Durante la infancia tienen lugar numerosos procesos que son esenciales para el desarrollo sexual.
Se ha comprobado que incluso antes de nacer, los fetos experimentan respuestas sexuales involuntarias y que los recién nacidos en ciertas situaciones, como por ejemplo cuando se les amamanta o se les baña, presentan erecciones del pene en el caso de los varones, y lubricación vaginal en el caso de las hembras. Se trata de respuestas fisiológicas ante la obtención de placer.
Las teorías de Freud (1856-1939) escandalizaron a la sociedad occidental, entre otros motivos, porque en ellas explicaba la existencia de actividad erótica en los niños desde el comienzo de su vida. Estableció una serie de fases en la evolución del instinto sexual del hombre. A la primera de ellas la denominó fase oral, que tiene lugar durante los primeros meses de existencia y se caracteriza por el hecho de que la boca es el centro de obtención de placer, conseguido a través de la succión del pecho materno y posteriormente mediante la introducción del chupete o de los dedos en la boca.
A lo largo del primer año de vida el niño experimenta la fase anal, en la que la región anal se convierte en otra de sus zonas erógenas. Posteriormente los genitales despertarán su atención, durante la llamada fase genital. Freud también mencionó la existencia de una fase de latencia en la que suponía que los niños no tenían interés en el sexo ni sentimientos sexuales, pero investigaciones posteriores han refutado esta consideración, pues la sexualidad está presente y es importante durante toda la infancia.
Aunque el comportamiento de niños y niñas es muy similar, desde el momento del nacimiento los padres y la sociedad en general establecen una identificación sexual que se traduce en diferencias de trato en función del sexo del bebé, y asignan a unos y otros diferentes ropas, juegos, etc. Entonces, en sus primeros años, el niño toma conciencia de su identidad sexual y aprende las pautas de conducta propias de su sexo imitando a los adultos.
La obra de Freud y la de Jacques Lacan suponen dos herramientas fundamentales a la hora de cuestionar la construcción social y discursiva de "la homosexualidad", siempre y cuando sepamos mirar hacia dónde apuntan y no nos quedemos en la literalidad de sus textos. Evidentemente, es cierto que Freud asume en su lenguaje muchos de los prejuicios positivistas y machistas de su época, pero eso no invalida la totalidad de su obra. De hecho, ya es bastante sorpendente que un médico de la burguesía vienesa de finales del XIX llegue a asumir (por primera vez en la historia de la cultura occidental) que no hay una normalidad en el deseo, que el deseo humano no está relacionado con la biología, que las prácticas sadomasoquistas, homosexuales, masturbatorias, coprófilas, etc, no son algo "especial" o de "los otros", y que la "heterosexualidad" no es un estatuto natural, sino más bien una aspiración impuesta culturalmente que además nadie cumple sin pagar un precio.