El Verruga es el típico garrulo maltratado y muerto de hambre en la niñez por un padre borracho y una madre tonta y analfabeta, nacido en un pueblucho salvaje dejado de la mano de Dios y alejado de cualquier atisbo de civilización. Carece de cualquier instrucción y lo poco que ha aprendido lo ha sido siempre sobre la marcha, a base de molidas a palos, aprendiendo de la rudimentaria manera de supervivencia de otros seres parecidos a él y no menos miserables, en alma y habilidades.
Vive como un animal; huraño, irascible, de una lógica básica, desconfiado, rabioso, envidioso y rastrero. Subsiste de la carroña que persigue desde que Aurora extiende sus rosados dedos hasta el ocaso, ennegrecido por el sol y con la lengua reseca, pegada al paladar. Su mirada es esquiva, huidiza, como si quisiera ocultar la escasa dignidad que pudiera albergar en sus podridas entrañas, pero no consigue evitar, aunque tan solo sea por segundos, arrojar el gran resentimiento y odio voraz que su alma vomita. Se alimenta como el perro al sol, rebozado en heces, que atado a una herrumbrosa cadena, apura del puñado de desperdicios que, de vez en cuando, tiene la fortuna de recibir.
Su asueto consiste en la visita a meretrices de la más baja estofa, reventadas y ojerosas, de piel porosa, desgastada y matriz podrida. No es capaz de mirarlas a la cara ni de hablarles por su irracional timidez, ni ellas lo han de desear, pero desahoga su frustración bajo una tenue luz roja que no es sino reflejo de su fracaso. Y así día tras día, hasta que, ahogado de su propia inmundicia, regrese a la tierra, nutricia de muchos, de la que nunca habría tenido que emerger.
El Verruga representa, en fin, lo más sórdido, despreciable y, con frecuencia, lo más disoluto del género humano.