pepi_juani
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Jesús Nieto Jurado: ' en la plural España'
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Viernes, 21 de enero de 2005 ENVIAR A UN AMIGO
Únicamente es necesaria una visión retrospectiva a nuestro longevo pasado, para percatarnos, realizando un sano ejercicio de perspectiva histórica, que las naciones, independientemente del potencial que demostrasen en el campo de batalla, son entes condenados a pasar, y como Jorge Manrique, debemos interrogarnos acerca del Ubi Sunt? de aquellas potencias que como el Imperio romano o el austrohúngaro se ven relegadas al ostracismo en el negro lodazal del pasado, fraguándose su auge y decadencia en el lento pero imperecedero fuego de la historia.
Por ello, sorprende la crispada actitud de los políticos, bien de la “España eterna” o de las históricas nacionalidades, en defender ajadas banderas, no viendo más allá que los confines del terruño, condenando al hombre al enfrentamiento y a la división.
Como dice la copla, que sabias sentencias esconde, “Ná es eterno”, y pese a que pudiera parecer catastrofista en mi desconozco si sano juicio, e independientemente de planes soberanistas, nadie, ni incluso el “Altísimo”, puede prometernos que España exista siempre.
La Roma imperial, Cartago o el Imperio austrohúngaro, no son más que sombras pasadas mientras que Viena o Roma permanecen eternas en el corazón del viajero, al igual que eterna, sople por donde sople el viento de la historia, es la villa a la que dedico mi columna de hoy: Madrid.
Desde muy joven, y como buen niño de provincias, me había sentido atraído por Madrid, soñando con pasear despreocupado entre el bullicio de neón y musicales de la Gran Vía, reflexionar sobre lo humano y lo divino con Larra en el Paseo del Prado, o gozar con el deleite de los altos cielos velazqueños en los crepúsculos matritenses, bañados de áureos fuegos en los tejados del Madrid de los Austrias.
Como madrileño de adopción, y férreo defensor de los encantos de la Villa y Corte, me siento profundamente obligado a defender, a capa y espada, como los bravucones del Siglo de Oro, a la que fue capital del orbe, que desde que dejó de ser poblachón manchego regado por un inmundo Manzanares de irregular cauce, ha experimentado, con sangre y fuego y en primera persona, los despropósitos de sus gobernantes, Austrias, Borbones o Gallardones, y de una historia, que soplasen por donde soplasen los vientos, meseteños o del frío Guadarrama, ha sido una infiel amante.
Aunque el 11 de marzo haya supuesto un verdadero trauma a los madrileños, no supone más que una grave herida en la piel de la bella dama madrileña, curtida en los viles lances a los que la esquiva historia le ha enfrentado, y de los que siempre ha salido victoriosa, sea el villano marroquí, francés o ferrolano, porque como gritó una brava vizcaína, Madrid no pasará.
Hoy, igual que ayer y como siempre, Madrid para los de allende el Tajo y el Guadarrama, no representa más que la encarnación urbana de un sentimiento centralista, iniciado por los borbones y llevado a su máximo apogeo por Franco, un sentimiento que, desgraciadamente, ha ido diluyéndose por los aluviones de solidaridad que mi ciudad recibió tras el zarpazo terrorista, y la posterior gestión gubernativa.
La eterna mártir, la centralizada capital del sempiterno reino de España, siempre permanecerá en mi corazón, aunque Euskadi, Cataluña, España o Extremadura desaparezcan en el globalizado mundo que, por ventura o desdicha, nos ha tocado vivir.
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Viernes, 21 de enero de 2005 ENVIAR A UN AMIGO
Únicamente es necesaria una visión retrospectiva a nuestro longevo pasado, para percatarnos, realizando un sano ejercicio de perspectiva histórica, que las naciones, independientemente del potencial que demostrasen en el campo de batalla, son entes condenados a pasar, y como Jorge Manrique, debemos interrogarnos acerca del Ubi Sunt? de aquellas potencias que como el Imperio romano o el austrohúngaro se ven relegadas al ostracismo en el negro lodazal del pasado, fraguándose su auge y decadencia en el lento pero imperecedero fuego de la historia.
Por ello, sorprende la crispada actitud de los políticos, bien de la “España eterna” o de las históricas nacionalidades, en defender ajadas banderas, no viendo más allá que los confines del terruño, condenando al hombre al enfrentamiento y a la división.
Como dice la copla, que sabias sentencias esconde, “Ná es eterno”, y pese a que pudiera parecer catastrofista en mi desconozco si sano juicio, e independientemente de planes soberanistas, nadie, ni incluso el “Altísimo”, puede prometernos que España exista siempre.
La Roma imperial, Cartago o el Imperio austrohúngaro, no son más que sombras pasadas mientras que Viena o Roma permanecen eternas en el corazón del viajero, al igual que eterna, sople por donde sople el viento de la historia, es la villa a la que dedico mi columna de hoy: Madrid.
Desde muy joven, y como buen niño de provincias, me había sentido atraído por Madrid, soñando con pasear despreocupado entre el bullicio de neón y musicales de la Gran Vía, reflexionar sobre lo humano y lo divino con Larra en el Paseo del Prado, o gozar con el deleite de los altos cielos velazqueños en los crepúsculos matritenses, bañados de áureos fuegos en los tejados del Madrid de los Austrias.
Como madrileño de adopción, y férreo defensor de los encantos de la Villa y Corte, me siento profundamente obligado a defender, a capa y espada, como los bravucones del Siglo de Oro, a la que fue capital del orbe, que desde que dejó de ser poblachón manchego regado por un inmundo Manzanares de irregular cauce, ha experimentado, con sangre y fuego y en primera persona, los despropósitos de sus gobernantes, Austrias, Borbones o Gallardones, y de una historia, que soplasen por donde soplasen los vientos, meseteños o del frío Guadarrama, ha sido una infiel amante.
Aunque el 11 de marzo haya supuesto un verdadero trauma a los madrileños, no supone más que una grave herida en la piel de la bella dama madrileña, curtida en los viles lances a los que la esquiva historia le ha enfrentado, y de los que siempre ha salido victoriosa, sea el villano marroquí, francés o ferrolano, porque como gritó una brava vizcaína, Madrid no pasará.
Hoy, igual que ayer y como siempre, Madrid para los de allende el Tajo y el Guadarrama, no representa más que la encarnación urbana de un sentimiento centralista, iniciado por los borbones y llevado a su máximo apogeo por Franco, un sentimiento que, desgraciadamente, ha ido diluyéndose por los aluviones de solidaridad que mi ciudad recibió tras el zarpazo terrorista, y la posterior gestión gubernativa.
La eterna mártir, la centralizada capital del sempiterno reino de España, siempre permanecerá en mi corazón, aunque Euskadi, Cataluña, España o Extremadura desaparezcan en el globalizado mundo que, por ventura o desdicha, nos ha tocado vivir.
