Los anglos, jutos y sajones eran pueblos germánicos que, en el siglo V, vivían en la zona entre la desembocadura del Rhin y la península danesa.
En Alemania una región aun lleva el nombre de Sajonia por algo.
Y la península danesa se llama Jut-landia, país de los jutos.
Los vikingos también eran pueblos germánicos, igual que los godos, suevos y vándalos que invadieron nuestra tierra. Los alanos, otros bárbaros que se vinieron de farra a Hispania no eran germanos, sino escitas. Aun hay alanos en la zona del Cáucaso, en Osetia, precisamente.
Por mi parte estoy orgulloso de llevar sangre de bárbaros germanos y a su vez de hispanorromanos.
Siempre me he debatido entre la civilización superior de Roma y la barbarie germánica, una barbarie relativa, porque si leéis la Germania de Tácito, veréis que eran hombres de pelo en pecho, cuya virtud (de vir, hombre) admiraban los romanos. Entre los germanos el vicio más repugnante era la cobardía que se castigaba con la muerte. Y el honor supremo morir en combate.
Más adelante los vikings llevaron esto al extremo. Los caídos en combate iban al Valhalla, la sala de Odín, padre de los caídos, para formar parte de su ejército de einheriar que lucharán de parte de los dioses el día del juicio final, el ragnarok, o crepúsculo de los dioses.