontecen las adaptaciones está casi obligado a pensar, implícita si no explícitamente, en los genes, aun cuando se trate de genes hipotéticos. Hay mucho a favor de hacer explícito el fundamento genético de las especulaciones funcionales darwinianas. Es una buena forma de evitar ciertos errores tentadores de razonamiento; por ejemplo, la famosa falacia de que las adaptaciones se desarrollan «para bien de las especies». Al hacerlo, podemos dar la impresión, por motivos enteramente equivocados, de estar obsesionados con los genes y con todo el bagaje mítico que los genes tienen en la conciencia contemporánea. Por supuesto, los sociobiólogos pueden ser individualmente acérrimos deterministas genéticos o no, y creer que los seres humanos están rigurosamente constreñidos por sus genes. Pueden ser rastafarianos, adventistas o marxistas. Pero nuestras opiniones particulares sobre el determinismo genético, al igual que nuestras opiniones particulares sobre religión, no tienen nada que ver con que utilicemos el lenguaje de los «genes para el comportamiento» cuando hablamos de selección natural. El determinismo, en el sentido de una ontogenia inflexible y de una trayectoria fija como un tranvía, está, o debería estar, a mil millas de nuestros pensamientos.


He dicho.
 
Benito rebuznó:
Para no pegarnos un tiro a la primera de cambio, y seguir extendiendo la tristeza de nuestra existencia.

puede ser, pero parece que no me termina de convencer.
 
NomadS0ul rebuznó:
Benito rebuznó:
Para no pegarnos un tiro a la primera de cambio, y seguir extendiendo la tristeza de nuestra existencia.

puede ser, pero parece que no me termina de convencer.

Tu cerebro rechaza mi afirmacion, pero no es mas que un acto de seguir agarrandose a un clavo ardiendo, como aquel que cree en curanderos, o religiones...

mero efecto placebo para que sigas pensando que estas aqui para algo mas que para ser otro simple engranaje de la humanidad.

Esa sensacion esta ahi para que creas que eres diferente, para que tengas la sensacion de que entre la reaccion de otra persona y la tuya, en la misma situacion, seria diferente, cuando por simple estadistica esta comprobado que el comportamiento de un humano aislado, en una situacion limite esta bastante parametrizado, aunque logicamente, existen ciertas variables constituidas por el caracter, y la carencia o presencia de agresividad en este.
 
NomadS0ul rebuznó:
¿pero entonces para que tenemos la sensación de poder elegir?

Tu lo as dicho, seria "sensacion", pero desde el punto de vista
determinista esa sensación sería un elemento mas con su causa, al igual
que todo. Imaginate, un billar en el cual las bolas no pararan nunca, que
estan siempre golpeandose unas a otras y cada movimiento de una es
consecuencia de otra, y a su vez esta será causa del movimiento de otra,
donde cada bola depende de todas las demas. De este modo, las bolas
estarian moviendose eternamente y todo el comportamiento de cada bola
seria unica y tan solo consecuencia de las otras, de los choques entre ells.
Es decir estaría todo determinado desde el momento en que se empujó la
primera bola y comenzó la reacción que marcará el trayecto de todas las
demás.

Dicha sensación estaría tambien afectada por la relacion-causa efecto, no
sería una sensación digamos producto de la nada, por decirlo d alguna
forma. Imagina lo de las bolas de billar pero a nivel del átomo, con todos
los atomos del universo, de forma q todo movimiento y comportamiento
de los átomos viene determinado por la acción de los demás atomos
(causa). Desde ese punto de vista no seriamos libres, no seriamos
dueños de nuestros actos sino estaríamos siguiendo un prceso mecanico
y preestablecido, originado en tiempos inmemoriables cuando el primer
atomo inició la "animación" del universo.


Es lo que da de si una mente retorcida como la mia, unido a la resaca
dominguera y una extraña afición por los textos filosóficos.
 
ENiGMA rebuznó:
NomadS0ul rebuznó:
¿pero entonces para que tenemos la sensación de poder elegir?

Tu lo as dicho, seria "sensacion", pero desde el punto de vista
determinista esa sensación sería un elemento mas con su causa, al igual
que todo. Imaginate, un billar en el cual las bolas no pararan nunca, que
estan siempre golpeandose unas a otras y cada movimiento de una es
consecuencia de otra, y a su vez esta será causa del movimiento de otra,
donde cada bola depende de todas las demas. De este modo, las bolas
estarian moviendose eternamente y todo el comportamiento de cada bola
seria unica y tan solo consecuencia de las otras, de los choques entre ells.
Es decir estaría todo determinado desde el momento en que se empujó la
primera bola y comenzó la reacción que marcará el trayecto de todas las
demás.

Dicha sensación estaría tambien afectada por la relacion-causa efecto, no
sería una sensación digamos producto de la nada, por decirlo d alguna
forma. Imagina lo de las bolas de billar pero a nivel del átomo, con todos
los atomos del universo, de forma q todo movimiento y comportamiento
de los átomos viene determinado por la acción de los demás atomos
(causa). Desde ese punto de vista no seriamos libres, no seriamos
dueños de nuestros actos sino estaríamos siguiendo un prceso mecanico
y preestablecido, originado en tiempos inmemoriables cuando el primer
atomo inició la "animación" del universo.


Es lo que da de si una mente retorcida como la mia, unido a la resaca
dominguera y una extraña afición por los textos filosóficos.

por cierto,quien pone las bolas en movimiento?
 
deividi rebuznó:
El determinismo genético se introduce constantemente por la puerta falsa.» Lo que Rose da a entender claramente es que los autores que él critica creen que existen genes que fuerzan a los machos humanos a ser «galanteadores» irremediables y que, por consiguiente, no se les puede culpar de infidelidad conyugal. El lector se queda con la impresión de que tales autores son acérrimos creyentes en la herencia y de que tienen, además, inclinaciones chauvinistamente machistas. En realidad, mi referencia original a «los machos galanteadores» no se refería a los hombres. Era un simple modelo matemático de un animal indeterminado (aunque no importe, pensaba en un pájaro). No era explícitamente un modelo de genes, y si se hubiese tratado de genes, éstos habrían sido limitados y no ligados al sexo. Yo formulé la estrategia del «galanteador» no como la forma de comportarse los machos, sino como una de las dos alternativas hipotéticas, siendo la otra la «fidelidad». El objeto de este modelo sencillísimo era ilustrar las clases de condiciones por las que la promiscuidad o la fidelidad pueden verse favorecidos por la selección natural. No suponía que yo favoreciese la primera. Al contrario, la simulación concreta que publiqué culminaba en una población variada de machos en la que predominaba ligeramente la fidelidad. Los comentarios de Rose no contienen sólo una tergiversación, sino una multitud de tergiversaciones. Revelan unas ansias desatadas de tergiversar. Llevan el sello de una leyenda falsa, el sello de un mito poderoso: el gran mito de los genes. El mito de los genes queda resumido en el pequeño chiste de Rose sobre que las señoras no deben culpar a sus cónyuges por andar acostándose con otras. Es el mito del «determinismo genético». Evidentemente, para Rose, el determinismo genético es determinismo en el pleno sentido filosófico de irreversible inevitabilidad. Supone que la existencia de un gene «para» X implica que X no puede escapar. Con palabras de Stephen Jay Gould, otro crítico del determinismo genético, «si estamos programados para ser lo que somos, entonces estos caracteres son ineluctables. Todo lo más, podemos canalizarlos; pero no podemos cambiarlos mediante la voluntad, la educación o la cultura».Sospecho que tanto Rose como Gould son deterministas en el sentido de que creen en un fundamento físico y materialista de todas nuestras acciones. Yo también. Puede que la gente religiosa piense de forma distinta. Yo lo que quiero dejar claro es que, sea cual sea la postura que uno adopte en la cuestión filosófica del determinismo, el incluir el término «genético» no va a suponer ninguna diferencia. Si uno es determinista a carta cabal, creerá que todas sus acciones están predeterminadas por causas físicas del pasado, y por consiguiente también podrá creer o no que no es responsable de sus infidelidades sexuales. Pero sea como fuere, ¿qué importancia puede tener el que algunas de esas causas físicas sean genéticas? ¿Por qué se consideran los determinantes genéticos más ineluctables, o más exculpatorios, que los «ambientales»?Si alguien dijese que el sexo de una persona ejerce una influencia causal, digamos, sobre su habilidad musical o su afición a hacer punto, ¿qué significaría esto? Significaría que, en determinada población, y en determinado ambiente, un observador que poseyese información sobre el sexo de un individuo podría hacer una predicción estadísticamente más certera sobre la habilidad musical de dicha persona que otro observador que ignorase su sexo. Subrayemos la palabra «estadísticamente», y añadamos, además, «en igualdad de condiciones». El observador podría contar con alguna información adicional -por ejemplo, sobre la formación o educación de la persona- que le llevase a revisar, o incluso a anular, su predicción basada en el sexo. Si las hembras propenden estadísticamente más que los machos a disfrutar haciendo punto, ello no significa que todas las mujeres disfruten haciéndolo; ni siquiera la mayoría.Es también perfectamente posible que la razón por la que las mujeres disfrutan haciendo punto sea que la sociedad las educa para que así sea. Si la sociedad enseña sistemáticamente a quienes nacen sin pene a hacer punto y a jugar con muñecas, y a quienes nacen con pene a jugar con armas y soldaditos, las diferencias estadísticas resultantes entre las preferencias de los varones y las hembras son, estrictamente hablando, diferencias genéticamente determinadas. Son determinadas, a través del medio de la costumbre social, por el hecho de tener o no tener pene, lo cual está determinado (en un ambiente hormonal) por los cromosomas del sexo. Como es evidente en esta perspectiva si pusiéramos experimentalmente a un grupo de niños a jugar con muñecas y a un grupo de niñas a jugar con armas, esperaríamos invertir fácilmente las preferencias normales. Quizá fuera éste un experimento interesante, ya que su resultado podría ser que las niñas prefieren estadísticamente las muñecas y que los niños prefieren las armas. Si fuera así, esto podría decirnos algo sobre la tenacidad de una diferencia genética frente a una manipulación ambiental concreta. Pero todas las causas genéticas tienen que actuar en el contexto de un ambiente u otro. Una diferencia genética de sexo, aun cuando se haga perceptible merced a un sistema educativo sexualmente prejuicioso, sigue siendo genética.La gente parece aceptar sin mucha dificultad la modificabilidad de los efectos «ambientales» en el desarrollo humano. Si un niño ha recibido mala enseñanza en matemáticas, acepta que la deficiencia puede remediarse con una enseñanza extra al año siguiente. Pero cualquier insinuación de que la ineptitud para las matemáticas del niño puede tener un origen genético será acogida con un sentimiento próximo a la desesperación: si está en los genes, «está escrito», está «determinado», y nada puede hacerse al respecto; vale más renunciar a todo intento de enseñar al chico matemáticas. Esto es una tontería perniciosa a escala casi astrológica. En principio, las causas genéticas y las causas ambientales no se diferencian entre sí. Hay influencias de ambos tipos que pueden ser difíciles de anular; otras pueden anularse fácilmente. Algunas resultan normalmente difíciles de anular, pero fáciles si se aplica el factor adecuado. Lo importante es que no hay una razón general para creer que las influencias genéticas sean más irreversibles que las ambientales.¿Qué han hecho los genes para merecer esa fama siniestra y casi monstruosa? ¿Por qué no supone para nosotros una pesadilla similar, digamos, la enseñanza de párvulos o las clases de confirmación? ¿Por qué se atribuye a los genes efectos mucho más fijos e inevitables que la televisión, las monjas o los libros? No reprochen a su cónyuge el que ande acostándose con otras, señoras; ¡él no tiene la culpa de haber sido excitado por la literatura pornográfica! Quizá la supuesta jactancia del jesuita: «Dadme al niño durante sus siete primeros años, y yo os daré al hombre», contenga algo de verdad. La educación y demás influencias culturales, en determinadas circunstancias; pueden ser tan inmodificables e irreversibles como se considera popularmente que lo son los genes y los «astros».Pero hay otro mito que complica el asunto, al que ya he aludido. El mito de los ordenadores se encuentra casi tan profundamente arraigado en la mentalidad moderna como el mito de los genes. Obsérvese que los dos pasajes que he citado contienen la expresión «programado». Así, Rose absuelve sarcásticamente de su culpa a los hombres libertinos porque están genéticamente programados. Gould dice que si estamos programados para ser lo que somos, entonces estos caracteres son ineluctables. Y es cierto que corrientemente utilizamos la palabra «programado» para indicar una inflexibilidad inconsciente, como antítesis de la libertad de acción. Los ordenadores y los robots tienen fama de inflexibilidad, de cumplir las instrucciones al pie de la letra, aún cuando las consecuencias sean manifiestamente absurdas. ¿Cómo, si no, mandarían esas famosas facturas de millones de libras que el amigo de un amigo de cualquiera recibe sin parar? Me había olvidado del gran mito de los ordenadores; de lo contrario, habría tenido más cuidado cuando escribí aquello de los genes pululando «dentro de torpes y gigantescos robots», y de nosotros mismos como «máquinas de supervivencia: vehículos robots ciegamente programados para preservar esas moléculas egoístas conocidas como genes». Estos pasajes han sido citados triunfalmente como ejemplos de mi rabioso determinismo genético. No me estoy disculpando por emplear el lenguaje de la robótica. Lo volvería a hacer sin vacilación. Pero ahora comprendo que es necesaria una explicación más amplia.Por mi experiencia de trece años dedicados a la enseñanza, sé que el principal problema que plantea esta forma de referirme (hablando de «máquinas para la supervivencia de genes egoístas» y demás) a la selección natural es que corre el riesgo concreto de la tergiversación. En un intento de anticiparme al error de dotar de talento y previsión a hipotéticos genes, utilicé el lenguaje de la automatización y de la robótica, y empleé la expresión «ciegamente» refiriéndola a la programación genética. Pero, por supuesto, son los genes los que son ciegos, no los animales que ellos programan. Los sistemas nerviosos, como los computadores artificiales, pueden ser lo bastante complejos como para manifestar inteligencia y previsión.La palabra robot tiene muchas connotaciones; pero no es en la de inflexibilidad en la que yo pensaba. Un robot es una máquina programada, y un aspecto importante de la programación es que está hecha con antelación a la ejecución del pensamiento mismo y es distinta de él. La relación, digamos, entre un ordenador que juega al ajedrez y la persona que lo ha programado no es patente, y está expuesta a interpretaciones erróneas. Podría pensarse que el programador vigila la marcha del juego y da instrucciones al ordenador a cada movimiento. De hecho, sin embargo, el programador trata de anticiparse a las contingencias, e incorpora instrucciones condicionales de gran complejidad; pero una vez que empieza el juego, tiene que mantenerse apartado. No se le permite dar al computador nuevas sugerencias en el curso de la partida. Si lo hiciera no estaría programando, sino jugando. Del mismo modo, los genes no controlan el comportamiento directamente en el sentido de intervenir en su ejecución. Controlan el comportamiento sólo en el sentido de que programan la máquina previamente a la ejecución. Esta es la idea que yo quería evocar con la palabra robot; no la de inflexibilidad inconsciente.Si las máquinas se asociaban a la idea de rígida inflexibilidad -y acepto que así era-, es hora ya de olvidarse de eso. Se ha llegado a confeccionar programas de computador que juegan al ajedrez al nivel de un maestro internacional, conversan y razonan en un inglés gramatical correcto y enormemente complejo, crean nuevas pruebas de teoremas matemáticos elegantes y estéticamente satisfactorias, componen música y diagnostican enfermedades; y el ritmo del progreso en este campo no muestra signo alguno de decaer. De ser sinónimo -en la mentalidad popular- de zombie retrasado y con miembros rígidos, el término robot se convertirá algún día en análogo de flexibilidad e inteligencia ágil.Repito que, por supuesto, los filósofos pueden discutir sobre la determinación última de los ordenadores programados para comportarse de modo artificialmente inteligentes, pero si nos adentramos por ese terreno filosófico, se podría aplicar el mismo argumento a la inteligencia humana. ¿Qué es el cerebro, se podría preguntar, sino un ordenador, y qué es la educación, sino una forma de programar? Es muy difícil dar una explicación no sobrenatural del cerebro humano y de las emociones humanas, de los sentimientos y de la aparente libertad de albedrío, sin considerar el cerebro como el equivalente, en cierto modo, de una máquina cibernética programada. Quizá haya quien no esté de acuerdo con esta conclusión, aunque sospecho que las únicas alternativas son las religiosas. Tanto si se considera los genes como factores más causales que los determinantes ambientales como si no, no afecta ni en un sentido ni en otro al debate sobre el determinismo y la libre voluntad, cualquiera que sea su resultado.
Pero se dirá, con toda razón, que no hay humo sin fuego. Los etólogos funcionales y los sociobiólogos han tenido que decir algo para merecer que se les marque con el signo del determinismo genético. O si sólo se trata de un malentendido, debe de haber una explicación; porque los malentendidos tan generalizados no surgen sin una razón, ni siquiera cuando se apoyan en mitos culturales tan poderosos como
el de los genes y el de los ordenadores en infernal alianza. Creo que conozco la explicación. Es interesante, y ocupará el resto de este artículo. El malentendido surge de nuestro modo de referirnos a un tema completamente distinto, a saber: la selección natural. El seleccionismo génico, que es una forma de hablar de la evolución, se confunde con el determinismo genético, que es un punto de vista sobre el desarrollo. Las personas como yo estamos continuamente postulando la existencia de genes «para» esto y genes «para» aquello. Damos la impresión de estar obsesionados con los genes y con el comportamiento «genéticamente programado». Si a esto añadimos los mitos populares del calvinista determinismo de los genes y del comportamiento «programado» como el sello de los muñecos de Disneylandia, ¿qué tiene de extraño el que se nos acuse de deterministas genéticos?¿Por qué, entonces, hablan tanto de genes los etólogos funcionales? Porque estamos interesados en la selección natural, y la selección natural es supervivencia diferencial de genes. Si hablamos de la posibilidad de que un modelo de comportamiento evolucione por selección natural, tenemos que hablar de la variación genética en relación con aquel modelo de comportamiento. Esto no significa afirmar que exista necesariamente tal variación genética para cualquier modelo de comportamiento particular, sino sólo que ha debido de haber variación genética en el pasado, si queremos considerar el modelo de comportamiento como una adaptación darwiniana. Naturalmente, puede muy bien no ser adaptación, en cuyo caso el argumento no es válido.«Se habla de la existencia de genes para la conformidad, la xenofobia y la agresividad de los hombres, simplemente porque son necesarios para la teoría; no porque haya prueba alguna de que existen.» La crítica de Richard Lewontin a E. O. Wilson es justa, pero no muy definitiva. Aparte de posibles repercusiones políticas que podrían ser efectivamente desafortunadas, no hay nada malo en especular con prudencia sobre el posible valor de supervivencia de la xenofobia o de cualquier otro rasgo. Y no se puede empezar a especular, por muy precavidamente que se haga, sobre el valor de supervivencia de algo, a menos que se postule la existencia de una base genética que posibilite la variación en ese algo. Por supuesto, la xenofobia puede no variar genéticamente, y por supuesto, puede no ser un caso de adaptación darwiniana; pero no podemos considerar siquiera la posibilidad de que sea una adaptación darwiniana sin que postulemos una base genética para ello.Pero la xenofobia es controvertible; así que examinemos un modelo de comportamiento que nadie tema considerar como un caso de adaptación darwiniana. Excavar hoyos es, en las hormigas-león, una adaptación evidente para atrapar presas. Las hormigas-león son insectos, desechos genéticos neurópteras con aspecto general y comportamiento de monstruos de los espacios exteriores: Excavan hoyos en arena blanda para atrapar hormigas y demás insectos ambulantes. El hoyo es un cono casi perfecto, cuyos lados descienden con una inclinación tal que la presa no puede salir una vez que ha caído en su interior. La hormiga-león se sitúa exactamente bajo la arena del fondo del hoyo, donde ataca con sus mandíbulas de película de horror a todo lo que cae dentro.El excavar el hoyo es un modelo complejo de comportamiento. Cuesta tiempo y energía, y cumple los criterios más exigentes para que se lo reconozca como un caso de adaptación. Por tanto, ha debido de evolucionar por selección natural. ¿Cómo puede haber sucedido esto? No importan los detalles para la moraleja que yo quisiera extraer. Probablemente existió una hormiga-león ancestral que no excavaba hoyos, sino que simplemente se apostaba bajo la superficie de la arena, a la espera de que la presa tropezase con ella. Efectivamente, algunas especies aún lo hacen. Más tarde, el comportamiento conducente a la creación de una depresión superficial en la arena se vio favorecido probablemente por selección natural, debido a que la depresión impedía marginalmente que la presa escapase. Poco a poco, a lo largo de muchas generaciones, el compor
tamiento fue perfeccionandose hasta alcanzar sus caracteristicas actuales ayudando a la supervivencia de las hormigas-león. Nada del párrafo anterior está dicho con ánimo de polémica. Debe considerarse como una especulación legítima sobre hechos históricos que no podemos observar de manera directa, y que probablemente se considerarán plausibles. Una razón por la que se aceptará como especulación histórica indiscutible es que no se hace mención explícita de los genes. Pero mi tesis es que ningún hecho de esa historia, ni de ninguna parecida, puede haber sido cierto, a menos que haya habido variación genética del comportamiento en cada etapa del trayecto evolutivo. El excavar hoyos de las hormigas-león es tan sólo uno de los miles de ejemplos que podía haber elegido. A menos que la selección natural tenga una variación genética sobre la que actuar, no puede dar origen al cambio evolutivo. De lo cual se desprende que allí donde encontramos la adaptación darwiniana ha tenido que haber variación genética del carácter en cuestión (el tiempo pasado es importante aquí; la variación, ahora, puede haberse «agotado» por selección).Nadie ha hecho un estudio genético del comportamiento excavador en la hormiga-león. Ni hay por qué hacerlo, si todo lo que queremos es convencernos de la existencia en otro tiempo de variaciones genéticas de comportamiento. Basta con que nos convenzamos de que es una adaptación darwiniana (y si no nos parece que el excavar hoyos sea una adaptación, podemos sustituirlo por cualquier otro ejemplo que nos satisfaga más).Algunos pueden negarse a considerar la expresión «una contribución genética a la variación de X» como equivalente a un «gene o genes para X». Sin embargo, esto es terminología genética rutinaria. Aparte de a nivel molecular, donde se ve directamente cómo un gene produce una cadena de proteínas, los genetistas nunca se ocupan de unidades de fenotipo en cuanto tales. Cuando un genetista habla de un gene «para» los ojos rojos de la drosofila, no está hablando del cistron, que actúa como modelo para la síntesis de la molécula de pigmento rojo. Está diciendo implícitamente: hay variación en el color de los ojos de la población; en igualdad de condiciones, una mosca con este gene cuenta con más probabilidades de tener los ojos rojos que una mosca que carezca de él. Eso es todo lo que queremos decir cuando hablamos de un gene «para» los ojos rojos. Exactamente lo mismo sucede con el comportamiento.Del hecho de que los genetistas están siempre preocupados con diferencias se desprende que no tenemos por qué temer el postular genes con efectos indefinidamente complejos, y con efectos que se manifiestan sólo en condiciones de desarrollo sumamente complejas. Junto con el profesor John Maynard Smith, tomé parte recientemente en un debate público con dos críticos radicales de la sociobiología, ante un auditorio de estudiantes de la Universidad de Sussex. En un momento de la discusión tratamos de demostrar que hablar de un gene «para X» no supone hacer una afirmación peregrina, aun cuando X equivale a un modelo de comportamiento complejo y aprendido. Maynard Smith quiso poner un ejemplo hipotético y sugirió un «gene para la habilidad de atarse el cordón de los zapatos». ¡Estalló un pandemónium ante un caso tan flagrante de determinismo genético! El aire se llenó de voces inconfundibles que confirmaban con júbilo las peores sospechas. Gritos escépticos y regocijados ahogaban su tranquila y paciente explicación de cuán modesta es la pretensión de postular un gene para, digamos, la habilidad de atarse el cordón de los zapatos. Permítaseme que explique la cuestión con ayuda de un experimento que suena más radical aunque es verdaderamente inocuo.La lectura es una habilidad de una complejidad prodigiosa; pero en sí mismo, esto no es motivo para mostrarnos escépticos sobre la posible existencia de un gene para la lectura. Todo lo que necesitamos para probar la existencia de un gene para leer es descubrir un gene para no leer; por ejemplo, una mutación que produzca una lesión cerebral capaz de ocasionar una dislexia específica. Tal persona disléxica podría ser normal e inteligente en todos los respectos, salvo que no podría leer. Ningún genetista se sorprendería especialmente si resultase que este tipo de dislexia creciese en alguna forma mendeliana. Evidentemente, en este hecho, el gene manifestaría sus efectos sólo en un ambiente que incluyera una educación normal. En un ambiente prehistórico, quizá no habría tenido un efecto perceptible; o podría haber tenido un efecto distinto, y haber sido conocido por los genetistas cavernícolas como, digamos, un gene para la incapacidad de leer huellas animales. En nuestro ambiente educado se llamaría probablemente un gene «para» la dislexia, ya que la dislexia sería su consecuencia más destacada.De acuerdo con la terminología genética convencional, el alelo normal de tipo salvaje en el mismo lugar -el gene que el resto de la población tiene en dosis doble- se llamaría probablemente gene «para la lectura». Si ponemos reparos a esto, deberemos ponerlos también a hablar de un gene «para» la altura en los guisantes de Mendel, porque la lógica de la terminología es idéntica en ambos casos. En los dos, el carácter de interés es una diferencia, y en los dos la diferencia sólo se manifiesta en un ambiente especificado. La razón por la que algo tan simple como una diferencia de genes puede tener un efecto tan complejo como para determinar si una persona puede aprender a leer o no, o lo buena que es atándose los cordones de los zapatos, es fundamentalmente la siguiente: por complejo que sea un estado determinado del mundo, la diferencia entre dicho estado y otro estado alternativo puede ser producida por algo extremadamente simple.La existencia de una adaptación darwiniana, pues, implica la existencia anterior de genes para producir tal adaptación. Sin embargo, si reconocemos esto y hablamos explícitamente de genes «para» adaptaciones, corremos el riesgo de ser acusados de «determinismo genético». Espero haber conseguido mostrar que este riesgo procede nada más que de malentendidos. Una manera sensata e irreprochable de pensar sobre la selección natural -«el seleccionismo génico»- se toma equivocadamente por una sólida fe en el desarrollo: «determinismo genético». Cualquiera que reflexione con claridad sobre los detalles de cómo acontecen las adaptaciones está casi obligado a pensar, implícita si no explícitamente, en los genes, aun cuando se trate de genes hipotéticos. Hay mucho a favor de hacer explícito el fundamento genético de las especulaciones funcionales darwinianas. Es una buena forma de evitar ciertos errores tentadores de razonamiento; por ejemplo, la famosa falacia de que las adaptaciones se desarrollan «para bien de las especies». Al hacerlo, podemos dar la impresión, por motivos enteramente equivocados, de estar obsesionados con los genes y con todo el bagaje mítico que los genes tienen en la conciencia contemporánea. Por supuesto, los sociobiólogos pueden ser individualmente acérrimos deterministas genéticos o no, y creer que los seres humanos están rigurosamente constreñidos por sus genes. Pueden ser rastafarianos, adventistas o marxistas. Pero nuestras opiniones particulares sobre el determinismo genético, al igual que nuestras opiniones particulares sobre religión, no tienen nada que ver con que utilicemos el lenguaje de los «genes para el comportamiento» cuando hablamos de selección natural. El determinismo, en el sentido de una ontogenia inflexible y de una trayectoria fija como un tranvía, está, o debería estar, a mil millas de nuestros pensamientos.


He dicho.


OSTIASSS!!
 
ENiGMA rebuznó:
NomadS0ul rebuznó:
¿pero entonces para que tenemos la sensación de poder elegir?

Tu lo as dicho, seria "sensacion", pero desde el punto de vista
determinista esa sensación sería un elemento mas con su causa, al igual
que todo. Imaginate, un billar en el cual las bolas no pararan nunca, que
estan siempre golpeandose unas a otras y cada movimiento de una es
consecuencia de otra, y a su vez esta será causa del movimiento de otra,
donde cada bola depende de todas las demas. De este modo, las bolas
estarian moviendose eternamente y todo el comportamiento de cada bola
seria unica y tan solo consecuencia de las otras, de los choques entre ells.
Es decir estaría todo determinado desde el momento en que se empujó la
primera bola y comenzó la reacción que marcará el trayecto de todas las
demás.

Dicha sensación estaría tambien afectada por la relacion-causa efecto, no
sería una sensación digamos producto de la nada, por decirlo d alguna
forma. Imagina lo de las bolas de billar pero a nivel del átomo, con todos
los atomos del universo, de forma q todo movimiento y comportamiento
de los átomos viene determinado por la acción de los demás atomos
(causa). Desde ese punto de vista no seriamos libres, no seriamos
dueños de nuestros actos sino estaríamos siguiendo un prceso mecanico
y preestablecido, originado en tiempos inmemoriables cuando el primer
atomo inició la "animación" del universo.


Es lo que da de si una mente retorcida como la mia, unido a la resaca
dominguera y una extraña afición por los textos filosóficos.

si a mi tambien me ronda en la cabeza esa duda, yo me lo planteaba de la siguiente forma:

igual que nosotros vemos totalmente predecibles las reacciones y movimientos de un organismo simple, como una mosca o mucho mas simple, como un virus, si hubiera una raza mucho mas inteligente que nosotros (en proporción a nosotros con una mosca), ¿nos verian igual de predecibles? si la respuesta es "no" no seremos mucho mas diferentes de una piedra :(
 
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