Tertia autem die nativitatis Domini egressa est Maria de spelunca et ingressa est stabulum et posuit puerum in praesepio et bos et asinus adoraverunt eum. Tunc adimpletum est quod dictum est per Isaiam prophetam dicentem: "Cognovit bos possesorem summ et asinus praesepe domini sui". Ipsa autem animalia in medio eum habentes incessanter adorabant eum. Tunc adimpletum est quod dictum est per Habacuc prophetam dicentem: "In medio duorum animalium innotesceris". In eodem autem loco moratus est Ioseph et Maria cum infante tribus diebus.
"Al tercer día del nacimiento del Señor, María salió de la gruta y entró en un establo y acostó al Niño en un pesebre y un buey y un asno lo adoraron. Se cumplió entonces lo que había anunciado el profeta Isaías: 'El buey ha conocido a su dueño y el asno el pesebre de su señor'. Y estos mismos animales, que tenían al Niño entre ellos, lo adoraban sin cesar. Entonces se cumplió lo vaticinado por el profeta Habacuc: 'Te manifestarás entre dos animales'. Y José y María permanecieron con el Niño tres días en aquel lugar." (Evangelio del Pseudo-Mateo, XIV).
Así describe el Evangelio del Pseudo-Mateo, evangelio apócrifo de finales del siglo V, la popular escena del buey y el asno (la mula, en España) en el portal de Belén. Este evangelio, que pertenece al grupo de los llamados evangelios de la infancia, recoge una tradición que tiene su primera manifiestación iconográfica en un fresco del siglo IV, conservado en las catacumbas de San Sebastián (Roma), en el que se representa a esos dos animales arrodillados ante el Niño Jesús en ausencia de la Virgen y San José.
Algunos autores han querido ver en el buey, animal puro, la representación simbólica del pueblo judío, en alusión al becerro de oro, al tiempo que el asno, animal impuro, sería trasunto de la gentilidad pagana (ya sea porque los asnos estaban consagrados al dios griego Dionisos, quien puso un par de ellos entre las estrellas, o ya por el predicamento de que gozaba el paciente animal en el antiguo Egipto, donde un par de orejas de burro en la punta de un cetro de caña era una señal de realeza que llevaban todos los dioses dinásticos egipcios en memoria de la época en que Set, de orejas de asno, dirigía su panteón). En España, el asno cede su lugar a la mula, pues su condición de animal estéril, dizque por comerse las pajas del pesebre, conviene mejor con la escena de la Natividad que la tradicional rijosidad del burro.
Sin embargo, y contrariamente a lo que en buena lógica pudiera pensarse, la tradición del asno y el buey no nace del relato evangélico contenido en el Nuevo Testamento, que ni siquiera los menciona; surge de la interpretación alegórica de dos lugares del Antiguo Testamento: Isaías, 1, 3 y Habacuc, 3, 2.
En el primero, Yavé, por boca de Isaías, reprende a los israelitas su necedad y su ingratitud: "conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento". Y continúa diciendo: "¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de iniquidad, raza malvada, hijos desnaturalizados! Se han apartado de Yavé, han renegado del Santo de Israel, le han vuelto las espaldas" (Isaías, 1, 4). Por el contexto, se advierte que el texto nada tiene de profético; el autor sagrado se vale del símil de dos bestias caracterizadas por su ignorancia, como son el buey y el asno, para enfatizar aún más la impiedad e indiferencia del pueblo judío para con su Dios, el dios que le sacado de Egipto y le ha conducido a la tierra prometida. Será Orígenes (185-ca. 254), uno de los Padres de la Iglesia, el primero en otorgar carácter profético a este pasaje bíblico en relación con el misterio de la Natividad. En sus Homiliae in Lucam, comentando la palabra "pesebre" (φατνη) de Lucas, 2, 12 , trae a colación este lugar de Isaías, que en la traducción de los LXX, emplea idéntico vocablo: "Entonces se cumplió la palabra del profeta que dice: 'Conoce el buey, etc.'. El buey es un animal puro, mientras que el asno es impuro. El asno conoció el pesebre de su amo; no fue el pueblo de Israel, sino el animal impuro de los gentiles quien conoció el pesebre de su amo. 'Pero Israel no me entiende, mi pueblo no tiene conocimiento'. Entendamos nosotros esto, acerquémonos al pesebre, reconozcamos al Maestro y hagámonos merecedores de su conocimiento". Esta interpretación alegórica, que simboliza a los judíos en el buey y a los gentiles en el asno, reaparece luego en otros exegetas y Padres de la Iglesia como, v. gr., San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio y San Jerónimo, quienes vieron en estas palabras una profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios, a la Iglesia constituida por judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento; el Niño del pesebre les ha abierto los ojos para que reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.
Por su parte, la profecía contenida en Habacuc, 3, 2, in medio duorum animalium innotesceris, "en medio de dos animales, te darás a conocer", es fruto de un error que revela la importancia y trascendencia de la correcta acentuación de las palabras. El original hebreo de este pasaje, según la traducción de Nácar-Colunga, reza como sigue: "Yo, ¡oh Yavé!, oí tu mensaje; vi, Yavé, tus designios. Dalos a conocer, ¡oh Yavé!, en el transcurso de los años, manifiéstalos en medio de los tiempos. En la ira no te olvides de la misericordia". Como se ve, no hay rastro de los animales que se mencionan en la cita latina del texto. La razón de esta disparidad de versiones estriba en un error, ya de transcripción, ya de traducción al latín del texto griego de la Biblia de los LXX o Septuaginta, versión griega del Antiguo Testamento realizada por judíos alejandrinos entre los siglos III y I a. C. En el original griego de la Septuaginta puede leerse "ἐν μέσῳ δύο ζωῶν γνωσθήσῃ", donde ζωῶν, con acento circunflejo en la última sílaba, es genitivo plural de ζωή, "vida, existencia, tiempo"; la traducción correcta de la frase sería, por ende, "en medio de los dos tiempos, serás conocido". Si por error del copista o incuria del traductor, no lo sabemos; el caso es que el autor de la primitiva versión latina de la Biblia (Vetus Latina), anterior a la Vulgata de San Jerónimo, leyó "ἐν μέσῳ δύο ζῴων γνωσθήσῃ", donde ζῴων, con acento agudo en la penúltima sílaba, es genitivo plural de ζῴον, "animal y, en general, cualquier ser viviente", de ahí que tradujera "en medio de los dos animales, etc.". Este error ortográfico y de traducción, advertido por Eusebio de Cesárea (275-339) en su Demonstratio Evangelica, lib. VI, c. 15, y, oportunamente enmendado y corregido por San Jerónimo en su versión latina de la Biblia, la célebre Vulgata, (in medio annorum notum facies), se ha perpetuado, no obstante, a lo largo de los siglos, en la liturgia de la Navidad y todavía se canta en el oficio divino de la vigilia de Navidad el siguiente responsorio: O magnum mysterium et admirabile sacramentum ut animalia viderent Dominum natum iacentem in praesepio (¡Oh gran misterio y sacramento admirable, que los animales vieran al Señor nacido acostado en un pesebre!).
He aquí, pues, una hermosa leyenda, hija del error y la tergiversación de los textos sagrados, que se ha conservado viva hasta nuestros días merced a la tradición belenística inagurada brillantemente por Il Poverello en Greccio (Italia) allá por el 1223.