R
rabo
Guest
al fin he encontrado una anécdota lo suficientemente irrelevante como para forzarme a irrumpir de nuevo en una lista de correo: Mi reloj ha fenecido misteriosamente.
Situaros, 3:10 P.M., la cocina de mi casa minutos antes de
sacrificar dos huevos para freírlos. Como es habitual, aprovecho el lapso k tarda el aceite en calentarse para fregar los platos que utilicé la noche anterior.
Abro el grifo, me remango el brazo derecho, me remango el brazo izquierdo.... y CAWENLAPUTA!!! k le ha ocurrido a mi CASIO!?! Drama... el caudal del grifo recién abierto continua chapoteando impasible a la tragedia: Mi reloj digital con podómetro (el cual jamás he utilizado) ya no muestra ningún numerito. Macilenta y despejada su faz, no muestra ni tan siquiera un resquicio de agonía en el k aferrar cualquier esperanza.
Aún así, practico a mi CASIO los primeros, y últimos, auxilios: lo desligo de mi muñeca y, sosteniéndolo de un extremo, lo golpeo contra la encimera. Manoseo sus botoncillos... ya inútiles. Nada. Ningún signo de resurrección.
Finalmente cierro el grifo y el repentino silencio hace aún más agria mi
resignación.
Malditos japos, yo creía k me habían vendido un reloj y tan sólo era un
Tamagochi con cronómetro.
El aceite empieza a humear. Mi mano envuelve uno de los huevos. Está frío. Quiebro su cáscara y la dejo junto el reloj. Hay quedan quebrados ambos. La escena, no sé por k, me recuerda a un cuadro de Dalí.
k es lo que ha obligado a mi preciado (por mi) reloj a abandonar este mundo? ¿Le agotaba acaso estar encadenado a cada hora, a cada minuto, a cada segundo... ser vértice del tiempo... cómplice involuntario del destino?
Los dos huevos fritos descansan ya en el plato.
Como la descorazonada madre que no asume la muerte de un hijo, yo vuelvo a amarrar el inerte reloj en mi muñeca. Y ahí está... con su pantalla ciega e infecunda, y yo arrastrando el cadáver en una especie de estúpido velatorio.
Así es la vida... y la muerte.
Moraleja: cambiaré las pilas y listo
Situaros, 3:10 P.M., la cocina de mi casa minutos antes de
sacrificar dos huevos para freírlos. Como es habitual, aprovecho el lapso k tarda el aceite en calentarse para fregar los platos que utilicé la noche anterior.
Abro el grifo, me remango el brazo derecho, me remango el brazo izquierdo.... y CAWENLAPUTA!!! k le ha ocurrido a mi CASIO!?! Drama... el caudal del grifo recién abierto continua chapoteando impasible a la tragedia: Mi reloj digital con podómetro (el cual jamás he utilizado) ya no muestra ningún numerito. Macilenta y despejada su faz, no muestra ni tan siquiera un resquicio de agonía en el k aferrar cualquier esperanza.
Aún así, practico a mi CASIO los primeros, y últimos, auxilios: lo desligo de mi muñeca y, sosteniéndolo de un extremo, lo golpeo contra la encimera. Manoseo sus botoncillos... ya inútiles. Nada. Ningún signo de resurrección.
Finalmente cierro el grifo y el repentino silencio hace aún más agria mi
resignación.
Malditos japos, yo creía k me habían vendido un reloj y tan sólo era un
Tamagochi con cronómetro.
El aceite empieza a humear. Mi mano envuelve uno de los huevos. Está frío. Quiebro su cáscara y la dejo junto el reloj. Hay quedan quebrados ambos. La escena, no sé por k, me recuerda a un cuadro de Dalí.
k es lo que ha obligado a mi preciado (por mi) reloj a abandonar este mundo? ¿Le agotaba acaso estar encadenado a cada hora, a cada minuto, a cada segundo... ser vértice del tiempo... cómplice involuntario del destino?
Los dos huevos fritos descansan ya en el plato.
Como la descorazonada madre que no asume la muerte de un hijo, yo vuelvo a amarrar el inerte reloj en mi muñeca. Y ahí está... con su pantalla ciega e infecunda, y yo arrastrando el cadáver en una especie de estúpido velatorio.
Así es la vida... y la muerte.
Moraleja: cambiaré las pilas y listo