Aparco mi coche en el edificio American Gardens en la calle 81 Oeste, piso 11. Es un renault megane. Tiene 7 años. Creo en cuidarlo, en una limpieza equilibrada y en una rutina de atenciones rigurosa. Por la mañana, si tiene el parabrisas un poco sucio, le pongo una compresa de hielo mientras lavo la carrocería usando una mopa con movimientos circulares. Ahora puedo hacer mil. Después de retirar la compresa de hielo, uso un lubricante de silicona en las juntas de las ventanas. Después uso un aspirador para limpiar la tapicería, luego cambio el ambientador con aroma a pino canadiense, y en las llantas un limpiador específico. Después le doy cera para un acabado ya guay del todo. Esa es la idea de un utilitario versátil para la ciudad moderna. Una especie de abstracción. Pero no existe un vehículo real. Solo una entidad. Algo ilusorio. Y aunque puedes ver la macilenta luz que emanan sus faros, y puedes tocar su chapa y sentir tu pene dentro de su tubo de escape, y tal vez incluso puedas intuir que el tacto del cuero sintético de su volante es parecido al del tuyo, simplemente no está ahí.