Esto lo saco del forocoches y la verdad me ha puesto muy mal cuerpo.
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Bueno, hace tres horas que he regresado de un viaje relámpago a Estonia por motivos profesionales.
Durante el vuelo a Tallinn desde Schiphol conocí a una pareja norteamericana que se dirigía a este país para conocer a un niño que iban a adoptar. Sí, en contra de lo que piensan algunos por aquí, hago buenas migas con el pueblo de los Estados Unidos de América, y en particular con aquellos que son buena gente. Y estos lo eran. Según me enteré, las leyes estonias prohíben la adopción por parte de extranjeros no vinculados al país excepto para los "inadoptables", es decir, niños con problemas de salud o demasiado mayores. Esta pareja, de unos treinta y pico años, se dispone a adoptar un niño con síndrome de Down. Olé sus cojones.
Resulta que eran un tanto "americanitos", esto es, no habían salido en su vida de la "burbuja euronorteamericana" donde llamar al 911 o 112 suele ser una solución en vez de un problema. Y el orfanato a donde se dirigían no está en Tallinn ni en Tartu, sino por la región de Narva; un lugar de esos donde llamar al 911 o 112 puede ser un problema en vez de una solución. Estaban bastante entusiasmados, demasiado para mi gusto, así que como el domingo por la tarde yo ya quedaba libre me ofrecí a acompañarlos. Total, a mi me daba igual regresar a España un día después, y siempre está bien conocer gente y lugares nuevos. Aceptaron el ofrecimiento de buen grado, y el domingo por la tarde nos plantamos en el orfanato con un TT de alquiler.
Son orfanatos pequeños, construidos en la época soviética y prácticamente dejados de la mano de Dios desde el colapso de la URSS. En Estonia se da otra peculiaridad, y es que la minoría rusa (el 28% de la población, y más del 90% en la zona de Narva) carece de derechos políticos desde entonces. Son apátridas de facto. Llevan el "pasaporte gris", un pasaporte "de uso" que no les reconoce la ciudadanía estonia. Han pasado a ocupar los segmentos más bajos de la sociedad, y por tanto el número de niños de ascendencia rusa abandonados en los orfanatos es muy superior a la media nacional.
Pese a todas estas dificultades, el orfanato estaba en condiciones razonables. Por "razonable" quiero decir que no parecía un orfanato rumano. Acompañados por el director, fuimos a ver al niño que esta pareja iba a adoptar. Mientras ellos se quedaban con él, yo me fui a dar una vuelta por las instalaciones.
Al poco de pasear por el patio me percato de que hay un "doble orfanato". Uno, para recibir a los visitantes. Otro, el verdadero. Los chavales me miran con extremo recelo. Esto me mosquea: la chavalería institucionalizada suele dar la bienvenida a un extraño y acercarse con curiosidad, pedirle cosas, etc. Hay otra cosa que me sorprende más: no veo a las chavalas. Sin embargo, antes las he visto desde la ventana del "orfanato bueno". Es como si a mi paso se hubieran esfumado. Ya os podéis imaginar lo que empiezo a pensar. Esto no es Afganistán, es prácticamente Rusia. Las niñas no se esconden de los hombres normalmente.
Se me acerca un trabajador del centro. Medio en ruso, medio en inglés, medio en francés, medio en vete a saber qué, me hace saber que no puedo estar allí. No quiero meter en problemas a la pareja que he acompañado, así que dócilmente le sigo de vuelta al "orfanato bueno". Sin embargo, volvemos acortando por un paseo entre arboledas.
Entonces veo a una chiquilla entre los matorrales. Tendrá unos siete años, flaca, desnuda, con rasgos orientales (¿siberianos?), muy bonita, un cabello azabache precioso. Está sentada, agarrada a sus rodillas, sacudiendo la cabeza adelante y atrás con la mirada perdida. Y... por favor: está morada de cabeza a pies, literalmente, marcada a verdugones aún como medio en carne viva. Le han dado una paliza brutal con algo flexible, quizás una vara o un vergajo o algo así.
Se me empieza a poner un velo rojo en los ojos. El "cuidador" le grita algo: imagino que "largo de ahí", o "vete y vístete", pero la niña permanece agitando la cabeza con la mirada perdida. NO quiero meter en problemas a la pareja que he acompañado, me repito. Entonces el "cuidador" se adentra y la agarra. La pone en pie para arrastrarla. Tiene los genitales casi en carne viva, y costras de sangre seca por la cara interior de los muslos. El tipo entonces me mira. Le miro. Algo muy malo ve en mis ojos, porque la suelta. La niña se queda inmóvil, tiritando, con la cabeza baja.
-Kakogo xerta ti tiut dalaiesh? -acierto a articular en mi ruso de mierda: "¿qué coño estáis haciendo aquí?".
El tipo se alza de hombros, con un gesto embarazoso. Como no dejo de mirarle, termina murmurando:
-Dieng nyeovjodima - contesta, y sorprendentemente le entiendo: "El dinero es necesario".
No puedo hacer nada más que rabiar por dentro. Si hago lo que quizás debiera, no sólo tendremos problemas los tres, sino que además la pareja ya puede irse despidiendo de adoptar a su nuevo hijo. Le acaricio los cabellos a la niña. Se deja dócilmente, pero es evidente que el mero hecho de que la toque la aterroriza. Así que desisto y acompaño al "cuidador" al interior del "orfanato bueno".
En Rusia y alrededores aún se puede fumar donde te rote. Me fumo dos paquetes de Marlboro sentado en un banco hasta que consigo quitarme el rojo sangre de la mirada. Nadie se acerca ni me dice nada. El rumor del incidente debe haber corrido.
Al cabo del rato, sale la pareja. La tarde con su nuevo hijo ha sido estupenda, seguirán adelante con el proceso de adopción. El hijoputa del director sonríe, es amable. Un estonio de aspecto educado y caballeresco, todos los cargos están en manos de estonios. No puedo evitarlo. Cuando salimos ya para fuera, le hago un aparte y le espeto en inglés, en voz muy bajita:
-¿Sabe? Es posible que vuelva otro día. Yo solo.
Esto ocurrió ayer por la tarde. Apenas pude dormir anoche, y en los vuelos de vuelta no consigo quitarme a esa chiquilla de la cabeza. He visto cosas peores en esta mierda de mundo, pero precisamente me salí para dejar de verlas.
No logro quitarme a la siberianita de la cabeza. Sigo furioso. Necesitaba compartirlo. Ahora habrá quien me llame troll y cosas de esas. Me la pela. Quien me conoce, sabe que si cuento esto es porque es verdad. Se lo he contado también a mi compañera, y no sabe cómo consolarme. Lo cierto es que no se me puede consolar.
Lo que me pide el cuerpo es volver con unos amigos y sacarla de allí aunque sea a tiros, traerla a Europa Occidental, a la "burbuja" donde las niñas de siete años están esencialmente a salvo. Pero esto, claro, no es más que una fantasía.
Eso. Puto perro mundo de mierda.
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