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«El Manifiesto», contra la mierda

«El Manifiesto», contra la mierda

Juan C. García

La revista El Manifiesto ha desparramado, a rebufo de la algarada mediática de ese aquelarre atroz que atiende por “Arco”, un haz de verdades como puños sobre las cosas que por ahí pululan bajo la vitola de arte y que, por una coincidencia que no puedo dejar de celebrar, el editorialista y el abajo firmante llamamos, simple y llanamente, mierda.

Efectivamente, gran parte de las páginas de esta segunda entrega de una publicación que jamás me cansaré de recomendar, está dedicada a rasgar los velos de la estulticia que, prácticamente sin dejar resquicios, asfixian los escasísimos jirones de sentido común que aún sobreviven.

Vivimos —presuntamente— en la sociedad de la imagen y la belleza. Sin embargo, nuestro mundo opulento es infinitamente más raquítico en imaginación —y, obviamente, en imágenes— que cualquier civilización que nos precedió. Y, si de belleza se trata, ésta no pasa de ser una mera alabanza a base de vidrio, cemento, sprays y siliconas hacia el mezquino ulular del burgués en su viaje a ninguna parte. El sueño de la razón —ya no queda la menor duda, a estas alturas, de que el genio de Fuendetodos tenía razón— produce monstruos.

Abre el número El Manifiesto un bien trabado editorial titulado “El rey está desnudo. Es repelente... Pero todos lo visten”, que no es otra cosa que una reflexión en voz alta de su director —Javier Ruiz Portella—, que da paso al grueso de trabajos sobre el tema en cuestión: Kostas Mavrakis (“Cuando se está en el vacío, ahí se queda uno: ex nihilo nihil”), Eduardo Arroyo (“La decadencia del arte occidental”), José Javier Esparza (“Los ocho pecados capitales del ‘arte contemporáneo’”), Jesús Laínz (“El destierro de la gran música”), Herminio Andújar (“La emboscadura de lo bello. Breve historia de una prohibición vulnerada”), Ilia Galán (“La humanización del arte”), Jean Baudrillard (“Ilusión y desilusión estéticas”), y Javier Díez Galán (“La literatura en español hoy frente a los clásicos”). No dejan, ciertamente, títere con cabeza.

Una entrevista —entre otras informaciones de interés— de Ruiz Portella a un Albert Boadella sin pelos en la lengua, hace las veces de guinda. Entre otras cosas, el polémico actor catalán afirma: “...no cabe duda de que lo que se entiende por ‘arte contemporáneo’ constituye un retrato magnífico, sumamente exacto, de nuestra época: el mejor, el más maravilloso de todos los ‘retablos’ de hoy. Es el que realmente Cervantes habría hecho. Se trata de un retablo compuesto de mamarrachadas, convertido en un fabuloso negocio en el que se juegan substanciosas sumas de dinero negro. Todo esto, hay que reconocerlo, tiene un mérito extraordinario. Es propiamente prodigioso que, haciendo lo que hacen, consigan no sólo venderlo, sino hacerse pasar por auténticos genios. La perversidad comercial del asunto es realmente deslumbrante, fantástica. [...] creo que se ha producido un voluntario retroceso a unas formas primitivas: el artista se ha vestido de salvaje para ir a vender sus productos en la rica tribu del Tío Sam. Ello ha ocurrido por que, para camuflar la falta de talento, lo han descodificado todo, rompiendo con cualquier tradición y mitología [...] en muy pocos años España ha liquidado los vestigios quijotescos de sus gentes y paisajes. Se puede decir que, con el fin del franquismo, concluye también la inducción al quijotismo, todo el prestigio derivado de la ética quijotesca. Y es indudablemente nuestra generación, la de los ‘progres’, la que se lo ha cargado en el corto plazo de veinte años. Fíjate, cuando en mi juventud leí la novela, todavía encontraba referentes quijotescos a mi alrededor, mientras que ahora, al hacer una nueva lectura, no me queda más remedio que recurrir a la memoria: todo forma ya parte del pasado. Incluso España está a punto de desaparecer...”.

Llamo la atención, por último, sobre el Manifiesto transgótico —págs. 75-77— que supone un feliz contrapunto entre la pachorra de la casta cultural-funcionarial, de un lado, y la carcoma del agit-prop socialdemócrata, de otro, y que es signo de que algo empieza a moverse más allá de los burladeros de la resignación.

Y toda esta munición, por tan sólo siete euros.

Juan C. García
23.III.2005


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