Mi cara es todo un poema mientras la profesora da la clase. Antes explicó para qué sirve cada signo de puntuación y ahora cómo ordenar los elementos de una oración.
—Hay un truco muy sencillo para saber cuál es el sujeto en esta frase. ¿Alguien lo sabe? —pregunta la buena mujer.
Silencio en el aula. Pasan los segundos, más bien se estiran como un chicle pegajoso y nadie abre la boca.
—El sujeto siempre concuerda con el verbo —respondo.
Mira que hay cursos y me ha tocado el de... redacción. Así va todo. Lo único que alivia tantas horas muerto de asco es que, como de costumbre, las mujeres son una aplastante mayoría en clase. El ejercicio que toca ahora es pasar oraciones de la voz pasiva a la activa y viceversa. Putamadre.
Es preferible perder el tiempo con cualquier otra cosa, por ejemplo mirar los pies de la compañera de al lado. Pequeños y gráciles, calzan sandalias. Sonrío, lástima que no tenga un móvil con cámara para hacerles unas cuantas fotos. No es que me vayan esos rollos raros, pero seguro que algún parafílico me lo agradecería si se las enviase.
Todo se hace igual aquí, con los pies, que no son ni pequeños ni gráciles, en esta enorme casa de putas. No dejo de pensar en las últimas notas. Un
examen que no tuve tiempo de preparar, difícil de cojones, voy y lo apruebo y esa puta prueba tiradísima no la supero. Cualquier mongo la pasa sin problemas y a mí me han dado bien por el saco. Así que oficialmente soy un inútil, tan inútil que necesitan que haga ya aquello que acaban de decir que no soy capaz de hacer.
La clase es un coñazo, si seguimos así, el próximo ejercicio será pinta y colorea. Si la cara es el espejo del alma, la mía ahora mismo es negra como el culo de Bill Cosby. Hay que hacer algo para no morirse de asco. Pillo un par de folios y comienzo a... redactar.
Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate
I
—Quiero que te comportes. Nada de política o temas profundos, a no ser que los saquen ellas, ¿de acuerdo? Y no intentes nada, no vayas en ese plan —dice R.
—Que sí, hombre, que sí. Que no soy ningún gañán, como si no me conocieras... —respondo.
R. cena esta noche con unas conocidas suyas, son bibliotecarias o algo así y también alguna que otra estudiante de historia, a las que ha dicho que traería un amigo suyo, o sea yo. Sólo somos dos rabos en la mesa, el resto son tías. Putamadre. Ya me ha dado referencias de ellas previamente: una, Phoebe, rompió hace poco con el novio y va detrás de él, las demás tienen maromo, aunque eso no les impide a un par de ellas ponerles los tochos con frecuencia. Excelente, como diría el sr. Burns.
Tendría que haber cagado antes de salir de casa, pero se me olvidó con las prisas. Ahora ya es tarde, habrá que aguantar.
Pues eso, estamos departiendo alegremente en la mesa. ¿Otra botella de vino? Venga. “R., nos ha hablado de ti”, dice Phoebe. Bueno, no se llama así, pero es igual de despierta que el personaje de Friends, de ahí el apodo que le he puesto. Sí, él también ha hablado de vosotras, dice que os pasáis el día poniéndolo verde, que sois más vagas que la chaqueta de un guardia y que, a Dios gracias, la mayoría sois bastante putones.
Bueno, eso no se lo digo. ¿Dónde estábamos? Ah, sí.
—R. nos ha hablado de ti. ¿Tú eres el que ha salido en varios...?
—Joder, anda que se calla algo éste también. Sí, es cierto que he estado —respondo algo ruborizado y con modestia.
Ruborizado por el vino, no porque haya salido el tema, y la modestia es falsa, por supuesto. Me gusta que me pregunten por esos quince minutos, me halaga que saquen el tema a colación. Les he sacado bastante rendimiento, uno debe hacer lo que puede con lo que tiene, es uno de los pequeños trucos que sirven para captar la atención y pasar a la Fase 1.
Fase 1: “Tienes algo especial, destacas entre la gente”.. Más o menos es lo que suelen decir siempre. Con suerte pasamos a la
Fase 2: Eres un 2.a) sol 2.b) encanto 2.c) caballero. Aunque las mujeres tienen una verborrea prodigiosa (no callan ni debajo del agua) siempre escogen una de esas tres opciones. Ya podrían variar de vez en cuando y cambiar de palabra. Siempre dicen lo mismo. Miento, si se quedan en la fase 0, lo opción que pulsan es 0.a) hijoooputaaaaaa o 0.b) cabrón. Pero como tenemos suerte pasamos a la
Fase 3: Donde siempre dicen lo mismo. “Me sorprendes, te creía de otra manera, no te imaginaba así, ji ji ji”. El ji ji ji es importante, indica que la sorpresa ha sido agradable y con un poco de suerte y algo de tiempo pasamos a la
Fase 4: Donde quienes dicen siempre lo mismo son los muelles del somier, ji ji ji.
¿Dónde estábamos? Ah, sí.
Recuerda, nada de soltar rollos y menos hablar de política. Mucha Facultad de Letras y mucha Historia y luego, como todas, adictas al Tomate. Yo no es que lo vea, pero si no hay otra cosa... Estamos en los postres (¡qué bueno el pastel de chocolate!) y quieren jugar a algo.
—Éste es lo peor. Nunca juguéis al Trivial con él si no queréis acabar hundidas en la miseria —advierte R. entre sonrisas. Y pienso ¿qué tiene de malo el strip-trivial, gñe?
—Juguemos a las películas —propone una.
Huh, no sabes dónde te has metido. Las tres que propongo son “El discreto encanto de la burguesía”, “Kramer contra Kramer” y
“El furor de la codicia”. El equipo rival quiere jugar duro, sólo necesito dos pistas para adivinar “Todos los hombres del presidente”.
Alguna se queda impresionada, por supuesto eso no significa nada, pero algo es algo. ¿Este tío es de verdad? Sí, es algo que también suelen decir de vez en cuando.
Soy el único pringuetis que trabaja al día siguiente, R. y las chicas tienen fiesta, así que mi intención es ir a la cena, ser encantador y volver a casa.
Salimos del restaurante, quieren ir de bares. Tendría que irme a casa, pero están tan buenas... Una cervecilla en el primero y luego me iré a casa, que mañana tengo que trabajar.
Beso, verdad o pregunta. Estamos en el segundo o tercer bar, jugando ahora. Creo que trabo un poco la lengua y tengo la voz pastosa cuando hablo con la rubia teñida que se quedó algo impresionada con las películas, pero tampoco está ella en muy buenas condiciones. Yo pediría beso siempre, pero empezar a dar lengüetazos a las primeras de cambio a unas desconocidas no es algo muy sutil así que opto por verdad.
—¿R. te ha hablado de nosotras?
—Sí.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que sois bastante majas
—Ohhh, tienes buenos amigos, R. No sueltan prenda.
Salimos a la calle. Phoebe mueve los labios y dos o tres segundos más tarde me llega su voz. Llevo una considerable torrija, el alcohol me ha dejado sordo (y lo próximo será volverme ciego) y solo puedo pillarle palabras sueltas: “cuatro meses sin”, “sequedad”. Lo suficiente para darme una idea de lo que está hablando y soltar un disimulado bufido que viene a significar “vaya tela, ésta tiene más peligro que una caja de bombas”.
—¡Cómo ponemos la antena, eh, Juvenal! —suelta Phoebe, con la sonrisilla.
—La... an-tena... siempre está... pues-ta, quelosepasss —respondo.
Si no me equivoco está es la que va detrás de R. Toda suya. La rubia teñida está muy buena. Tiene problemas con el novio, la pobrecilla. Lo siento en el alma. No haré nada, ahora bien si ella quiere hacer algo, no seré yo quien se o-pooonga.
Vale, sí, soy lo peor. Ya tendría que haberme ido. Ahora quieren ir a bailar a (...). Total, ya estoy hecho polvo, no voy a descansar nada, así que decido empalmar con el curro. Vamos a bailar a (...). Tira más pelo de coño que maroma de barco.
Bueno, pues allí estamos todos bailando. R. me lleva aparte.
—¿Qué fue lo que hablamos? Be careful. Nada de intentos.
—Que sí, hombre, que tengo cuidado. No le estoy tirando los trastos a ninguna.
—No me hagas quedar mal o no te vuelves a ver en otra así. Te lo pido por favor.
—Vale, vale.
No sé muy bien cómo ni cuándo, pero la rubia y yo estamos pegados. Noto su aliento en mi cuello. Creo que tengo las manos en su culo y ella debe notar lo entusiasmado que me pone, supongo. Vale, sí, soy bastante cutre. Un par de veces le susurro al oído: “Eres preciosa”.
Eres preciosa y me estoy meando. Tengo que ir al lavabo. Tardo sólo cinco minutos, aunque el resto del mundo piense que es media hora. Salgo y vuelvo para allí. Ahora sí que ya no veo un carajo y todo me da vueltas. Sordo y ciego. Las tías tampoco es que vayan mucho mejor.
¡Un momento! Aquí falta gente. ¿Dónde se han metido R. y la rubia teñida? Hahahahahaha, qué cabrón. Cagonlaputa, también no podía haberse pillado otra, no.
Claro que somos tan cortos que no nos damos cuenta de que ha sido ella la que ha escogido, no al revés.
Salimos, ya amanece.
—¿De verdad te vas ahora a currar? —dice una—. Yo me piraría a casa y que le den mucho por culo.
—Ya lo he hecho otras veces, tampoco es tan raro, ¿no?
No, no es raro. Lo he hecho varias veces; cuando deje de hacerlo, sabré que estoy muerto. Lo que no le cuento es que mañana, bueno que ya es hoy, es mi primer día en el nuevo puesto. Vamos que voy a ir con la caraja después de una noche de fiesta a la toma de posesión. Eso sí que no lo había hecho nunca. Nadie se lo creería.
II
Antes de ir al nuevo destino, paso por casa y me cargo de café. Sólo me cambio de camiseta y me echo litros de colonia para quitar la peste de tabaco. Me pongo a hablar solo delante del espejo para que las palabras salgan fluidas y no parezca, más de la cuenta, un mongo. Que al menos pueda vocalizar. Y salgo pitando.
Llego a la dirección indicada y me da un mal pálpito. El anterior edificio en que estuve era una mole imponente de cristal y acero en pleno centro financiero, que conservaba el olor de nuevo todavía y el de ahora es cutre y miserable, literalmente se cae a cachos, diminuto y desvencijado. Subo las escaleras, estrechísimas. A las paredes les falta una mano de pintura. Todo lleno de desconchones. Te cagas. Pasaje del terror.
Entro y le pregunto a una compañera.
—Mejor que no me preguntes nada. Renuncio y me voy mañana.
Busco el despacho del jefe. Me saluda amablemente. He sorteado las cajas atestadas por los pasillos, por donde apenas puede moverse nadie, todo está lleno de trastos. Ya tengo la mosca tras la oreja. Estoy viendo el percal y me temo lo peor.
Lo típico, los formalismos, fírmame aquí, fírmame allí. Todo perfecto. Dije que vendría a currar y aquí estoy. Parece que fue hace mil años cuando estuve con la rubia y el resto de la gente y apenas han pasado dos horas.
Soy un tío serio y responsable que te cagas. Al jefe se le ve buen tipo, amable. Es el capitán y sabe que el barco hace agua. Tiene que poner todo de su parte para que los marineros no deserten.
—Bueno, tú te encargarás de (...). Ven, que te enseño el sitio.
Pilas y pilas de papeles, de todas clases y tipos. Atiborran la mesa, llenan el armario hasta los topes. Todo en el más completo desorden. La Pesadilla.
Lo primero que pienso es que estoy muerto y he ido al infierno, lo segundo que acabo de zambullirme en una piscina llena de mierda y que he largarme de allí cuanto antes.
“Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis”. Deberían esculpir esas letras en el umbral, antes de entrar en mi madriguera. Me la han clavado hasta el fondo y voy a ser parte de ese coro de almas en pena. Acabo de descender al inframundo, me cago en mi calavera.
Mi cerebro, con todo y ser prodigioso, no puede procesar tal cantidad de mierda. Mierda, más mierda, mierda a raudales. Es aquella escena de “El resplandor”, sustituyendo la sangre por...mierda.
Estoy aturdido, intentando digerir todo lo que se me viene encima.
Otra vez a empezar de cero, tendré que aprender del veterano. El veterano lleva una semana y también está con la mierda hasta el cuello.
—Bueno, aquí cómo lleváis el tema del correo. ¿Quién se encarga?
—Nadie. Hace meses que no está cubierto. Dicen que pronto nos enviarán a alguien.
Putamadre. Mi particular Virgilio no se da cuenta de un ruidito. Yo sí, es el que han hecho mis pelotas al caerse al suelo. Esto no puede ser real. Tiene que ser un episodio de “La dimensión desconocida”. Esos tochos, esos rimeros de expedientes... ese mar de papel aloja un kraken que me va a meter sus tentáculos uno tras otro por todos los orificios del cuerpo. Me va a devorar y me va a cagar una y otra vez.
No sé ni por donde empezar. Estoy a-tur-di-do. Mamá, miedo.
A las 10 llamo a R.
—¿Qué pasa, neng? ¿Te he despertado?
—Sí.
—Pues te jodes, llamaba expresamente para eso. Estoy currando como un cabrón... ¿Al final te liaste con ella?
—Sí. Tío, a las mujeres no hay quien las entienda. Se pasa todo el día rajando de mí y luego va y me folla. ¿No te habrás mosqueado, verdad?
—No, hombre, quee vaa —espero que no suene muy falso.
—Ya hablaremos —y cuelga.
La madriguera que me han asignado se puede definir con una sola palabra: Insalubre, como el resto del puto edificio. Son los papeles o yo, no hay sitio para los dos. Decido darme una vuelta para familiarizarme con el lugar y conocer al resto de mis compañeros de infortunio.
Esto está completamente reventado y no hay Dios que lo levante. Por ahora estoy mirando cómo trabaja una compañera para tratar de aprender algo, la observo un poco apartado y veo cómo se le acerca un criajo con pinta de estar cabreado.
Nombre: Puto. Primer Apellido: Criajo. Segundo apellido: De Mierda.
Quiere que lo atiendan cuanto antes, lleva un papel en la mano y me da la impresión de que se está poniendo algo farruco. Intenta amedrentar a la buena mujer, que hace lo que puede con lo que tiene..
Tengo dos opciones. Recuerda, es el primer día. No la has liado en meses. Be careful. Ful.
—Déjeme que le atienda —digo, optando por la primera.
Siempre trato de usted aunque sea a un palurdo al que no tocaría ni con un palo. Le hablo con respeto, le pido la hoja que lleva. La leo, que es algo que el borderline no ha hecho, fijo, y se la traduzco a palabras que una mente simple como la suya pueda entender. Se tranquiliza y se marcha por donde ha venido.
Por ahora, estamos salvando los muebles. No tengo ni zorra. Me siento como un ciego guiando a otros ciegos.
Procuro evitar la segunda opción, no porque no me guste, al contrario, sino porque supone quitarse por un momento la máscara de cera y que todo el mundo vea un rostro asqueroso y sólo me la quito cuando me inflan mucho las pelotas, cosa que raramente sucede.
Soy un tipo calmado que te cagas.
Si la gente es lista, sabría que con la segunda opción le estoy buscando expresamente las cosquillas, que mi pluma es más poderosa que su espada y que está jugando fuera de casa y con el árbitro en contra. Ahora bien, la gente es idiota y pasa lo que pasa.
Y después de eso se acercaría la compañera y diría algo que también suelen decir siempre.
—Joder, acojonas.
Sigo trabajando. Esto es como cortar la cabeza de una hidra con un cuchillo sin filo y con una mano atada a la espalda. Cortas una y crecen cuatro. Pero a pesar de todo hay que hacerlo. En el fondo sabes que tienes que hacerlo.
Soy un tipo sentimental que te cagas. Siempre positifo, nunca negatifo.
Se oye la voz de un hombre. No sé si en el piso de arriba o en el de abajo. Oigo sus chillidos, alaridos, súplicas. Todo entremezclado. Estoy solo en la madriguera, haciendo lo que puedo, que por ahora es intentar ordenar el caos.
—Joder, ¡cómo está el patio! —me digo. El cabrón de los chillidos no calla ni debajo de agua.
—El patio está como siempre —me respondo—. Que parece que te hayas caído de un guindo. Estabas acostumbrado a la buena vida y ahora... no sabes por donde te están llegando tantas hostias, ja ja ja. Reconócelo, soy un poco cabrón
Como cada día, al anochecer R. y yo vamos a correr unos cuantos kilómetros. La cuesta empinada al final del circuito es matadora. El chute diario de endorfinas.
Estoy tumbado en la cama, con el cuerpo baldao después de la panzá de correr que me he metío. No logro dormirme.
No dejo de pensar en todos esos folios que me esperan, no es papel, es carne y hueso y sangre. Y no puedo dejar de escuchar al hijoputa de los chillidos. Porque, pese a todo, me importa.
Cuando deje de importarme, sabré que estoy muerto.