Zorras horrendas de España

Yo una vez me pedí una fabada asturiana en un pueblo en verano y me quejé al dueño por no poner el aire acondicionado porque estaba suando como un pollo y me dijo que eso allí era así, en lugar de sal se utilizan los churretones del sudor propios (o ajenos según el gusto) para salar el plato. Esfamiáus d'enriba se llamaba el pueblo, o algo así, no macuerdo muy bien.
 
Editado cobardemente:
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Que a ti te da igual el frío o el calor, tú te quejas de eso porque eres tan garrulo que de la anécdota haces norma.
Si no hubiese sido eso hubiese sido que no te pusieron la tostada en pan de no sé qué o que los churros no se cuantitos o cualquier cosa.
Lo capital para ti era fijarte en pequeños detalles que te reforzasen en la idea de que tú eres superior a esos madrileños absurdos para aturdir tu mente de esa sensación de complejo tan poderosa que tenías
Ummmm....

:uhmmm:
 
En mis años en la Sagra conocí a poca gente buena allá pero la verdad es que la poca gente buena que conocí allí rozaban la perfección cristiana. De las mujeres pocas guapas pero las que lo eran te deslumbraban por su donaire y gracia.



Llegué a Magán recién salido del seminario a hacerme cargo de la parroquia en el año de 1589. Cuando conocí a aquella hermosa flor de La Sagra no pude adivinar el mal hado que llevaba encima. Sara era joven, menos de veinte años. Tenía el cabello caoba, del color de las hojas en otoño, y lo llevaba arreglado en un peinado complejo debajo de un tocado negro y dorado. Sus ojos eran de color ámbar, luminosos, radiantes, cálidos, como si todo el mundo estuviera frío y aquellos ojos fueran el último calor que le quedara a un hombre. Se cubría con un vestido negro de un tejido transparente que insinuaba todo sin revelar nada. Se movía con estudiada gracia y en aquellos ojos había una expresión enterada, un conocimiento de secretos que ningún otro mortal poseía.



Resultaba inquietante. Peligrosa.



Habría querido girar sobre mis talones y alejarse con indiferencia, pero me quedé mirándola fijamente, fascinado, incapaz de moverme.



La pasión entre ambos creció de forma rápida y esa misma tarde yacimos juntos.



Su cuerpo era suave y mórbido, y antes de saber qué hacía o cómo lo hacía, me encontré con las manos debajo de su vestido, acariciando la cálida y desnuda piel. Emitió un quedo gemido y sus besos se hicieron más intensos.



—Mi cuarto está aquí al lado —susurró ella mientras rozaba mis labios con los suyos.

—Esto no está bien —dije, pero yo, joven sacerdote por aquel entonces, fui incapaz de apartarme de ella. Me rodeó con los brazos y apretó su cuerpo contra mí. —Esto es la vida y no la estéril castidad que sigues—me dijo. Me condujo a su dormitorio.

La pasión duró toda la noche. Nos amábamos, dormíamos y despertábamos para volver a amarnos. Jamás había tenido antes relaciones sexuales, jamás había vivido tales arrebatos de gozo. Jamás me había sentido tan vivo y quería que esa sensación no acabara nunca. Desperté al alba, a la alborada de la primavera. La encontré a mi lado, apoyada en un codo y mirándome mientras su mano pasaba suavemente por su cabello o por su pecho.



A lo largo de los años —¿o son siglos?— experimenté maravillas que pocos, o nadie, han sentido jamás. Mi vida terrena desapareció y me convertí en el corazón de la gran encina solitaria de Valmojado y agité mis ramas con salvaje alegría en medio de tormentas sombrías y cegadoras. Me convertí en un guijarro del fondo del arroyo Overa y vi pasar el mundo. Fui una nube del cielo y oí el latido del universo. Pero, por alguna razón, no me bastó. Le dije al espíritu del árbol que quería regresar.



Un día Sara se encogió de hombros y me condujo hasta una fuente mágica.

—Mira el interior de la fuente y verás todo lo que quieres saber.

Me incliné ansioso para mirar en el fondo de la fuente. En las aguas oscuras se reflejaban imágenes de ruinas. Ruinas de ciudades atravesadas por un viento helado. Ruinas de territorios carentes de vida. Tierras donde seres de formas extrañas deambulaban a placer. Era ya el año 2020 y el miedo había transfigurado de modo absoluto La Sagra.



Finalmente me aparté de la fuente.



—Ya he visto bastante. Se han destruido a sí mismos librando guerras sin sentido. Este ha dejado de ser un lugar en el que quiera vivir. No puedo regresar. Si me aceptas, me quedaré contigo para siempre.



Sara me sonrió y me sentí raro, diferente.



Bajé la mirada y descubrí que mis manos estaban cubiertas de corteza. Mis piernas se habían convertido en troncos. En algún lejano rincón de la mente senti que debería preocuparme, pero no fue así. Emití una risa como de hojas susurrantes. Tomé la mano de Sara, di la espalda al mundo humano y condené mi alma para siempre.



No vayáis a La Sagra hijos míos.



Tan cerca de Madrid, tan lejos de Dios.
 
Excepto que no es zona horrenda. Que lo hayan colonizado los moros es más trágico que otra cosa.
Ésa es otra. Y muy dolorosa, ver como lugares maravillosos se pervierten y te acuerdas de Jesús con su látigo en el mercado. Ya podrían irse a sitios horrorosos de los cientos que hay, pues no, todos juntitos a la luz, como las polillas.
 
En mis años en la Sagra conocí a poca gente buena allá pero la verdad es que la poca gente buena que conocí allí rozaban la perfección cristiana. De las mujeres pocas guapas pero las que lo eran te deslumbraban por su donaire y gracia.



Llegué a Magán recién salido del seminario a hacerme cargo de la parroquia en el año de 1589. Cuando conocí a aquella hermosa flor de La Sagra no pude adivinar el mal hado que llevaba encima. Sara era joven, menos de veinte años. Tenía el cabello caoba, del color de las hojas en otoño, y lo llevaba arreglado en un peinado complejo debajo de un tocado negro y dorado. Sus ojos eran de color ámbar, luminosos, radiantes, cálidos, como si todo el mundo estuviera frío y aquellos ojos fueran el último calor que le quedara a un hombre. Se cubría con un vestido negro de un tejido transparente que insinuaba todo sin revelar nada. Se movía con estudiada gracia y en aquellos ojos había una expresión enterada, un conocimiento de secretos que ningún otro mortal poseía.



Resultaba inquietante. Peligrosa.



Habría querido girar sobre mis talones y alejarse con indiferencia, pero me quedé mirándola fijamente, fascinado, incapaz de moverme.



La pasión entre ambos creció de forma rápida y esa misma tarde yacimos juntos.



Su cuerpo era suave y mórbido, y antes de saber qué hacía o cómo lo hacía, me encontré con las manos debajo de su vestido, acariciando la cálida y desnuda piel. Emitió un quedo gemido y sus besos se hicieron más intensos.



—Mi cuarto está aquí al lado —susurró ella mientras rozaba mis labios con los suyos.

—Esto no está bien —dije, pero yo, joven sacerdote por aquel entonces, fui incapaz de apartarme de ella. Me rodeó con los brazos y apretó su cuerpo contra mí. —Esto es la vida y no la estéril castidad que sigues—me dijo. Me condujo a su dormitorio.

La pasión duró toda la noche. Nos amábamos, dormíamos y despertábamos para volver a amarnos. Jamás había tenido antes relaciones sexuales, jamás había vivido tales arrebatos de gozo. Jamás me había sentido tan vivo y quería que esa sensación no acabara nunca. Desperté al alba, a la alborada de la primavera. La encontré a mi lado, apoyada en un codo y mirándome mientras su mano pasaba suavemente por su cabello o por su pecho.



A lo largo de los años —¿o son siglos?— experimenté maravillas que pocos, o nadie, han sentido jamás. Mi vida terrena desapareció y me convertí en el corazón de la gran encina solitaria de Valmojado y agité mis ramas con salvaje alegría en medio de tormentas sombrías y cegadoras. Me convertí en un guijarro del fondo del arroyo Overa y vi pasar el mundo. Fui una nube del cielo y oí el latido del universo. Pero, por alguna razón, no me bastó. Le dije al espíritu del árbol que quería regresar.



Un día Sara se encogió de hombros y me condujo hasta una fuente mágica.

—Mira el interior de la fuente y verás todo lo que quieres saber.

Me incliné ansioso para mirar en el fondo de la fuente. En las aguas oscuras se reflejaban imágenes de ruinas. Ruinas de ciudades atravesadas por un viento helado. Ruinas de territorios carentes de vida. Tierras donde seres de formas extrañas deambulaban a placer. Era ya el año 2020 y el miedo había transfigurado de modo absoluto La Sagra.



Finalmente me aparté de la fuente.



—Ya he visto bastante. Se han destruido a sí mismos librando guerras sin sentido. Este ha dejado de ser un lugar en el que quiera vivir. No puedo regresar. Si me aceptas, me quedaré contigo para siempre.



Sara me sonrió y me sentí raro, diferente.



Bajé la mirada y descubrí que mis manos estaban cubiertas de corteza. Mis piernas se habían convertido en troncos. En algún lejano rincón de la mente senti que debería preocuparme, pero no fue así. Emití una risa como de hojas susurrantes. Tomé la mano de Sara, di la espalda al mundo humano y condené mi alma para siempre.



No vayáis a La Sagra hijos míos.



Tan cerca de Madrid, tan lejos de Dios.

Pero te quieres callar ya de una puta vez con la puta Sagra, anormal.
 
El Batán es una zona terrible de Madrid, además los forasteros han de tener mucho cuidado porque el navegador por ahí, por la carretera de Extremadura, vayas donde vayas, justo al pasar por Batán deja de funcionar como si fuera una especie de triángulo de las Bermudas te mete para el Batán.
Yo me he dejado dirigir al Batán y he dado mil vueltas por allí a lo tonto pensando en esto que os digo. Una y no más, claro, pero es un lugar donde el infortunio se cierne en cada esquina, bajo cada balcón, al lado de cualquier bar, en cada curva, en cada intersección. Es un sitio oscurísimo.
 
El Batán es una zona terrible de Madrid, además los forasteros han de tener mucho cuidado porque el navegador por ahí, por la carretera de Extremadura, vayas donde vayas, justo al pasar por Batán deja de funcionar como si fuera una especie de triángulo de las Bermudas te mete para el Batán.
Yo me he dejado dirigir al Batán y he dado mil vueltas por allí a lo tonto pensando en esto que os digo. Una y no más, claro, pero es un lugar donde el infortunio se cierne en cada esquina, bajo cada balcón, al lado de cualquier bar, en cada curva, en cada intersección. Es un sitio oscurísimo.

Mucho te acercas tú por zonas como esas. A lo mejor, Freudianamente, querrías que te pasase algo, jejeje
 
Mucho te acercas tú por zonas como esas. A lo mejor, Freudianamente, querrías que te pasase algo, jejeje
A mí me encanta tener que ir a los sitios e ir donde tengo que ir. Pero a el Batán llegué por el triángulo ese de las bermudas ese que os cuento. Así es. Yo iba más lejos y el navegador me metió ahí. Entré, conduje dando vuwltas con los pelos de punta y enseguida (aunque me pareció una eternidad y quizá se quedara la parca en el coche) salí otra vez a la carretera de Extremadura. Me pareció como una hora o una vida. Unos 25 minutos me tiré por allí ya sabiendo que no, pero ensimismamiento. Es bonito a su manera.
 
Dakilla, si eres un tío y nos estás contando que la primera vez que fuiste a putas te extraviaste por la zona de dice y punto
 
No se si habra salido, pero recuerdo mi estancia por Hellin. Aquello era como estar en el pueblo del Resident Evil 4 pero sin escopeta para defenderte de los aldeanos.
 
Neguri, getxo

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Bajo esa fachada de arquitectura modernista de principios del siglo XX, esconde una sociedad endogamica, puritana y añora la Belle epoque de la burguesía vasca que se mudó gracias a la ETA y la crisis industrial de los 80 a Mandril. Es como Innsmouth básicamente.
 
No se si habra salido, pero recuerdo mi estancia por Hellin. Aquello era como estar en el pueblo del Resident Evil 4 pero sin escopeta para defenderte de los aldeanos.

hijoputa :lol: :lol: :lol: :lol:

Siempre me dio la sensación de que aquel pueblo estaba en Lugo provincia norte: por el nivel humano de las gentes (poseídas o no) y la proximidad con la costa.
 
Neguri, getxo

Ver el archivos adjunto 208882

Bajo esa fachada de arquitectura modernista de principios del siglo XX, esconde una sociedad endogamica, puritana y añora la Belle epoque de la burguesía vasca que se mudó gracias a la ETA y la crisis industrial de los 80 a Mandril. Es como Innsmouth básicamente.

Todo bien.
 
Estoy en lo cierto o no? La podredumbre muchas veces no se percibe hasta que rascas la superficie. Baracatown, Zorroza, Sestao, yes pero Algorta pota y uri uri los humos pa Neguri.

Mientras sea una zona de alto valor arquitectónico, bien cuidada y funcional, las gentes que vivan en ella me son totalmente secundarias.
 
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