Don Quijote estaba solo en su habitación, el aire pesado y quieto como si contuviera secretos. Sobre la mesa, un pergamino a medio leer; en el suelo, el casco de su yelmo; y sobre su hombro, una sombra que no era sombra, sino algo que lo miraba: una diminuta mosca, negra, insistente, que no parecía moverse, aunque él sentía su zumbido en los oídos como un martillo.
Al principio quiso ignorarla. Pensó en gigantes y en molinos, en encantadores y princesas, pero la mosca lo seguía. Cada parpadeo, cada respiración la hacía presente. Don Quijote se acercaba y la veía; se alejaba y la veía. “Es imposible”, murmuró, pero la imposibilidad era la nueva realidad.
Sancho entró y vio a su amo con la espada levantada, girando lentamente, siguiendo un vuelo que nadie más podía ver.
—Señor —dijo Sancho—, ¿qué hace con la espada en la sala?
—Defenderme —respondió Don Quijote—. Este enemigo es más astuto que cualquier gigante. No golpea con fuerza, pero sus ataques perforan el alma.
La mosca aterrizó sobre el pergamino, y él contuvo el aliento. Cada movimiento del insecto era un ataque personal, una acusación de todas sus derrotas. Intentó aplastarla, pero cada vez que parecía que lo había logrado, ella se desvanecía y reaparecía, más rápida, más burlona.
Los segundos se alargaban, el aire se espesaba, y Don Quijote sintió que el mundo se contraía hasta quedar solo él, la espada y aquella mosca. Pensó en huir, en rendirse, pero su orgullo caballeresco le impedía ceder. La habitación temblaba bajo el peso de su obsesión, cada objeto parecía moverse al compás del zumbido.
Finalmente, cayó de rodillas, respirando con dificultad. La mosca se posó en su yelmo. Don Quijote la observó, y por un instante creyó que entendía algo profundo: no era la mosca la que lo atacaba, sino la certeza de que la locura estaba dentro de él, pequeña, negra, implacable, y que ningún acero podría vencerla.
—Sancho… —susurró—, hay enemigos que no se ven, y batallas que no se ganan… solo sobreviven los que aceptan el vuelo constante del absurdo.
La mosca zumbó una última vez y desapareció, dejando a Don Quijote exhausto, sudoroso, y más vivo en su locura que nunca.