El Loco de las Coles
Famelic escaleto
- Registro
- 29 May 2005
- Mensajes
- 12.633
- Reacciones
- 2
Rasgado por el frío, acuchillado por el helor sobrenatural de un eclipse mil veces anunciado, lucía el cielo triste, tembloroso, y el aire se hallaba cargado de un hálito de desgracia. No piaba un solo pájaro, y los hombres y las bestias se hallaban acurrucadas en la tierra, temerosos del poder de los astros. Era una mañana para cubrirse con las sábanas, aquí, en la tierra de la desgracia, donde las sombras de mil caines campan a sus anchas.
Pero hoy amanece de nuevo, un día helado, el mismo frío intenso de una mañana que aún no ha sido templada por el sol eterno. El sol, no hay palabra más bella ni más cierta, no hay evidencia mayor de que aún seguimos vivos, bajo su manto de oro. El sol, nuestro padre, nosotros, sus hijos desagradecidos.
A medida que los minutos van deslizándose en la esfera de los mil relojes que rigen el mundo, la luz va cubriéndolo todo, ajena al discurrir artificial de un tiempo inventado, de un tiempo que no existe mas que en las esferas mecánicas que un día llamamos cerebro, cráneo, alma y conciencia. La hermosa Gea apenas nos mira de reojo, como una niña curiosa que se remanga la falda de su vestido mientras observa curiosa un hormiguero. Gracias al cielo, Gea no tiene esta mañana ganas de aplastarnos con su zapato rojo, coronado con una flor de tela que hace las delicias de la madre que la viste todas las mañanas. Quien será esa madre, quisiera saber yo.
Y sin embargo, este mediodía, cuando mi jornada empiece y tenga que cruzar la ciudad, batallando entre coches, con mi pedaleo rabioso y mi garganta a punto de ceder ante el frío y el castigo, el aire estará otra vez cargado de humo, de ira, de furia contenida. Hijos de la ira, a vosotros os llamo, que no es el mundo recipiente de vuestra necedad, ni sepulcro de vuestros malos sentimientos. Dejad en casa, entre los muros que con tantos esfuerzo levantásteis, todo aquello que esté llamado a ensuciar la tierra de la que estoy enamorado. Y si os sentís tristes, no penséis, tan sólo mirad al cielo:
Y no la toquéis más, que así es la rosa.
Pero hoy amanece de nuevo, un día helado, el mismo frío intenso de una mañana que aún no ha sido templada por el sol eterno. El sol, no hay palabra más bella ni más cierta, no hay evidencia mayor de que aún seguimos vivos, bajo su manto de oro. El sol, nuestro padre, nosotros, sus hijos desagradecidos.
A medida que los minutos van deslizándose en la esfera de los mil relojes que rigen el mundo, la luz va cubriéndolo todo, ajena al discurrir artificial de un tiempo inventado, de un tiempo que no existe mas que en las esferas mecánicas que un día llamamos cerebro, cráneo, alma y conciencia. La hermosa Gea apenas nos mira de reojo, como una niña curiosa que se remanga la falda de su vestido mientras observa curiosa un hormiguero. Gracias al cielo, Gea no tiene esta mañana ganas de aplastarnos con su zapato rojo, coronado con una flor de tela que hace las delicias de la madre que la viste todas las mañanas. Quien será esa madre, quisiera saber yo.
Y sin embargo, este mediodía, cuando mi jornada empiece y tenga que cruzar la ciudad, batallando entre coches, con mi pedaleo rabioso y mi garganta a punto de ceder ante el frío y el castigo, el aire estará otra vez cargado de humo, de ira, de furia contenida. Hijos de la ira, a vosotros os llamo, que no es el mundo recipiente de vuestra necedad, ni sepulcro de vuestros malos sentimientos. Dejad en casa, entre los muros que con tantos esfuerzo levantásteis, todo aquello que esté llamado a ensuciar la tierra de la que estoy enamorado. Y si os sentís tristes, no penséis, tan sólo mirad al cielo:
Y no la toquéis más, que así es la rosa.
