Juvenal
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- 23 Ago 2004
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Un miserable tullido
Hace años solía ir a correr por las afueras; me alejaba del bullicio y mis pasos se perdían entre los pinares que rodeaban la ciudad. Recorría unos cuantos kilómetros, siempre demasiado pocos, y regresaba con la lengua fuera, jadeante, exhausto, casi sin fuelle.
A la vuelta, siempre pasaba al lado de la mole del Instituto de Secundaria. Edificio gris al que mucho tiempo después le brotarían champiñones como Wilson Edmundo Tavares o Voltaire Makanda que le darían una nota de color, por decirlo de manera benévola.
Muy de vez en cuando, me tropiezo con viejos compañeros de clase: veo a R., ése cuya mujer se fue por tabaco y le dejó con los tres churumbeles (está visto que la lucha por la emancipación de la mujer llega a todos los ámbitos) o también a M., aquélla con la que deseé pasar el resto de mis días (bueno, también es cierto que yo he querido envejecer al lado de muchas).
El caso es que perdí el contacto con M., después del instituto estudió Filología Inglesa y se marchó una temporada con otra amiga suya a la Gran Bretaña a perfeccionar sus conocimientos. Se rumorea que allá se convirtieron en unas mantenidas, ambas se buscaron un viejo con dinero que les costeó la estancia. Ignoro si será cierto o no, pero nunca está de más mencionar estos chismes. Digo sólo “un vejete” y no “un regimiento” porque soy de natural bondadoso, y me gusta emplear palabras con regusto decimonónico más viejas que la tos como “mantenida”.
Hablando de viejas, volví a reencontrarme con M. Los años la habían tratado bien: todo el atractivo que había perdido, era gordura que había ganado. Así todo quedaba equilibrado en la balanza. Murphy debería enunciar una nueva ley, pues todas las tías buenas del Instituto ya no lo eran tanto, por decirlo de manera benévola.
Creo que me estoy yendo por los cerros de Úbeda, provincia de Jaén, tierra de aceituneros altivos y ciudad mundialmente reconocida por su afamada Academia de Guardias y Suboficiales de la Guardia Civil.
De mis años de Bachiller recuerdo perfectamente el trazo rojo del rotulador que había tachado “balonvolea” de mi examen y que había trazado con letras enormes “VOLEIBOL” o aquel control de lectura de una novela de Eduardo Mendoza en que nuestro dilecto profesor de Lengua y Literatura nos pedía que escribiéramos todas aquellas palabras cuyo significado no conociéramos. Puse cinco y suspendí.
Alguna vez me escondieron los compañeros la cartera, y quizá por eso ahora voy detrás de ellas. Saludaba militarmente, como pardillo que era, a los alumnos más viejos cada vez que los veía, y ahora me saludan afablemente cuando me topo con ellos en el autobús.
Cuando yo cursaba el primer año del Bachillerato, un alumno, al que un prudente velo nos aconseja darle el pseudónimo de Setoca, estudiaba 2.º de BUP. Pues bien, mi hermano, varios años menor que yo, cuando repitió tercero coincidió en sus clases con Setoca, que con ello daba ejemplo palmario de que para los estudios era un tipo cerril y obtuso.
Setoca era de piernas deformes y andares bamboleantes, siempre ayudado por muletas. De ahí que cuando lo apodé Travolta, el mote cosechara éxito inmediato. Más que andar, bailaba al estilo san Vito.
Setoca no tenía dedos, tenía garfios y sus extremidades me recordaban a Benny, el taxista tiznado de “Desafío Total”. Antaño, hubiera sido despeñado desde el monte Taigeto; ya se sabe, las buenas costumbres se están perdiendo.
El caso es que (y disculpen el abuso de esta muletilla) Setoca era el matusalén de nuestro Instituto y no deja de ser irónico que un tarado como él fuera el máximo responsable estudiantil en todos los organismos de gestión de aquel edificio gris. Por cierto, nuestro Instituto era de los mejores, de nuestra provincia era el cuarto... el cuarto, empezando por la cola, se entiende.
Tienen razón ustedes, no soy benévolo, y esto es muy desagradable porque estoy haciendo escarnio de un pobre minusválido que merece todo nuestro apoyo y comprensión.
Subía yo las escaleras del Instituto, algunos metros por detrás de M. Setoca bajaba en aquel momento y al llegar a la altura de ella soltó las muletas y simuló que se caía. Ella, de natural bondadoso, intentó evitarlo y éste se le abalanzó torpemente, y con sus zarpas empezó a sobarle las tetas y magrearla cuanto pudo.
Tonto no era Setoca, hacía ese paripé con todas las tías buenas del instituto. Era un experto en caídas libres y pillar cacho.
Setoca no era un tullido miserable, era un miserable tullido.
Ayer volví a correr, el bosque se ha convertido en bloques de pisos y el hormigón ha cegado la riera. Ya no corre el agua por allí, y tampoco existen las afueras. Pasarán días, meses o años antes que vuelvan las lluvias torrenciales tan típicas del Mediterráneo. Ya no hay riera, y algún día los flamantes e hipotecados dueños de estos pisos lo lamentarán. El promotor, mientras tanto, se estará riendo acompañado de alguna mantenida.
No escucho música mientras corro, el tiempo pasa volando mientras pienso para mis adentros. Recordé a Setoca y consideré la posibilidad de escribir algo ameno y divertido sobre semejante personaje, pero cuanto más pensaba en él más profundamente respiraba, más acelerado latía mi corazón y mis zancadas se volvían más y más largas, más y más rápidas.
Valle-Inclán rebuznó:Lo mismo da triunfar que hacer gloria de la derrota
Hace años solía ir a correr por las afueras; me alejaba del bullicio y mis pasos se perdían entre los pinares que rodeaban la ciudad. Recorría unos cuantos kilómetros, siempre demasiado pocos, y regresaba con la lengua fuera, jadeante, exhausto, casi sin fuelle.
A la vuelta, siempre pasaba al lado de la mole del Instituto de Secundaria. Edificio gris al que mucho tiempo después le brotarían champiñones como Wilson Edmundo Tavares o Voltaire Makanda que le darían una nota de color, por decirlo de manera benévola.
Muy de vez en cuando, me tropiezo con viejos compañeros de clase: veo a R., ése cuya mujer se fue por tabaco y le dejó con los tres churumbeles (está visto que la lucha por la emancipación de la mujer llega a todos los ámbitos) o también a M., aquélla con la que deseé pasar el resto de mis días (bueno, también es cierto que yo he querido envejecer al lado de muchas).
El caso es que perdí el contacto con M., después del instituto estudió Filología Inglesa y se marchó una temporada con otra amiga suya a la Gran Bretaña a perfeccionar sus conocimientos. Se rumorea que allá se convirtieron en unas mantenidas, ambas se buscaron un viejo con dinero que les costeó la estancia. Ignoro si será cierto o no, pero nunca está de más mencionar estos chismes. Digo sólo “un vejete” y no “un regimiento” porque soy de natural bondadoso, y me gusta emplear palabras con regusto decimonónico más viejas que la tos como “mantenida”.
Hablando de viejas, volví a reencontrarme con M. Los años la habían tratado bien: todo el atractivo que había perdido, era gordura que había ganado. Así todo quedaba equilibrado en la balanza. Murphy debería enunciar una nueva ley, pues todas las tías buenas del Instituto ya no lo eran tanto, por decirlo de manera benévola.
Creo que me estoy yendo por los cerros de Úbeda, provincia de Jaén, tierra de aceituneros altivos y ciudad mundialmente reconocida por su afamada Academia de Guardias y Suboficiales de la Guardia Civil.
De mis años de Bachiller recuerdo perfectamente el trazo rojo del rotulador que había tachado “balonvolea” de mi examen y que había trazado con letras enormes “VOLEIBOL” o aquel control de lectura de una novela de Eduardo Mendoza en que nuestro dilecto profesor de Lengua y Literatura nos pedía que escribiéramos todas aquellas palabras cuyo significado no conociéramos. Puse cinco y suspendí.
Alguna vez me escondieron los compañeros la cartera, y quizá por eso ahora voy detrás de ellas. Saludaba militarmente, como pardillo que era, a los alumnos más viejos cada vez que los veía, y ahora me saludan afablemente cuando me topo con ellos en el autobús.
Cuando yo cursaba el primer año del Bachillerato, un alumno, al que un prudente velo nos aconseja darle el pseudónimo de Setoca, estudiaba 2.º de BUP. Pues bien, mi hermano, varios años menor que yo, cuando repitió tercero coincidió en sus clases con Setoca, que con ello daba ejemplo palmario de que para los estudios era un tipo cerril y obtuso.
Setoca era de piernas deformes y andares bamboleantes, siempre ayudado por muletas. De ahí que cuando lo apodé Travolta, el mote cosechara éxito inmediato. Más que andar, bailaba al estilo san Vito.
Setoca no tenía dedos, tenía garfios y sus extremidades me recordaban a Benny, el taxista tiznado de “Desafío Total”. Antaño, hubiera sido despeñado desde el monte Taigeto; ya se sabe, las buenas costumbres se están perdiendo.
El caso es que (y disculpen el abuso de esta muletilla) Setoca era el matusalén de nuestro Instituto y no deja de ser irónico que un tarado como él fuera el máximo responsable estudiantil en todos los organismos de gestión de aquel edificio gris. Por cierto, nuestro Instituto era de los mejores, de nuestra provincia era el cuarto... el cuarto, empezando por la cola, se entiende.
Tienen razón ustedes, no soy benévolo, y esto es muy desagradable porque estoy haciendo escarnio de un pobre minusválido que merece todo nuestro apoyo y comprensión.
Subía yo las escaleras del Instituto, algunos metros por detrás de M. Setoca bajaba en aquel momento y al llegar a la altura de ella soltó las muletas y simuló que se caía. Ella, de natural bondadoso, intentó evitarlo y éste se le abalanzó torpemente, y con sus zarpas empezó a sobarle las tetas y magrearla cuanto pudo.
Tonto no era Setoca, hacía ese paripé con todas las tías buenas del instituto. Era un experto en caídas libres y pillar cacho.
Setoca no era un tullido miserable, era un miserable tullido.
Ayer volví a correr, el bosque se ha convertido en bloques de pisos y el hormigón ha cegado la riera. Ya no corre el agua por allí, y tampoco existen las afueras. Pasarán días, meses o años antes que vuelvan las lluvias torrenciales tan típicas del Mediterráneo. Ya no hay riera, y algún día los flamantes e hipotecados dueños de estos pisos lo lamentarán. El promotor, mientras tanto, se estará riendo acompañado de alguna mantenida.
No escucho música mientras corro, el tiempo pasa volando mientras pienso para mis adentros. Recordé a Setoca y consideré la posibilidad de escribir algo ameno y divertido sobre semejante personaje, pero cuanto más pensaba en él más profundamente respiraba, más acelerado latía mi corazón y mis zancadas se volvían más y más largas, más y más rápidas.

