Lo cierto es , que yo si no se dan las condiciones óptimas para cagar,no cago. Y llámese condiciones óptimas a realizar el desalojo en intimidad , con un mínimo de 5 vueltas de papel higiénico enroscado en la mano, sabiendo que funciona la cisterna y con la certeza de que no hay ninguna víctima potencial detrás de la puerta esperando impaciente mi salida,a la que tenga que esbozar una sonrisa entre sudor y nervios, mientras su rostro se transforma en el verdugo de mi orgullo .
Aunque, bien es cierto que una vez me pasó algo. Algo que no tenía que haber pasado, pero que ocurrió gracias a mi condición de despistada innata.
Hallábame, hace unos años, un sábado por la tarde en el servicio de un bar con intención de mear, cuando llegado mi turno ,procedí a ello casi sin tiempo a bajarme los pantalones. Según miccionaba,empecé a notar una salpicadura molesta colisionando contra mis piernas, motivo por el cual bajé la mirada y confirmé mis sospechas: me había olvidado subir la tapa.Una catarata de meada se deslizaba por el perfil del váter al tiempo que mojaba parte de mi ropa. Era tarde para contraer músculos y redireccionar la descarga, así que me limité a contemplar impotente como crecía poco a poco el charco amarillo bajo mis pies. Cuando terminé , evalué los daños sufridos y vi que a diferencia del suelo del baño, me había mojado menos de lo que me temía en un primer momento. Aún así, suficiente como para pasarme las 2 horas siguientes apoyada sobre un radiador , esperando a que la meada se volatilizara y se mezclara con el olor del ambiente viciado a tabaco. Podría haber sido peor, pero gracias a la rutina, no ligué.