ruben_clv
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Me viene a la mente esta imagen: una calurosa noche de agosto una mujer baila para mí, está vestida de colegiala: coletas, falda, camisa blanca y maquillaje; todo forma parte de una apuesta planteada con maldad. Después del baile, el sexo; cambia la danza pero no cambian los personajes: yo, un malvado adulto, ella, una pícara jovencita. Disfruta dándome todo lo que le pido y cada vez voy un paso más allá. Completamente empapados de sudor, exhaustos, le pido que se tumbe en el suelo, me pongo de pie frente a ella y me corro dejando que el _semen llueva azaroso sobre su cuerpo y su cara. Ella sonríe. Yo me acabo de dar cuenta de que salgo con una auténtica puta.
Mientras ella se limpia yo no dejo de pensar. ¿ A cuántos hombres se había entregado de esa manera? ¿Cuántas veces había encontrado la felicidad en la humillación? Cada vez más furioso no dejo de imaginar cuánto _semen ha resbalado por aquella piel, cuántos rostros extraños han mirado esos ojos turbios.
Años después, leo esto: https://foropl.com/threads/59747/
Y no puedo evitar pensar en Holy.
Holy es una niña, una auténtica belleza de la que se podría enamorar hasta un maricón confeso. Holy, además, es una puta. No es una puta al uso, se acuesta con quien quiere y sólo si le apetece, pero vive gracias al dinero de los hombres a los que acompaña. Y vive bien. Holy habla mucho, habla rápido y no escucha; no escucha porque teme la verdad. Sabe que este mundo es una mierda y que la vida le ha fallado, pero Dios le ha dado una cara bonita, poca vergüenza y una bendición entre las piernas, suficiente para vivir en una ciudad hecha a su medida.
A cambio, ella sólo debe renunciar a una cosa: cuando Holy sale de su apartamento -altiva, del brazo de un hombre- una niña duerme en un rincón de su dormitorio. Y pienso si Holy es diferente del resto de mujeres que conozco, mejor, pienso cuál de ellas no ha tenido que renunciar a la verdad para ser feliz con un hombre.
En esta extraña escala de clasificación (de putas) se me antoja que los peldaños son incalculables, intuyo que hay uno por cada mujer: todos parecidos, ninguno comparable. Pero Margaret debe ocupar uno de los últimos peldaños. Ella protagoniza uno de los actos de prostitución más nobles, repetidos y familiares que hay: el de una mujer por su hijo. Su marido -alcohólico, frígido- no la desea, hace años que no duermen juntos y su familia lo sabe, pese a ello, siguen esperando que Brick - un animal bello, que disfruta la belleza de aquellos que sienten indiferencia por todo- les dé el heredero que desean. Margaret anuncia que está embarazada, nadie cree la noticia, Brick sonríe y toma otra copa; pero, una vez solos, le obliga -intuímos- a mantener relaciones con ella. Margaret se acuesta con un hombre que hace años que no la desea, puede que ni siquiera la ame, pero ella sólo piensa en el fruto de esa noche tan triste, un hijo que, antes de nacer, ya carga con una triple responsabilidad: ser el perfecto heredero, ser un nuevo Brick para Margaret y ser el único que haga salir a su padre de aquel estado de indiferencia.
Y yo, personalmente, admiro a esta mujer. Busco la mujer rota, la puta desencantada, la princesa del estercolero; huyo de la mujer rampante, de la orgullosa, de la que se disfraza de hombre. Como un coleccionista de flores marchitas.
Mientras ella se limpia yo no dejo de pensar. ¿ A cuántos hombres se había entregado de esa manera? ¿Cuántas veces había encontrado la felicidad en la humillación? Cada vez más furioso no dejo de imaginar cuánto _semen ha resbalado por aquella piel, cuántos rostros extraños han mirado esos ojos turbios.
Y lo que ignoras es que hubiera dado mucho más. Hubiera comido tu mierda de ser preciso. Porque te quería. Porque te amaba tanto que me dejabas sin aliento, cada palabra tuya era una orden que cumplir. Porque, en nuestra particular balanza, mi amor pesaba mucho más que todos esos sacrificios. Porque no me importaba dejar de ser yo para convertirme en la mujer que deseabas, por mucho que me doliera.
Años después, leo esto: https://foropl.com/threads/59747/
Y no puedo evitar pensar en Holy.
Holy es una niña, una auténtica belleza de la que se podría enamorar hasta un maricón confeso. Holy, además, es una puta. No es una puta al uso, se acuesta con quien quiere y sólo si le apetece, pero vive gracias al dinero de los hombres a los que acompaña. Y vive bien. Holy habla mucho, habla rápido y no escucha; no escucha porque teme la verdad. Sabe que este mundo es una mierda y que la vida le ha fallado, pero Dios le ha dado una cara bonita, poca vergüenza y una bendición entre las piernas, suficiente para vivir en una ciudad hecha a su medida.
A cambio, ella sólo debe renunciar a una cosa: cuando Holy sale de su apartamento -altiva, del brazo de un hombre- una niña duerme en un rincón de su dormitorio. Y pienso si Holy es diferente del resto de mujeres que conozco, mejor, pienso cuál de ellas no ha tenido que renunciar a la verdad para ser feliz con un hombre.
Por cierto, Holy es un hombre. Un marinero europeo, quizá ruso, puede que incluso latinoamericano. Ha pasado la noche con un afamado personaje norteamericano. Por la mañana, el escritor -de pie, junto a la ventana- le pregunta al chico "¿Dónde quieres desayunar?". El joven -aún desnudo, aún en la cama- dice el único sitio que conoce de aquella ciudad que visita por primera vez: "Quiero desayunar en Tiffany´s".
En esta extraña escala de clasificación (de putas) se me antoja que los peldaños son incalculables, intuyo que hay uno por cada mujer: todos parecidos, ninguno comparable. Pero Margaret debe ocupar uno de los últimos peldaños. Ella protagoniza uno de los actos de prostitución más nobles, repetidos y familiares que hay: el de una mujer por su hijo. Su marido -alcohólico, frígido- no la desea, hace años que no duermen juntos y su familia lo sabe, pese a ello, siguen esperando que Brick - un animal bello, que disfruta la belleza de aquellos que sienten indiferencia por todo- les dé el heredero que desean. Margaret anuncia que está embarazada, nadie cree la noticia, Brick sonríe y toma otra copa; pero, una vez solos, le obliga -intuímos- a mantener relaciones con ella. Margaret se acuesta con un hombre que hace años que no la desea, puede que ni siquiera la ame, pero ella sólo piensa en el fruto de esa noche tan triste, un hijo que, antes de nacer, ya carga con una triple responsabilidad: ser el perfecto heredero, ser un nuevo Brick para Margaret y ser el único que haga salir a su padre de aquel estado de indiferencia.
Y yo, personalmente, admiro a esta mujer. Busco la mujer rota, la puta desencantada, la princesa del estercolero; huyo de la mujer rampante, de la orgullosa, de la que se disfraza de hombre. Como un coleccionista de flores marchitas.
