Cuando nos estábamos dando el lote, lo consensuamos que no ibamos a fockar.
No estamos entendiendo a Ferris y a su chica la Rubiales, ellos han pactado llegar puros y vírgenes hasta el matrimonio.
Apuesto a qué el lo tuvo claro desde este preciso momento:
Ella saca palomitas del mercadona y acierta a la hora de hacerlas en el micro, ni una quemada.
Luego ya sí, en la luna de miel, ella, en su inocencia por no haber leído este hilo, creerá que por fin va a tener rabo Ferrisiano entre sus piernas.
Pero entonces Ferris le saldrá con que entre el follón de la boda y repararle la tele a su popó (si, popó y momó dando por culo incluso en el día de la boda) está agotado y que ya si eso mañana, o la semana siguiente, sacándole un calendario con su boli multicolor.
Pero durante los días y semanas siguientes, lejos de consumar el matrimonio, Ferris en cambio, introducirá a su chica, ahora la señora Ferris, el concepto e importancia de las descompresiónes Ferrisianas, y que lo de consumar el matrimonio ya llegará después, si a momó le parece bien, claro.
Después le explicara como en los cambios de estación una especie de letargo se apodera de él, por no hablar de lo nostalgico y depresivo que es el otoño para su espíritu.
Después vendrá la importancia de escribir sus crónicas, y algo sobre que el míster está muy decepcionado con el y que a ver si cierran ya de una vez el hilo, algo que ella nunca entenderá a que coño se refiere.
Finalmente, en un viernes loco en el que ya no habrá excusa posible, después de unos días llenos de luz y de color, la televisión de popó funcionando perfectamente, un clima perfecto para el fornicio, unas deliciosas y afrodisíacas palomitas del mercadona cocinadas a la perfección en el micro por su mujer, sin ninguna palomita quemada, justo como a Ferris le gustan (el equivalente en el ala norte a que tú pareja te cocine una arguiñada), y con el consentimiento firmado por momó para que Ferris pueda yacer con su mujer, Ferris pedirá el divorcio.