De pequeño tenia la sana costumbre de coger (¿sabéis que había escrito coger con j? así de cateto y de subnormal soy) a mi hermano pequeño y pegar su cara a mi culo y rajarme para que se lo comiera. Es una tradicion que todavia hoy se mantiende, aunque en menor escala.
Recuerdo que una noche, estaba acostado intentando dormir y soñar con esas angelitas con las que me pajeaba como todo buen adolescente que se precie, cuando de pronto sentí que en mis intestinos algo se cocia. Note todo su trayecto desde el centro de mis tripas hacia fuera, iba a ser mitico, lo sentia.
Me levanté raudo y veloz de la cama y corri hacia el dormitorio de mi hermano, mientras me bajaba los pantalones del pijama al tiempo que de mi garganta salia un grito gutural que parecia surgido de los pozos de averno.
Al llegar a mi hermano le puse la cara entre mitad de mi culo y me vacié como una jibia, mientras mi hermano abria los ojos como platos viendo la pesadilla que se le venia encima.
Cual fué mi sorpresa, que al encender la luz y darme la vuelta descojonado de risa, vi a mi hermano llorando y con la cara como un plato de lentejas, ME HABIA CAGADO, no una cagada tipo mojón, pero si esas mierdas que salen salpicadas.
Los gritos levantaron a mi madre que se levantó de la cama, y al entrar en la habitacion se encontró con esa escena tan dantesca.
Su hijo mayor con los pantalones bajados y revolcandose por el suelo de risa, y su hijo menor sentado en la cama llorando y con la cara llena de puntitos color marron.
Creo que la pobre no se ha recuperado todavia.