El agua helada, que nos dejaría paralizados a cualquiera de nosotros, parecía no tocarlo. Era como si de todos y cada uno de los poros de su cuerpo manara una electricidad tal que la mantuviera alejada del contacto con su piel. En el suelo, junto a unos charcos de agua que el tiempo tornaría de color verde, yacía desperdigada su ropa. Dentro de la bañera solo él, su desnudez y el metálico brillo en sus ojos de una cuchilla de afeitar.
Con rabia se practicó el primer corte a la altura de la muñeca. El agua, formada por todas las lágrimas que se habrían de vertir por él quedó mancillada por mil terribles guirnaldas de color rojo intenso. Se rebullía y pudo sentir como se le agarrotaban los músculos de las plantas de los pies, haciendo que ahora asemejaran dos terribles garras que pretendían separarse del resto de su cuerpo y aferrarse a alguna esperanza de vida.
El segundo corte fue aún más profundo, pero increiblemente menos doloroso. Era la primera herida la que le escocía profundamente, la que le producía una sensación de quemazón insoportable. Decidió cambiar la cuchilla de mano, para mutilar ahora su otro brazo, pero sus dedos no acertaron a agarrarla y cayó, penosamente, al fondo de la bañera, dibujando una espiral roja y plateada.
Un olor dulzón le inundaba las fosas nasales, su vista nublada ya no era capaz de distinguir formas ni colores, en sus oidos plañían sus familiares, sus amigos, la opresión en las sienes era ya inaguantable. Acertó, instintivamente a poner su mano útil sobre la herida abierta. Parpadeó dos veces, se le pusieron los ojos en blanco y acabó por perder el conocimiento. Su mano quedó aferrada inerte a su antebrazo. Su cuerpo, incapaz de aguantar ningún peso se deslizó por el suelo de la bañera, desplazó algo más de agua, y por fin quedó su cabeza totalmente sumergida. El aguan por fin en calma, a ras del borde.
Dejó entonces de respirar. El oxígeno cesó de llegar a sus pulmones, su débil corazón apenas podía bombear la poca sangre que aún no había escapado por sus heridas. Le quedaban por dar dos, quizás tres latidos, estaba poniendo el epilogo a su corta vida. La mano que aún tapaba las rasgaduras en el tejido de su vida cedió, se aflojó dejando escapar un nuevo torrente de sangre. Qué complicado se le había antojado siempre aquello de que una sola gota colma el vaso. Pero en ese instante, la sangre que se le escapaba, logró colmar la bañera, se derramó algo de agua, dejando por unos instantes sus fosas nasales libres. Momento en el que, instintivamente volvió a respirar, inspirando la bocanada más llena de vida que nunca hubiera llegado adentro de nadie. Recobró el conocimiento y con torpes movimientos pudo incorporarse y mirar hacia donde acababa de escuchar un ruido. Nunca hubiera imaginado quién estaba abriendo la puerta.