Lo que sigue es un hecho real.
El otro día venía de clase en el metro, a las tantas de la noche, y había poca gente en mi vagón, a saber: un par de tias en una punta, un heavy, una sudamericana con aspecto de doméstica, yo, y lo que es más importante, una rubia que estaba que crujía y dos de estos bulgaros que tocan el acordeón, que se dirigían a sus cajas de cartón tras una dura jornada laboral.
El caso es que los dos infraseres, al ver a la chica tan sola, y a nosotros tan ensimismados en nuestra cosa, decidieron que una buena forma de acabar el día sería petándose a la tipa en cuestión. Así que se sentaron cada uno a un lado de ella ,y comenzaron el ataque.
Empezaron con los consabidos "hola" y "qué guapa eres", etc. a los que la pobre chica respondía con un tímido "gracias", mezcla de verguenza y miedo ante semejantes indigentes. Por supuesto, no pasó más de medio minuto hasta que comenzaron las proposiciones.
Yo, que había permanecido en un estado de sopor hasta ese momento, salí de mi trance cuando vi que el ataque de los dos tipos iba adquiriendo, de forma calculada y que denotaba años de experiencia, un tono veladamente más amenazante.
A todo esto, el resto de la gente recurrió al viejo truco de buscar en sus mochilas y/o maletines algo que leer para así tener la excusa perfecta, y así los dos hijos del Este se sintieron más impunes, hasta el punto de decirla uno de ellos, de manera totalmente escalofriante: "Venga, un polvito rápido con los dos, los dos a la vez y así acabamos antes, no hay ni que salir del metro".
La cara de la rubia era un poema, y en cuanto llegamos a la siguiente parada se bajó a la velocidad del rayo, con los energúmenos tras ella. Yo les seguí lcon a mirada porque era bastante posible que la cosa llegará a mayores, y aún siendo ellos dos, estaba ya listo para saltar.
Sin embargo, debieron haberselo pensado mejor, y se quedaron en el andén, mientras ella desaparecía por un pasillo.
El tren arrancó. La mayoría de mis compañeros de vagón volvió a guardar sus lecturas.
El otro día venía de clase en el metro, a las tantas de la noche, y había poca gente en mi vagón, a saber: un par de tias en una punta, un heavy, una sudamericana con aspecto de doméstica, yo, y lo que es más importante, una rubia que estaba que crujía y dos de estos bulgaros que tocan el acordeón, que se dirigían a sus cajas de cartón tras una dura jornada laboral.
El caso es que los dos infraseres, al ver a la chica tan sola, y a nosotros tan ensimismados en nuestra cosa, decidieron que una buena forma de acabar el día sería petándose a la tipa en cuestión. Así que se sentaron cada uno a un lado de ella ,y comenzaron el ataque.
Empezaron con los consabidos "hola" y "qué guapa eres", etc. a los que la pobre chica respondía con un tímido "gracias", mezcla de verguenza y miedo ante semejantes indigentes. Por supuesto, no pasó más de medio minuto hasta que comenzaron las proposiciones.
Yo, que había permanecido en un estado de sopor hasta ese momento, salí de mi trance cuando vi que el ataque de los dos tipos iba adquiriendo, de forma calculada y que denotaba años de experiencia, un tono veladamente más amenazante.
A todo esto, el resto de la gente recurrió al viejo truco de buscar en sus mochilas y/o maletines algo que leer para así tener la excusa perfecta, y así los dos hijos del Este se sintieron más impunes, hasta el punto de decirla uno de ellos, de manera totalmente escalofriante: "Venga, un polvito rápido con los dos, los dos a la vez y así acabamos antes, no hay ni que salir del metro".
La cara de la rubia era un poema, y en cuanto llegamos a la siguiente parada se bajó a la velocidad del rayo, con los energúmenos tras ella. Yo les seguí lcon a mirada porque era bastante posible que la cosa llegará a mayores, y aún siendo ellos dos, estaba ya listo para saltar.
Sin embargo, debieron haberselo pensado mejor, y se quedaron en el andén, mientras ella desaparecía por un pasillo.
El tren arrancó. La mayoría de mis compañeros de vagón volvió a guardar sus lecturas.