Miras por el retrovisor de tu coche, ves llegar como una centella a dos motoristas y descubres, ya más cerca que son de la “Guardia Civil”.
Piensas instintivamente:
“¡¡Los papeles!! Si, los llevo ¿¿Uff!! Menos mall que , los llevo. A ver... todo en regla. Bueno, bien. Pero ahora que recuerdo.... ¿5 km atrás no puse el intermitente al volver a incorporarme a mi carril después de adelantar! No se, no se....”
Y mientras piensas, ves como te adelantan y se alejan con la misma celeridad con que aparecieron.
Lamentablemente no solemos valorar la labor de la Guardia Civil, y nos acordamos de ella en un accidente de tráfico en carretera, cuando algún mal nacido golpea tu coche y se va sin dejar siquiera una nota o cuando los chicos del pueblo me molestan con su música los fines de semana.
Estos son algunos ejemplos en los que los tenemos presentes o se les eche de menos.
Circunstancias en las que entran en contacto con los ciudadanos, pero ni que deir tiene que hay muchos momentos, más lugares y circunstancias, que gracias a Dios no conocemos, y en los que ojalá no nos encontremos nunca.
En la escena de un delito, en escenarios desagradables, en el trato con el último sicario y demás “perlas” de la sociedad, en un despacho sórdido y frio, donde se oyen unicamente puertas que se abren y se cierra, y algún que otro grito, que desde los calabozos el pobre infeliz profiere cuando comienzan a disipársele los efectos etílicos, culpando a todo ser viviente de ser el causante de la herida que lleva en la cabeza, sin acordarse de que se la hizo al no ver la señal de trafico con que se dio cuando ibas dando tumbos.
Pero recordemos algo que parece obvio:
El Guardia civil también tiene esposa, también tiene hijos, también tiene un hogar, se preocupa de llegar a fin de mes, del colegio del pequeño o de la hora de llegada e la hija mayor (sabe mejor que nadie lo que se pueden encontrar en las calles a ciertas horas)
A veces no se pueden despojar del mono de trabajo, lavarse las manos y quitarse la grasa incrustada en las uñas y en el corazón como si nada, al llegar a casa, y abrazar a tu hijo que te grita “papa, papa” cuando te ve entrar. A veces, poco antes la realidad puedes ser bien distinta.
Si. ¿Verdad que lo hacen bien? Nadie se lo dice. Tratan de que nunca se note que horas antes tenían delante a la muerte, que con sus manos levantaban del suelo el cuerpo sin vida de aquella mujer víctima de los malos tratos, o aquel chiquillo que se olvido ponerse el casco debido a las prisas que se suele tener a esa edad.
Ellos mismos callan, y guardan estas experiencias que son más que recuerdos a una zona de sombras. Pero sus miradas les delatan. A veces, cuando están solos y buscan en su interior, suelen ver las caras del dolor. Todas.
De eso solamente saben sus esposas, y no por elocuentes explicaciones, sino por sus espesos silencios.
Esto no se puede improvisar. Es un estilo de vida, una forma de ser. Una vocación y una vida. Y al vivirla mantienen y dan seguridad a todos los que, usando un símil, miran los toros desde la barrera y duermen por las noches en sus casas.
Cuando te levantas la vista y los veas llegar por el retrovisor, no te quedes solo con esa primera reacción. Piensa, si, pero también levanta el corazón y no solo la vista, porque cada vez que los veas venir, sabremos que hay aún alguien que les mueve los ideales, de los que tu bienestar forma parte, que hay alguien capaz de dar la vida por ti en el próximo kilómetro.
El era mi compañero, mi amigo. Salió de casa una mañana de verano para no volver nunca más.
Dedicado a JUAN ANTONIO GALLARDO ROMERO, fallecido en acto de servicio el 01 de agosto de 2004.
Piensas instintivamente:
“¡¡Los papeles!! Si, los llevo ¿¿Uff!! Menos mall que , los llevo. A ver... todo en regla. Bueno, bien. Pero ahora que recuerdo.... ¿5 km atrás no puse el intermitente al volver a incorporarme a mi carril después de adelantar! No se, no se....”
Y mientras piensas, ves como te adelantan y se alejan con la misma celeridad con que aparecieron.
Lamentablemente no solemos valorar la labor de la Guardia Civil, y nos acordamos de ella en un accidente de tráfico en carretera, cuando algún mal nacido golpea tu coche y se va sin dejar siquiera una nota o cuando los chicos del pueblo me molestan con su música los fines de semana.
Estos son algunos ejemplos en los que los tenemos presentes o se les eche de menos.
Circunstancias en las que entran en contacto con los ciudadanos, pero ni que deir tiene que hay muchos momentos, más lugares y circunstancias, que gracias a Dios no conocemos, y en los que ojalá no nos encontremos nunca.
En la escena de un delito, en escenarios desagradables, en el trato con el último sicario y demás “perlas” de la sociedad, en un despacho sórdido y frio, donde se oyen unicamente puertas que se abren y se cierra, y algún que otro grito, que desde los calabozos el pobre infeliz profiere cuando comienzan a disipársele los efectos etílicos, culpando a todo ser viviente de ser el causante de la herida que lleva en la cabeza, sin acordarse de que se la hizo al no ver la señal de trafico con que se dio cuando ibas dando tumbos.
Pero recordemos algo que parece obvio:
El Guardia civil también tiene esposa, también tiene hijos, también tiene un hogar, se preocupa de llegar a fin de mes, del colegio del pequeño o de la hora de llegada e la hija mayor (sabe mejor que nadie lo que se pueden encontrar en las calles a ciertas horas)
A veces no se pueden despojar del mono de trabajo, lavarse las manos y quitarse la grasa incrustada en las uñas y en el corazón como si nada, al llegar a casa, y abrazar a tu hijo que te grita “papa, papa” cuando te ve entrar. A veces, poco antes la realidad puedes ser bien distinta.
Si. ¿Verdad que lo hacen bien? Nadie se lo dice. Tratan de que nunca se note que horas antes tenían delante a la muerte, que con sus manos levantaban del suelo el cuerpo sin vida de aquella mujer víctima de los malos tratos, o aquel chiquillo que se olvido ponerse el casco debido a las prisas que se suele tener a esa edad.
Ellos mismos callan, y guardan estas experiencias que son más que recuerdos a una zona de sombras. Pero sus miradas les delatan. A veces, cuando están solos y buscan en su interior, suelen ver las caras del dolor. Todas.
De eso solamente saben sus esposas, y no por elocuentes explicaciones, sino por sus espesos silencios.
Esto no se puede improvisar. Es un estilo de vida, una forma de ser. Una vocación y una vida. Y al vivirla mantienen y dan seguridad a todos los que, usando un símil, miran los toros desde la barrera y duermen por las noches en sus casas.
Cuando te levantas la vista y los veas llegar por el retrovisor, no te quedes solo con esa primera reacción. Piensa, si, pero también levanta el corazón y no solo la vista, porque cada vez que los veas venir, sabremos que hay aún alguien que les mueve los ideales, de los que tu bienestar forma parte, que hay alguien capaz de dar la vida por ti en el próximo kilómetro.
El era mi compañero, mi amigo. Salió de casa una mañana de verano para no volver nunca más.
Dedicado a JUAN ANTONIO GALLARDO ROMERO, fallecido en acto de servicio el 01 de agosto de 2004.
