Para que veáis lo que es la fe, voy a contar un poco de mi experiencia particular. De joven yo fui un excelente estudiante. Mientras mis compañeros y compañeras se preocupaban más en gustar a los demás y en divertirse ociosamente, yo entretenía mi ocio con las matemáticas y la filosofía, siempre que el estudio de las asignaturas del bachillerato me lo permitiese. Como no podía ser de otra manera, sacaba todo sobresaliente y matrícula, para asombro de mis profesores, y terminé siendo el primero de mi promoción. Yo tenía un tío que fue monje, y como poseía un gran entendimiento y muchísima cultura, siempre me gustaba escucharle y quedaba embebido con sus palabras, sobre todo cuando decía “para saber lo que es la vida, primero hay que ser monje unos cuantos años”. Le creí y seguí su predicación. Con dieciocho años, y para terror de mis padres, amigos y amigas, me hice monje. El proceso duró unos pocos años, hasta que por fin me destinaron a mi convento. La vida fue durísima allí. Realizábamos cinco plegarias al día y una misa, conforme a la Regla “Ora et Labora”. Nos levantábamos todos los días a las 6:00 de la mañana y nos acostábamos a las 21:30. Vestíamos cuatro trapos mal tejidos, con una capucha grande que nos cubría todo el rostro y con una cuerda por cinturón. Con el resto de monjes sólo se podía hablar dos momentos al día y a cada uno se nos encomendaba una tarea. Yo era el bibliotecario, mi labor consistía en mantener bien limpia la biblioteca y clasificar libros, el resto del tiempo lo dedicaba a leer. Y leí tanto como creo que nadie lo haya hecho a esa edad. Los inviernos eran muy fríos, y el airecillo helado de la montaña nevada penetraba por los resquicios de las viejas y pequeñas ventanas de las celdas. Yo me acurrucaba como podía en mi vieja cama, que era más incómoda que dormir en el suelo, para aguantar el frío. El interior del monasterio era oscuro y no contábamos con electricidad. Comíamos poco, porque la tierra que cultivábamos no daba más. En fin, no me voy a poner a contar la infinidad de miserias que pasábamos los monjes de aquel santo lugar. El caso es que pasé allí seis años de mi vida rezando, dando largos paseos por el bosque colindante al monasterio, leyendo, limpiando, estudiando la carrera de económicas y pasando muchas calamidades. Al final, después de comprobar la mucha fe que pueden tener algunos hombres, y de caer enfermo porque mi débil cuerpo no aguantaba más aquellas estrecheces, decidí abandonar el convento y la Orden. Ahora que ya cuento con una vida normal, que resido en una ruidosa ciudad y que he conocido los sábados noche, el sexo y el amor, siento que aquella otra vida fue la que realmente me enseñó todo lo que merece la pena ser aprendido en este mundo.