Gitanos gitaneando, ¡fight!

He conocido giptanos que se dedicaban a limpiar piscinas. Con sus furgonetas y sus robots que se meten bajo el agua una especie de coche teledirigido que te limpia el agua. Tienen sus gitanadas igual y sus triquiñuelas pero tenían algún empleo.
Sí, y yo a algunos que tenían una flagoneta con la que iban recogiendo cartón y chatarra, unos hermanos Mena (pyme) que hacían chapuzas a domicilio, y algunos conserjes.

Excepciones que confirman la regla; vestigios añejos cuyos retoños se dedican a vender droga al por menor mientras ven como panchis, moros, e incluso rumanos les pasan por la derecha a 150km/h a nivel de integración y esfuerzo.
 
Editado cobardemente:
La Gran Redada de 1749 fue una operación ordenada por el rey Fernando VI para detener y “asentar” a los gitanos en España. Considerados nómadas y fuera de la ley, miles fueron arrestados y enviados a prisiones, fortalezas y trabajos forzados, con familias separadas y condiciones duras. El objetivo era integrarlos forzosamente al orden social, aunque en la práctica predominó el castigo y la represión. La medida no resolvió los problemas sociales, generó sufrimiento y desconfianza, y quedó como un ejemplo histórico de persecución étnica y social, reflejando la mentalidad de homogeneización cultural de la época.
Fue aquella empresa, que algunos llamaron orden y otros destino, más propia de escribanos sin alma que de reyes con entrañas. Mandó Fernando, que en paz gobierne la memoria, poner asiento forzoso a gentes que tenían por patria el camino y por techo el cielo, como si el andar fuese delito y la diferencia, herejía.
Juntáronlos a lazo y decreto, separando padres de hijos y vidas de sus hábitos, creyendo que el hierro de la ley enderezaría lo que nunca estuvo torcido. Mas salió la cuenta al revés, que no hay cárcel que fabrique confianza ni trabajo forzado que enseñe lealtad. Quisieron hacerlos iguales por mandato, y lograron solo sembrar agravio.
Quedó así la Gran Redada escrita no como hazaña de buen gobierno, sino como aviso para venideros: que la uniformidad impuesta engendra rencor, y que más vale entender al prójimo que encajarlo a golpes en moldes ajenos. Porque quien persigue sombras acaba perdiendo la luz, y quien llama orden al castigo rara vez halla justicia.
 
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