Juvenal
Clásico
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- 23 Ago 2004
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Póquer de reyes
En la mesa de la guarida tengo colocado ante mí el sable y lo afilo lentamente, pasando con cuidado y suavidad la piedra por la hoja; lo hago casi en completo silencio, únicamente interrumpido por una canción, Stay de Sash!, que suena muy bajo, lo necesario para escucharla sin que impida darme cuenta de cualquier posible visitante que se aproxime hasta allí.
¿Por qué tengo la sensación de que todo el que se acerca intenta joderme? Porque es cierto. Cualquiera que se acerque a la mesa, ya vista con un pulcro nudo windsor o con un chándal roñoso, sólo busca eso, asestarme un tajo a la menor oportunidad. No dudará en clavármela si se da cuenta de que en verdad soy un novato o le muestro lo débil e ignorante que soy. Siempre hay que disimular y nunca hay que bajar la guardia, nunca.
Ruido de pasos, alguien se acerca por el pasillo... Me levanto de un brinco y me coloco pegado a la puerta, con las piernas arqueadas, alzando el sable por encima del hombro. Estoy listo, en cuanto te asomes, te voy a traspasar de oreja a oreja. No voy a dejar que me pilles, seas quien seas. Tengo un nudo en el estómago, la sangre palpita en mis sienes, estoy listo y alguien se acerca.
Logro en el último momento desviar la hoja y pasa centelleante a escasos milímetros de su frente. Es una compañera que viene a preguntarme, tan sólo es eso. Borro la cara de perro por un instante y oculto rápidamente el arma. Con un bufido, desaparece todo el aire de mis pulmones y supongo que el estupor me hace esbozar un gesto idiota porque sé que estoy a la que salta.
Ya no me muevo con fluidez, sino a trompicones.
—Te leo y es como si estuviera leyendo un libro de texto.
—Estaré perdiendo facultades, si es que las tuve. Uno imita lo que lee.
—Los personajes no transmiten emoción, no te sientes identificados con ellos y tienen sentimientos muy tópicos.
—De donde no hay, no se puede sacar.
He conocido a una puta albanesa, aunque no en las circunstancias que cualquiera podría imaginarse. Está a punto de cumplir los veintiuno y se llama Esmeralda, que es un nombre que siempre me ha gustado. Sólo hay, en mi opinión, otro nombre de mujer tan hermoso como ése, Luisa. Hay algo que me intriga de Esmeralda; lo que quiero decir, y no sé si me estoy explicando bien, es que Esmeralda es su nombre auténtico y me pregunto cuál sera el nom de guerre que utiliza.
Lo dicho, a trompicones. Ya ni me molesto en darle un poco de coherencia a lo que escribo.
Hace poco se despidió de mi alguien, tan sólo fueron unas breves palabras y es muy probable que no nos volvamos a ver, un gesto tal vez simple pero se lo agradezco profundamente, que se acordara de mí a la hora de marcharse y pensara que merecía la pena decírmelo. Como buen gañán, ni siquiera he tenido el detalle de responder, absorto entre la furia del trabajo y la vorágine de las clases los días se me pasan como una exhalación.
Detesto que la gente marche sin despedirse y algún día, más inspirado, quizá cuente el porqué.
Aunque para despedidas, la del otro día en la habitación blanca, observando cómo poco a poco se apaga la scintilla vitae de aquella mujer.
—No le hemos atado los brazos a la cama para que no se ponga nerviosa. Tengan cuidado con lo que dicen, está consciente y se entera de todo.
Todos tienen caras largas, saben lo que hay y nadie se hace ilusiones. Alguien llora en silencio. Se supone que debería estar afligido o al menos aparentarlo, parte de su sangre corre por mis venas, pero no siento nada. Tal vez haya alguna pieza que no me funcione bien o quizás es que es un domingo por la mañana y estoy cansado tras salir de fiesta. El resultado es el mismo: indiferencia. La disimulo, claro, no quiero que piensen que soy un descastado.
Estoy en la habitación con ella. La mujer tiene los ojos cerrados y respira entre estertores, conectada al oxígeno. Hay al lado de la cama un montón de máquinas que desconozco para que sirven y tiene los brazos morados de tanto pinchazo que le han metido.
Estoy a su lado y observo atentamente su cara, para recordar siempre sus rasgos, porque sé que la próxima vez que la vea será en el tanatorio. Alza el brazo, pongo su mano entre las mías y la poso de nuevo en la cama. Quien entre y vea la estampa se sentirá reconfortado con tal ejemplo de piedad. Lo cierto es que la tengo cogida de la mano porque no quiero que mueva los brazos y se vaya a quitar algún catéter. Estoy solo con ella y no quiero líos ni calentamientos de cabeza.
La indiferencia se me ha adherido como una película invisible y me recubre completamente. No puedo librarme de ella, por más que en cada ducha me frote furiosamente la piel.
A finales de los 90 Sash! encadenó una serie de éxitos que, curiosamente, se quedaron siempre en el número dos de las listas inglesas, sin alcanzar jamás el primer puesto. Y el segundo, como dijo Ayrton Senna antes de estamparse en Ímola, es el primero de los perdedores.
Como buen estudiante, he jugado bastante a las cartas, casi siempre a la podrida y al póquer. Hace tiempo que no toco los naipes, no tenía mucha suerte con ellos, pero tampoco era de los peores, sino de esos jugadores que tras perder una cantidad moderada optan prudentemente por retirarse.
Y en aquella partida, conforme iba robando cartas, me daba cuenta de que la Fortuna me sonreía y yo a Ella. Pues en la mano habían aparecido cuatro hermosos reyes. Así que decidí explotar el éxito y apostar fuerte. A medida que subían las cantidades, los participantes se iban retirando y yo seguía aumentando el listón hasta que sólo quedamos dos en liza.
Nunca me ha gustado ir de farol, así que si el otro lo pensaba peor para él. En cambio, si había aguantado mi ritmo, es porque lo suyo era un enorme castillo en el aire. Y a mí no me la iba a pegar, no.
Llegó el momento de ver las cartas. Fui el primero en ponerlas sobre la mesa, quería acabar rápido con aquello y llevarme la pasta. El otro esperó y poco a poco enseñó las suyas.
Eran tres ases y un comodín.
Ahora me doy cuenta de que la meta es lo de menos, después de una viene otra y luego otra más. Un objetivo, una meta, un fin son sólo un pretexto, una zanahoria. Lo que de verdad cuenta es la carrera en sí misma. Correr no es el medio, es el fin. Correr lo es todo.
En la mesa de la guarida tengo colocado ante mí el sable y lo afilo lentamente, pasando con cuidado y suavidad la piedra por la hoja; lo hago casi en completo silencio, únicamente interrumpido por una canción, Stay de Sash!, que suena muy bajo, lo necesario para escucharla sin que impida darme cuenta de cualquier posible visitante que se aproxime hasta allí.
¿Por qué tengo la sensación de que todo el que se acerca intenta joderme? Porque es cierto. Cualquiera que se acerque a la mesa, ya vista con un pulcro nudo windsor o con un chándal roñoso, sólo busca eso, asestarme un tajo a la menor oportunidad. No dudará en clavármela si se da cuenta de que en verdad soy un novato o le muestro lo débil e ignorante que soy. Siempre hay que disimular y nunca hay que bajar la guardia, nunca.
Ruido de pasos, alguien se acerca por el pasillo... Me levanto de un brinco y me coloco pegado a la puerta, con las piernas arqueadas, alzando el sable por encima del hombro. Estoy listo, en cuanto te asomes, te voy a traspasar de oreja a oreja. No voy a dejar que me pilles, seas quien seas. Tengo un nudo en el estómago, la sangre palpita en mis sienes, estoy listo y alguien se acerca.
Logro en el último momento desviar la hoja y pasa centelleante a escasos milímetros de su frente. Es una compañera que viene a preguntarme, tan sólo es eso. Borro la cara de perro por un instante y oculto rápidamente el arma. Con un bufido, desaparece todo el aire de mis pulmones y supongo que el estupor me hace esbozar un gesto idiota porque sé que estoy a la que salta.
Ya no me muevo con fluidez, sino a trompicones.
—Te leo y es como si estuviera leyendo un libro de texto.
—Estaré perdiendo facultades, si es que las tuve. Uno imita lo que lee.
—Los personajes no transmiten emoción, no te sientes identificados con ellos y tienen sentimientos muy tópicos.
—De donde no hay, no se puede sacar.
He conocido a una puta albanesa, aunque no en las circunstancias que cualquiera podría imaginarse. Está a punto de cumplir los veintiuno y se llama Esmeralda, que es un nombre que siempre me ha gustado. Sólo hay, en mi opinión, otro nombre de mujer tan hermoso como ése, Luisa. Hay algo que me intriga de Esmeralda; lo que quiero decir, y no sé si me estoy explicando bien, es que Esmeralda es su nombre auténtico y me pregunto cuál sera el nom de guerre que utiliza.
Lo dicho, a trompicones. Ya ni me molesto en darle un poco de coherencia a lo que escribo.
Hace poco se despidió de mi alguien, tan sólo fueron unas breves palabras y es muy probable que no nos volvamos a ver, un gesto tal vez simple pero se lo agradezco profundamente, que se acordara de mí a la hora de marcharse y pensara que merecía la pena decírmelo. Como buen gañán, ni siquiera he tenido el detalle de responder, absorto entre la furia del trabajo y la vorágine de las clases los días se me pasan como una exhalación.
Detesto que la gente marche sin despedirse y algún día, más inspirado, quizá cuente el porqué.
Aunque para despedidas, la del otro día en la habitación blanca, observando cómo poco a poco se apaga la scintilla vitae de aquella mujer.
—No le hemos atado los brazos a la cama para que no se ponga nerviosa. Tengan cuidado con lo que dicen, está consciente y se entera de todo.
Todos tienen caras largas, saben lo que hay y nadie se hace ilusiones. Alguien llora en silencio. Se supone que debería estar afligido o al menos aparentarlo, parte de su sangre corre por mis venas, pero no siento nada. Tal vez haya alguna pieza que no me funcione bien o quizás es que es un domingo por la mañana y estoy cansado tras salir de fiesta. El resultado es el mismo: indiferencia. La disimulo, claro, no quiero que piensen que soy un descastado.
Estoy en la habitación con ella. La mujer tiene los ojos cerrados y respira entre estertores, conectada al oxígeno. Hay al lado de la cama un montón de máquinas que desconozco para que sirven y tiene los brazos morados de tanto pinchazo que le han metido.
Estoy a su lado y observo atentamente su cara, para recordar siempre sus rasgos, porque sé que la próxima vez que la vea será en el tanatorio. Alza el brazo, pongo su mano entre las mías y la poso de nuevo en la cama. Quien entre y vea la estampa se sentirá reconfortado con tal ejemplo de piedad. Lo cierto es que la tengo cogida de la mano porque no quiero que mueva los brazos y se vaya a quitar algún catéter. Estoy solo con ella y no quiero líos ni calentamientos de cabeza.
La indiferencia se me ha adherido como una película invisible y me recubre completamente. No puedo librarme de ella, por más que en cada ducha me frote furiosamente la piel.
A finales de los 90 Sash! encadenó una serie de éxitos que, curiosamente, se quedaron siempre en el número dos de las listas inglesas, sin alcanzar jamás el primer puesto. Y el segundo, como dijo Ayrton Senna antes de estamparse en Ímola, es el primero de los perdedores.
Como buen estudiante, he jugado bastante a las cartas, casi siempre a la podrida y al póquer. Hace tiempo que no toco los naipes, no tenía mucha suerte con ellos, pero tampoco era de los peores, sino de esos jugadores que tras perder una cantidad moderada optan prudentemente por retirarse.
Y en aquella partida, conforme iba robando cartas, me daba cuenta de que la Fortuna me sonreía y yo a Ella. Pues en la mano habían aparecido cuatro hermosos reyes. Así que decidí explotar el éxito y apostar fuerte. A medida que subían las cantidades, los participantes se iban retirando y yo seguía aumentando el listón hasta que sólo quedamos dos en liza.
Nunca me ha gustado ir de farol, así que si el otro lo pensaba peor para él. En cambio, si había aguantado mi ritmo, es porque lo suyo era un enorme castillo en el aire. Y a mí no me la iba a pegar, no.
Llegó el momento de ver las cartas. Fui el primero en ponerlas sobre la mesa, quería acabar rápido con aquello y llevarme la pasta. El otro esperó y poco a poco enseñó las suyas.
Eran tres ases y un comodín.
Ahora me doy cuenta de que la meta es lo de menos, después de una viene otra y luego otra más. Un objetivo, una meta, un fin son sólo un pretexto, una zanahoria. Lo que de verdad cuenta es la carrera en sí misma. Correr no es el medio, es el fin. Correr lo es todo.