Juvenal
Clásico
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- 23 Ago 2004
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Suelo trabajar en un molino de huesos, atornillando a la gente, cometiendo a diario pequeñas injusticias. En nuestra particular cadena de montaje, las piezas son gente de carne y hueso, como tú y yo. Somos modernos Procustos, y procuramos que todos pasen por el cedazo. A los altos les serramos los pies, a los bajos los estiramos en el potro. Al final todos encajan en el molde.
Estamos acostumbrados a lidiar con todo tipo de gentes estrafalarias: familias gitanas, cocineros filipinos que solo hablan tagalo...
La gente que pasa delante de mí es observada por unos ojos inquietantes, del color del Leteo, inquisidores. Al menos, eso dicen. Y leo en sus almas.
De vez en cuando llegan elegantes diablesas, enfundadas en trajes chaqueta, y azuzan contra nosotros látigos de nueve colas. Ellas quieren que sacrifiquemos más y más víctimas al Leviatán. Para éste toda sangre es poca, su apetito es insaciable. Necesitamos triturar más y más tuétanos, pulverizar más y más cartílagos...
Algunos de mis compañeros observan a las diablesas con deseo mal contenido. Yo no, pues hace mucho que renuncié a la carne. Solo tengo ojos para una: se llama Anhedonia, y es una amante muy celosa.
En el molino de huesos lo saben todo de todos. Ninguno de uds. ni de nosotros se escapa a su escrutinio implacable. Apenas participo de una ínfima parte de su sabiduría, la suficiente para ennegrecer cualquier alma.
Por alguna extraña razón, la gente se me confía. Me ven cara de cura, y quizá esperan una absolución que no está en mi mano dar. Me utilizan como particular papelera de reciclaje para sus miserias. Saben que los muertos no hablamos.
Pero llega un momento en que guardar tanta mierda propia y ajena se cobra su precio. Y rebosa la fosa séptica, y se necesita expulsar algo antes de ser corrompido del todo....
Tengo suficientemente cubierta la cuota (y nunca mejor dicho) de hijoputa cabronías en el mundo "real". Así que aquí intento permitirme ciertos lujos: por ejemplo, ser amable y respetuoso con uds.
Pero siempre se las arreglan para que no lo consiga.
Estamos acostumbrados a lidiar con todo tipo de gentes estrafalarias: familias gitanas, cocineros filipinos que solo hablan tagalo...
La gente que pasa delante de mí es observada por unos ojos inquietantes, del color del Leteo, inquisidores. Al menos, eso dicen. Y leo en sus almas.
De vez en cuando llegan elegantes diablesas, enfundadas en trajes chaqueta, y azuzan contra nosotros látigos de nueve colas. Ellas quieren que sacrifiquemos más y más víctimas al Leviatán. Para éste toda sangre es poca, su apetito es insaciable. Necesitamos triturar más y más tuétanos, pulverizar más y más cartílagos...
Algunos de mis compañeros observan a las diablesas con deseo mal contenido. Yo no, pues hace mucho que renuncié a la carne. Solo tengo ojos para una: se llama Anhedonia, y es una amante muy celosa.
En el molino de huesos lo saben todo de todos. Ninguno de uds. ni de nosotros se escapa a su escrutinio implacable. Apenas participo de una ínfima parte de su sabiduría, la suficiente para ennegrecer cualquier alma.
Por alguna extraña razón, la gente se me confía. Me ven cara de cura, y quizá esperan una absolución que no está en mi mano dar. Me utilizan como particular papelera de reciclaje para sus miserias. Saben que los muertos no hablamos.
Pero llega un momento en que guardar tanta mierda propia y ajena se cobra su precio. Y rebosa la fosa séptica, y se necesita expulsar algo antes de ser corrompido del todo....
Tengo suficientemente cubierta la cuota (y nunca mejor dicho) de hijoputa cabronías en el mundo "real". Así que aquí intento permitirme ciertos lujos: por ejemplo, ser amable y respetuoso con uds.
Pero siempre se las arreglan para que no lo consiga.