Por circunstancias, ahora estoy trabajando en un hospital, y veo casi a diario personas mayores al borde del desahucio vital. Viejos (y viejas) que traen de residencias, casi como cascarones vacíos, sin solución más que estabilizarles, arreglarles un poquito y devolverles al paso previo al mortuorio pagado con el riñón de los hijos.
La misma situación a veces ocurre viniendo de la propia casa: familiares muy voluntariosos, pero cansados hasta la extenuación, que llevan al abuelico a ver si lo pueden mejorar y estirar la vida un poco más. Ancianos decrépitos con enfermedades neurodegenerativas sin arreglo posible, que seguramente hace años ya se fueron , pero queda un cuerpo todavía que puede vivir con los milagros de la ciencia actual. Miradas de empatía que se cruzan con ojos cansados, casi deseando el final del túnel para poder descansar de los cuidados que se merece su familiar.
No ha habido una sola vez que, después de ver esto, no me haya reafirmado en un "Cuando empiece a estas así, me quito de enmedio". No seré una carga para mis hijos o familiares, eso lo tengo clarísimo.