En la calle Fermín Caballero de Madrid, hace mucho tiempo, había un pafeto (El Pentágono), de dos plantas. Abajo estaba la barra y arriba la sala de billar-tentadero.
Ponían música de Leño y Asfalto, en un radiocassete horizontal Grundig, pero el local no estaba decorado con el estilo quincallero de los billares de la zona. Parecía una Luminaria o puticlus barato de suburbio.
Recuerdo que los aseos estaban separados de la zona noble por una cortina de bolas multicolores y, sobre ella, había un Nenuco colgado del cuello con muñequeras de pinchos y un cigarro en la boca.
Lo mejor era el camarero de los viernes, dia en que libraba el jefe. Se llamaba Mónico (y se seguirá llamando así, supongo, si no ha muerto de septicemia).
Mónico tenía la uña del dedo meñique larga porque tocaba la guitarra.
Pero la uña, aunque tocase canciones alegres, siempre estaba de luto.
En El Pentágono no se podía pedir Trinaranjus, porque
Mónico no comprendía que esa bebida no fuera de burbujas, y siempre la ponía tras removerla en el vaso con su uña viuda.
Si alguien protestaba por la guarrería, él siempre decía "Es lo que hay, tio...".
Nadie se quejó jamas de Mónico, porque siempre echaba una lagrimita con "La Nana" de Leño y a la parroquia eso nos merecía mucho respeto. Además las pipas con sal que ponía de tapa eran abundantes y te dejaban los morros muy sexys.