Hoy he tomado una decisión vital, después de pensarlo durante una semana. Ante la opción de prórroga voluntaria del contrato de arrendamiento, cuyos obligatorios cinco años ha cumplido (más tres anteriores, según la reforma de Rajoy), y pese a la oferta de mi inquilino de pagarme más, he dicho no.
Puedo tomar dos caminos: el de la vanidad por humillación (y encerrarme a estudiar aproximadamente dos años), o irme a vivir a Palermo, pongamos, un año, buscándome a una chinita y tener un hijo (opción fantasiosa).
En fin, como decía Classius Clay: "si tus sueños no te dan miedo, es que no son lo suficientemente grandes".