Por fin he comenzado a practicar un poco de deporte. Lo decidí hace tiempo, pero del dicho al hecho hay un trecho, y siempre he encontrado una excusa para diferir su comienzo. Hace tiempo fui a una sesión en un gimnasio, aprovechando que la primera semana era gratis. No me gustó lo que vi: hombres musculosos que pasaban el tiempo observando su cuerpo como si fueran mujeres coquetas. Recupero de la desagradable experiencia que me produjo ver esa degradación de lo varonil, decidí comprarme unas cuantas pesas y una banca y hacer deporte por mi propia cuenta. Es curioso y desesperanzador observar como la emancipación de la mujer ha producido la feminización del hombre. Ahora, para seducirlas tenemos que acicalarnos, maquillarnos, lustrarnos con un sin fin de cremas, enderezar nuestro peinado con “gominas” de toda clase, bañarnos en desodorantes y perfumes de marca reconocida, ir a la moda y poseer un cuerpo musculoso. Y es que, en igualdad de condiciones, es decir, emancipadas, nos aventajan enormemente. Que puedan utilizar el sexo como un arma es nuestra perdición y su victoria. Con este poder nos están moldeando a su imagen, semejanza y gusto; hacen lo que quieren con nosotros. Que los gimnasios estén a rebosar de hombres es debido a eso, a que tenemos la imperiosa necesidad de adquirir la posibilidad de poder seducirlas. Los “metrosexuales”, nuevos “machos” del siglo XXI, no son ni más ni menos que varones completamente afeminados, hombres con gustos y defectos de mujeres.
En este siglo comienza una nueva época, la de la mujer; es ahora cuando ellas comienzan a escribir la historia, pronto nosotros no significaremos nada, seremos todos “metrosexuales”.