Ya conté la tía esa con la que estaba lo que le molaba el tema de sentirse vejada y arrastrada. Jefa de 60 personas por cierto. Pero había algo en esa cabeza que funcionaba raro. Le resultaba imposible quejarse en un restaurante o en cualquier lado y como jefa no se le subía nadie a las barbas. Era cerrar la puerta de la habitación y pedir que la humillase y la tratase como a la peor de las zorras. Apretarle las carnes, pellizcos, hostias a las tetas, ahogarla con la polla, sexo anal a lo bestia, lenguaje ofensivo, mearla, marcas durante días en el culo y otras partes... Un número. El tema es que para correrse necesitaba toda esa parafernalia y al final no podías echar un polvo normal; que para unas veces bien, para cada vez no.