Con el descrédito de la religión tradicional, multitud de crencias y religiones orientales se apoderan de la gente, a pesar de las comodidades y la seguridad del imperio de los Antoninos un malestar íntimo recorre a las personas, preludiando las crisis que llegarían en posteriores siglos.
(Hoy cada vez más idiotas se fijan en sabidurías extrañas y religiones ajenas: budismo por aquí, cienciología por allá...)
Una de aquellas religiones, propagada desde Palestina y que adoraba a un criminal crucificado, empezaba a propagarse más y más y a servir de asidero a multitud de individuos desengañados de la religión estatal. Esa creencia chocaba frontalmente con la cultura del imperio, propugnaba prácticas absurdas y amenazaba con socavar los fundamentos del Estado, negando unos míseros granos de incienso a las estatuas imperiales.
Esos fanáticos obstinados ("enemigos de todo el género humano", en palabras de Tácito) no pararían en su confrontación hasta acabar con el mundo hasta entonces conocido...
Solo hay una importante diferencia: aquellos primeros cristianos hacían acto de fe, se dejaban prender matar gustosos entre suplicios para asegurarse el martirio y la vida eterna.
Hoy día, impíos cabrones que dejan morir a los cerdos de viejo y no prueban los dones de Baco, para asegurarse el martirio y la vida eterna no se dejan matar, sino que matan ellos mismos a todos los que pueden...
Ya va siendo hora de suprimir esa incipiente superstición, crucificar a todos sus seguidores y untar sus cuerpos de aceite para que sirvan de alumbrado nocturno.