<div class="bbWrapper">Hoy voy a perder a varios hamijos, pero tengo que recuperar una frase de la desaparecida Severine. "España esta llena de feos". Y esto es verdad y no es posible decirlo de otra manera sin levantar falso testimonio. Los hombres, en España, son feos, florecen mal, se descabalan, pierden muy pronto la prestancia y acaban constituyendo una recua de veinteañeros prematuramente degradados por el tiempo y la dejadez. Antes de los 30 son muchos, demasiados para mis querencias estéticas, los muchachos que se convierten lamentablemente en hombres. Ensanchan su perímetro abdominal mientras su cabello se vuelve ralo, inconsistente, una maraña deslabazada y grasienta.<br />
<br />
<i>"Ey, Redi, echa el freno, vivimos en la época de los metrosexuales".</i> No queridos, no, vivimos en la época de los garrulos camuflados detras de gafa de 200 euros. Las hormonas y la hipertrofia no tienen nada que ver con la belleza, que sólo entiende de armonia y proporción, de maneras, de matices y excelenes sutilezas. La belleza es una forma de hablar, de doblar el periódico, de anudarse la bufanda o elegir unos zapatos. La belleza no es producción en serie de clones impersonales y excesivos. <br />
<br />
<i>"¿Que podemos hacer, Redi? Les copiamos a los italianos? Tienen fama de ser muy elengantes y sexys" </i>Mentira, son magníficos relaciones públicas, los mejores comerciales de si mismo, pero ni ellos mismos se lo creen. Cuando alguien no tiene esa elegancia natural que distingue a los patricios del rebaño opta por los excesos. Por eso nuestro primos itálicos manejan dos opciones. O bien se hunden bajo un barroquismo delirante, atosigando su anatomia con todo tipo de adminículos y complementos, en una especie de horror vacui desesperante. O bien se convierten en apóstoles del minimalismo y terminan pareciendo unos parroflautas terribles y andrajos, al estilo de los hermanos Casiragui. No se visten, se disfrazan.</div>