-Veamos: ¿puedes mencionar algún placer más fuerte y más vivo que el placer sexual?
-No, ni tampoco alguno más próximo a la locura.
-Pero el verdadero amor consiste por naturaleza en amar de forma moderada y armoniosa lo ordenado y bello.
-Sí.
-En tal caso, no se adicionará al verdadero amor nada afín a la locura ni a la intemperancia.
-No, ciertamente.
-Ni tampoco se le adicionará aquel placer ya mencionado, que no debe tener nada en común con el amante y el amado que se aman verdaderamente.
-No, Sócrates, no hay que añadírselo, por Zeus.
-Si es así como parece, en el Estado que estamos fundando promulgarás una ley según la cual un amante deberá besar al amado, estar junto a él y acariciarlo como a un hijo, con un propósito noble y si media consentimiento; pero por lo demás su relación con aquel por el cual se preocupa debe ser tal, que nunca se crea que el trato ha ido más lejos. En caso contrario, que afronte el reproche de la tosquedad y del mal gusto.
-Así sea.