Ummita
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- 6 Oct 2003
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Una de las cosas que me llama la atención de las religiones es el aislamiento en que sume a sus fieles. La raza humana está dividida en muchas fracciones, algunas de ellas completamente aisladas del resto, debido únicamente a las religiones. En algunas sectas se llega incluso a prohibir el trato con gentes de otras creencias.
Y para encontrar ejemplos de esto no tenemos que irnos a Mongolia, a la India o a Manchuria donde habitan pueblos y castas completamente aislados por su religión, sino que nos bastará con asomarnos a nuestra Biblia en donde encontramos a un Yahvé prohibiéndole a su 'pueblo elegido' relacionarse con los amorreos y cananeos pecadores. Y no sólo eso sino que les ordenaba que no se mostrasen nada benévolos con ellos y aún que los exterminasen sin perdonar siquiera a los lactantes. Y no nos olvidemos que ese mismo Yahvé era y sigue siendo el Dios del Cristianismo...
El aislamiento y la separación que la religión produce lo podemos ver en nosotros mismos. Ante un marroquí o un tunecino de religión musulmana nos sentimos diferentes. Hay algo profundo que nos separa de ellos, no importa lo amables o correctos que puedan ser. Nos parece que allá en el fondo no tenemos nada que ver con ellos y pensamos que están radicalmente equivocados. Y la realidad es que hay mil millones de personas que en religión piensan fundamentalmente igual que ellos y de las que, lógicamente, también nos sentimos aislados.
También me llama la atención de las religiones que intentan tranquilizar el alma con la promesa que hacen de un más allá feliz, pero por otro lado la llenan de miedo con amenazas de castigos eternos y terribles si no se cumplen en esta vida determinados mandamientos. Esto tiene más peso en el alma de muchos cristianos que las promesas de un más allá feliz y por eso muchos de ellos se han pasado la vida con temor a la muerte y a lo que les pueda suceder después.
En la Edad Media los monasterios y conventos se llenaban de gentes que renunciaban a vivir como personas normales, aterradas por las predicaciones de unos frailes fanáticos que hacían mucho más hincapié en los castigos que en las recompensas y que se regodeaban en presentar a un Dios terrible y vengativo. Al fin y al cabo, no hacían más que predicar al Yahvé del Antiguo Testamento.
En los monasterios y cenobios se aislaban no sólo de la sociedad, sino de las propias familias. Las palabras del fundador del Cristianismo, predicadas con todo rigor por sus predicadores resonaban en sus oidos: "El que quiera venir en pos de mí que deje a su padre y a su madre..."
San Francisco Javier, uno de los santos eminentes de la Iglesia, cuando estaba ya destinado a las Indias Orientales, de las que no volvería, pasó por Navarra cerca de dónde vivía su madre y no fue a verla porque pensó que con ello agradaba más a Dios. ¡Bárbara manera de concebir la religión!. Y si así piensa un santo, que es un guía en el camino hacia Dios, ¿qué les espera a los pobres creyentes que sigan sus enseñanzas?...
En resumen, las religiones, aunque comienzan hablando de amor, desunen, aíslan, llenan el alma de miedo y complejos, cierran las mentes y no permiten al ser humano disfrutar de las muchas cosas buenas que hay en el mundo. Según la doctrina cristiana tradicional, las mejores cosas de la vida son pecado y en todas las religiones vemos cómo el sacrificio, la renunciación, la mortificación de los sentidos, la penitencia, los votos, la muerte al mundo y hasta los tormentos son moneda común para agradar a Dios.
Por todo eso y muchas más cosas, me declaro anticlerical y agnóstico.
Ummita
Y para encontrar ejemplos de esto no tenemos que irnos a Mongolia, a la India o a Manchuria donde habitan pueblos y castas completamente aislados por su religión, sino que nos bastará con asomarnos a nuestra Biblia en donde encontramos a un Yahvé prohibiéndole a su 'pueblo elegido' relacionarse con los amorreos y cananeos pecadores. Y no sólo eso sino que les ordenaba que no se mostrasen nada benévolos con ellos y aún que los exterminasen sin perdonar siquiera a los lactantes. Y no nos olvidemos que ese mismo Yahvé era y sigue siendo el Dios del Cristianismo...
El aislamiento y la separación que la religión produce lo podemos ver en nosotros mismos. Ante un marroquí o un tunecino de religión musulmana nos sentimos diferentes. Hay algo profundo que nos separa de ellos, no importa lo amables o correctos que puedan ser. Nos parece que allá en el fondo no tenemos nada que ver con ellos y pensamos que están radicalmente equivocados. Y la realidad es que hay mil millones de personas que en religión piensan fundamentalmente igual que ellos y de las que, lógicamente, también nos sentimos aislados.
También me llama la atención de las religiones que intentan tranquilizar el alma con la promesa que hacen de un más allá feliz, pero por otro lado la llenan de miedo con amenazas de castigos eternos y terribles si no se cumplen en esta vida determinados mandamientos. Esto tiene más peso en el alma de muchos cristianos que las promesas de un más allá feliz y por eso muchos de ellos se han pasado la vida con temor a la muerte y a lo que les pueda suceder después.
En la Edad Media los monasterios y conventos se llenaban de gentes que renunciaban a vivir como personas normales, aterradas por las predicaciones de unos frailes fanáticos que hacían mucho más hincapié en los castigos que en las recompensas y que se regodeaban en presentar a un Dios terrible y vengativo. Al fin y al cabo, no hacían más que predicar al Yahvé del Antiguo Testamento.
En los monasterios y cenobios se aislaban no sólo de la sociedad, sino de las propias familias. Las palabras del fundador del Cristianismo, predicadas con todo rigor por sus predicadores resonaban en sus oidos: "El que quiera venir en pos de mí que deje a su padre y a su madre..."
San Francisco Javier, uno de los santos eminentes de la Iglesia, cuando estaba ya destinado a las Indias Orientales, de las que no volvería, pasó por Navarra cerca de dónde vivía su madre y no fue a verla porque pensó que con ello agradaba más a Dios. ¡Bárbara manera de concebir la religión!. Y si así piensa un santo, que es un guía en el camino hacia Dios, ¿qué les espera a los pobres creyentes que sigan sus enseñanzas?...
En resumen, las religiones, aunque comienzan hablando de amor, desunen, aíslan, llenan el alma de miedo y complejos, cierran las mentes y no permiten al ser humano disfrutar de las muchas cosas buenas que hay en el mundo. Según la doctrina cristiana tradicional, las mejores cosas de la vida son pecado y en todas las religiones vemos cómo el sacrificio, la renunciación, la mortificación de los sentidos, la penitencia, los votos, la muerte al mundo y hasta los tormentos son moneda común para agradar a Dios.
Por todo eso y muchas más cosas, me declaro anticlerical y agnóstico.
Ummita