¿Qué recuerda del Sevilla?
Trabajé a gusto. En la temporada anterior se salvaron del descenso por un punto. Miré los datos y la primera vuelta había sido muy buena y la segunda, muy mala. ¿Sabe por qué? En la segunda parte del curso en Sevilla hay cuatro fiestas: la semana santa, la fiesta de abril, la otra y la otra... Yo a los jugadores les dije: "No hay fiesta, se acabó". Perdimos la clasificación para la Copa europea el último día en el último minuto. A mí me entendieron bien en Sevilla. Pero había una cosa que me molestaba: los jugadores siempre tenían prisa para irse al vestuario tras el entrenamiento. Había uno que era un avión. Un día pité el final de la práctica y salió como siempre. Fui a los vestuarios, dejé que se bañara y, cuando estaba sequito y casi vestido, le dije: "Vístete que nos volvemos al campo, que se me olvidó una cosa". Le hice patear al arco desde la raya de área chica. Me entendió. A partir de ese día, cuando yo decía se terminó, él iba despacito, caminando. También les pedí que ayudaran a Jaime, el utilero. Le dejaban solo con los balones, los palos, los petos... Les dije que era una vergüenza y me entendieron.